“Ver el mundo en blanco y negro nos aleja de la moderación y de la paz interior porque la vida, por donde se mira, está compuesta de matices.

Querer imponer al universo nuestra primitiva mentalidad binaria no deja de ser un acto de arrogancia y estupidez.”

Walter Riso.

lunes, 10 de septiembre de 2012


 homosexualidad en el sacerdocio y en la vida consagrada

Carlos DOMÍNGUEZ MORANO, en Sal Terrae Febrero (2002).

Lo no dicho

 
El tema ronda una y otra vez en el ambiente eclesiástico y religioso. Pero de él no se habla. O se habla en círculos reducidos y como «en voz baja». Se conocen datos, se aprecian comportamientos que parecen hablar en esa dirección, se sospecha a veces. Pero, aunque se va dejando paso al abordaje explícito (la propuesta de esta revista es un buen ejemplo de ello), el asunto sigue siendo todavía un «tema tabú». Con su efecto correspondiente: lo que es negado se convierte, maléficamente, en omnipresente.
 
El problema es que aquello de lo que no se habla no se puede elaborar convenientemente. Queda en estado pulsional, irracional, con unos contenidos marginados, que no por ello son menos acuciantes y que, desde su estado de exclusión, sólo pueden encontrar una emergencia «sintomática». Porque, en efecto, un dinamismo afectivo que no puede ser pensado, verbalizado, debatido racionalmente, queda sin la elaboración psíquica necesaria (lo que conocemos como «procesos secundarios») que posibilite su conveniente manejo. En estado de «proceso primario», lo homosexual tiende, pues, a imponerse al margen del Yo consciente, ya sea como fantasma amenazante del que hay que defenderse compulsivamente, ya como actuación, compulsiva también, con todas las derivaciones patológicas, morales y sociales que, con razón, nos alarman. Son efectos de lo «no dicho». Los escándalos que salen a la luz en países como los Estados Unidos de América son buena muestra de ello.
 
Y no queríamos olvidar que esos escándalos no son fruto de una mayor permisividad en esas áreas geográficas, sino de una mayor conciencia social, que ya no está dispuesta a callar lo que en otras zonas puede seguir ocurriendo, sin posibilitar siquiera ese escándalo que, a pesar de todos sus inconvenientes, funciona como barrera de contención y sana defensa frente a una situación de abierta perversidad. En estos casos, la homofobia se impone, imposibilitando el sano abordaje del problema.
 
Se hace, pues, obligado partir de un hecho incontestable, por más que se pretenda escamotear: la existencia de sujetos con orientación básicamente homosexual, tanto en la vida consagrada masculina y femenina como en el ministerio sacerdotal. Si la proporción general de la población homosexual es difícil de determinar, aunque muchos la sitúan entre el 6 y el 10%, tendríamos que convenir razonablemente en que al menos esa misma proporción debe de existir en la vida consagrada y sacerdotal. Pero hay que tener en cuenta, además, que en esos estados de vida concurren unas especiales circunstancias que fácilmente acrecientan la motivación de personas con dicha orientación para formar parte de sus filas. De una parte, pensar la propia vida en comunión y convivencia con personas del mismo sexo. De otro lado, el proyecto de dedicación altruista a los otros, que parece engarzar bien con aspiraciones específicas de la dinámica homosexual, obligada a situarse al margen de un proyecto de familia, más aún en el seno de aquellas sociedades donde se considera «extraño» a todo aquel que eluda la vía «normal» del matrimonio. Habría que pensar, incluso, en la particular atracción por la experiencia religiosa que parece darse en la dinámica homosexual. El conjunto de datos hace pensar, pues, que la vida consagrada y sacerdotal ofrece unas peculiaridades que fácilmente poseen el efecto de aglutinar una proporción de personas con orientación homosexual mayor incluso que la de la población gene ral.
 
Un poco de historia John Boswell ha realizado una investigación histórica rigurosa que no puede dejar de sorprender a quienes consideran que las relaciones entre la vida eclesiástica y la homosexualidad mantuvieron siempre las mismas relaciones de tensión y ocultamiento tabuístico (J. BOSWELL, Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad, Muchnik Editores, Barcelona 1993). Una vez más, la historia ayuda a relativizar posiciones y a comprender que la homosexualidad ha sido reconocida y experimentada de modos muy diversos a través del tiempo en las diversas sociedades y culturas.
 
De modo particular sorprende la relevancia que tuvo la «unión romántica» entre personas del mismo sexo en el seno de la espiritualidad y la vida religiosa a lo largo de la Alta Edad Media. Boswell da así cuenta de la poesía amorosa que circuló por monasterios y comunidades religiosas entre una serie de personajes como Ausonio y san Paulino, obispo de Nola, en la que se hace patente un claro lirismo erótico explícitamente cristiano. O las que se intercambiaban Walafrid Strabo, abad del monasterio benedictino de Reichenau, y su amigo Liutger.
 
El amor entre varones fue aceptado como una variedad normal del afecto que, a diferencia del de los contemporáneos paganos, poseía una significación espiritual y cristiana. Los clérigos homosexuales participaban incluso en ceremonias matrimoniales homosexuales, ampliamente conocidas en el mundo católico a partir del siglo v y en las que se invocaban parejas del mismo sexo de la historia cristiana, tales como Sergio y Baco, Cosme y Damián, o Ciro y Juan. Se conocen también controversias entre algunos clérigos sobre si era preferible la sexualidad homosexual o la heterosexual (Cf. J. BOSWELL, Las bodas de la semejanza, Muchnik Editores, Barcelona, 1996).
 
También se desarrolló en las comunidades religiosas toda una corriente espiritual que idealizaba el amor entre personas del mismo sexo, tanto dentro como fuera de la vida religiosa. Largos y hermosos poemas amorosos surgieron también entre las monjas del sur de Alemania en el siglo XII, en los que -como analiza Boswell- hay referencias a gestos físicos reales o simbólicos que expresan un amor de nítida pasión erótica y que se entiende como un amor cristiano, no contrapuesto a la virtud y a la santidad, pero sí al amor pagano. Conocido es también el caso de Aelred, abad del monasterio cisterciense de Rielvaux, el cual, habiendo llevado una vida homosexual desenfrenada, entra en la vida religiosa y se compromete rígidamente con su voto de castidad, pero no renuncia a las uniones amistosas apasionadas, tal como se deja ver en su ya clásico tratado De spirituali amicitia. Pero la insistencia en la vinculación inseparable entre sexualidad y procreación fue trayendo consigo una progresiva valoración negativa de lo homosexual y, junto con ella, la práctica de aparición de esa corriente espiritual que ensalzaba el romance homoerótico. La tolerancia de la Alta Edad Media desaparece, y se acrecienta el temor, la condena y la amenaza de lo homosexual, que llega casi hasta nuestros días.
 
En la actualidad, sin embargo, la idea y la vivencia general de la sexualidad cambian de un modo sorprendente. También, por tanto, la valoración y la sensibilidad frente al fenómeno homosexual. Más en particular, y con relación a nuestro tema, llama poderosamente la atención la valoración que sobre ella hacen los jóvenes candidatos y candidatas a la vida religiosa o al sacerdocio. En los más de doscientos informes realizados por el «Centro de Psicoterapia "Francisco Suárez"» de Granada, son muy escasos los que ante el término homosexual muestran un juicio negativo o una valoración condenatoria. Por el contrario, la enjuician, en su práctica mayoría, como una tendencia diferente que expresa un modo normal de vivir la sexualidad.
 
Más significativo aún, en cuanto al cambio que se opera en nuestros días, resulta la emergencia de movimientos cristianos homófilos que se conciben como agrupaciones de vida consagrada. Es el caso de las «Fraternidades de la amistad», comunidades de sujetos homófilos que nacen en Barcelona en 1966 bajo la inspiración de la espiritualidad de Charles de Foucauld y Teresa de Lisieux, con una propuesta de castidad, pobreza y obediencia y con un proyecto apostólico de especial sensibilidad a la vindicación social y evangelización de la homotropía. Un grupo de características equivalentes existe también en Francia desde hace años. Se trata, sin duda, de un fenómeno singular y minoritario, pero que habría que valorar como un «emergente» de los replanteamiento s y transformaciones que, sin duda, se están produciendo en las relaciones entre homosexualidad y vida religiosa o sacerdotal. Esos replanteamientos, no obstante, se enmarcan todavía dentro del amplio debate sobre el tema.
 

Un debate abierto

 
La cuestión homosexual, en efecto, permanece en estado de debate abierto. En él, nuestras posiciones más íntimas intervienen de modo decisivo. La valoración, por tanto, que se pueda hacer de la homosexualidad en el sacerdocio y en la vida religiosa dependerá muy esencialmente de la manera en que hayamos acertado a elaborar esa dimensión homosexual inherente a la vida del deseo. Son siempre nuestros miedos, deseos, inhibiciones y represiones los que, inevitablemente, hablan y se expresan en cualquier discurso sobre la sexualidad. Y esto acaece así, no por accidente o patología, sino por naturaleza. No existe un discurso sobre la sexualidad que pueda considerarse exento de esa participación de nuestro mundo inconsciente. Pero esta tesis general se verifica de modo más notable en una cuestión como la de la homosexualidad, en la que todos nos vemos obligados a librar un debate interno particularmente espinoso y en el que siempre permanecen dimensiones latentes al margen de toda racionalidad. En lo dicho, pues, hablará siempre lo «no dicho». También, naturalmente, en las ideas que en adelante se expondrán, así como en el eco que con ellas se despierte.
 
Nuestra valoración más íntima y personal, sin embargo, se ve también condicionada de alguna manera por la elaboración que podamos llevar a cabo a nivel intelectual y por el influjo de los estados de opinión que, con base científica o sin ella, se desarrollan en nuestro entorno. En este sentido, no nos podemos considerar al margen del gran debate que, en la actualidad, se entabla en el campo de la psicología clínica o la psiquiatría, en el del discurso social, así como en el de la reflexión teológica y moral sobre el tema.
 
Otros trabajos de este mismo número se detienen en esos diferentes campos de reflexión. Baste recoger aquí tan sólo algunos de los datos más significativos al respecto, para situar convenientemente la reflexión sobre el lugar que podría encontrar la homosexualidad en el campo de la vida clerical o religiosa.
 
En ninguno de estos campos el debate está cerrado. Cualquier posición, por tanto, en elcampo clínico, social o teológico que hoy pretenda zanjar la cuestión de modo definitivo tendrá que ser valorada como una expresión sintomática de prejuicios inconscientemente condicionados. El reconocimiento del carácter problemático que aún posee lo homosexual en el estado actual de nuestros conocimientos será siempre, pues, un punto de partida inexcusable.
 
Pero, al mismo tiempo, es también un hecho evidente la dirección que van tomando las diferentes investigaciones que se efectúan al respecto. Los estudios médicos, psicológicos, antropológicos y sociológicos apuntan de modo inequívoco hacia la descalificación de la homosexualidad como enfermedad, desviación psicopática o perversión social (He abordado con detalle esta cuestión en el trabajo «El debate psicológico sobre la homosexualidad», en J. GAFO [ed.], La homosexualidad. (Un debate abierto, Desclée de Brouwer, Bilbao 1997, 13-95, y en Los registros de deseo, Desclée de Brouwer, Bilbao 2001, 145-179). Cada vez de modo más explícito, la homosexualidad va siendo reconocida como una orientación sexual que la naturaleza permitió y que, en sí misma considerada, no afecta a la sanidad mental ni al recto comportamiento en el grupo social. En razón de ello, instituciones como la OMS han suprimido la homosexualidad de la relación de enfermedades, y el Consejo de Europa ha instado a los gobiernos de sus países miembros a suprimir cualquier tipo de discriminación en razón de la tendencia sexual. Las legislaciones de los diferentes países han ido así modificándose en aspectos sustanciales para evitar cualquier tipo de discriminación. El cambio general de opinión que se va así produciendo en los países del área occidental es notable, y sus efectos, como veíamos más arriba, se dejan ver también dentro de la comunidad creyente.
 
En este campo, sin embargo, una vez más la Iglesia marca su diferencia. Sabemos que su posición con respecto a la homosexualidad ha variado poco (sobre todo si se compara con otras iglesias cristianas); en ello habría que ver una expresión más del problema de fondo que mantiene con la sexualidad en su conjunto. El debate, sin embargo, se establece también dentro de la comunidad eclesial, y son ya muchas las voces que se levantan reclamando un cambio de posición en las valoraciones morales que se hacen en este campo(Pronto hará aparición una obra de un homosexual militar y católico practicante que, tras ofrecer un impresionante testimonio personal, reflexiona en profundidad sobre las posiciones morales que la Iglesia mantiene en este terreno).
 
Pero el hecho es que la vertiente homosexual se abre paso progresivamente en la sociedad, a pesar de las enormes resistencias que suscita. Sale del campo de lo enfermo, de lo perverso, de la peligrosidad social. Caen los mecanismos jurídicos excluyentes, y paralelamente la opinión pública modifica sus valoraciones al respecto. La homosexualidad es reconocida con pleno derecho en instituciones que hasta hace poco tiempo se mostraban completamente cerradas a su reconocimiento. Desde el ejército hasta los partidos políticos de izquierda (y ya también de derecha) aceptan la integración en su seno de miembros que reconocen públicamente su homosexualidad.
 
La misma institución familiar, que vio en ella uno de sus más peligrosos enemigos, le abre hoy sus puertas y reconoce jurídicamente a la pareja homosexual en igualdad de derechos con la heterosexual (En un trabajo reciente se replantea la posición moral católica al respecto. Cf. H. RARRER, «Zur rechtlichen Anerkennung homosexueller Partnerschaften» en Stimmen der Zeit 8 (2001) 533-540). Así pues, en esta situación de general apertura y progresiva integración de lo homosexual, cabe interrogarse sobre las resistencias que se ofrecen dentro del campo particular de la vida consagrada y sacerdotal para la aceptación en su seno de personas con dicha orientación. Asunto tanto más problemático si, como veíamos anteriormente, con su aceptación o sin ella, la homosexualidad ha estado siempre presente en el seno de estas instituciones eclesiales.
 

Reconocimiento o exclusión

 
La primera consideración obligada al respecto radica, sin duda alguna, en el contrasentido evangélico que supone mantener un estado de marginación y exclusión de un grupo humano que, a lo largo de la historia, fue perseguido de modo tan inmisericorde. Es ése y no otro el primer lugar de reflexión ética que la comunidad creyente debería plantearse a propósito de la homosexualidad. Porque la denuncia de la que ha sido (y sigue siendo en algunos lugares) una de las persecuciones más crueles de la historia se debería alzar como la exigencia ética prioritaria, por encima de la de la moralidad de unas prácticas sexuales determinadas. Fueron los marginados los primeros con quienes se solidarizó Jesús: los enfermos, los publicanos, los pecadores, las mujeres y los niños. A todos ellos no les unía sino el lazo de la marginación social (Cf. J. M. CASTILLO, Los pobres y la teología, Desclée de Brouwer, Bilbao 1997, 99-124), y es en razón de ella por lo que Jesús los convierte en sus preferidos, se solidariza y comparte mesa con ellos, y los defiende frente a los sanos, los «virtuosos», los «machos» o los adultos. Excluir, por tanto, a priori a ese sector de la población de la participación en cualquiera de las instancias eclesiales vendría a significar una palmaria contradicción con el mensaje que se predica. Tanto más en una sociedad en la que ese grupo va encontrando, aunque trabajosamente, un lugar y un papel con la dignidad que se merece. Es la misericordia entrañable, tal como lo expresó Salvador Toro, Prior del Monasterio de Sobrado de los Monjes, la que tendría que impedir una exclusión de la vida consagrada o sacerdotal que se realizara en razón de la orientación sexual. Desde una perspectiva análoga, T. Radcliffe, antiguo Maestro General de la orden dominicana, afirmaba que no nos corresponde a nosotros decir a Dios a quién puede o no llamar a la vida religiosa (Cf. S. TORO,«Cuando la sexualidad es "diferente"» en Sal Terrae 82 (1994) 729-734; T. RADCLIFFE, El manantial de la esperanza, San Esteban, Salamanca 1998, 208).
 
Desde unas claves diferentes, Javier Gafo expresó también su posición al respecto, señalando que la condición homosexual, en sí misma, no debería convertirse en óbice para una opción celibataria asumida por motivos religiosos. Entre otras razones, porque es y será siempre inevitable que haya personas homosexuales tanto en el sacerdocio corno en la vida consagrada. La única cuestión, entonces, a plantear será, corno en el caso de los sujetos heterosexuales, la de la capacidad que se pueda apreciar para vivir coherentemente una vida celibataria (Cf. J. GAFO, «Cristianismo y homosexualidad», en La homosexualidad. Un debate abierto, Desclée de Brouwer, Bilbao 1997, 219-220).
 
En esa determinación de la capacidad para el celibato puede intervenir, sin embargo, con suma facilidad un estereotipo bastante extendido: el de que las personas homosexuales difícilmente pueden vivir sin llevar cabo una práctica de su tendencia erótica. El dato es desmentido por las investigaciones llevadas a cabo sobre la población homosexual (A. P. BELL -M. S. WEINBERG, Homosexualidades, Debate, Madrid 1979, 149. Dicho estereotipo puede encontrar también una base en la identificación de todos los sujetos homosexuales con un tipo o subcategoría dentro de ellos: los denominados como «disfuncionales», que, especialmente conflictualizados, son los que con más frecuencia han acudido a las consultas de psiquiatras o psicólogos clínicos), pero cuenta con la fuerza en contra de un prejuicio bien establecido y de indudables raíces inconscientes. La figura del homosexual que necesariamente se ve compelido a un comportamiento de acoso sexual, parece guardar más relación con la homosexualidad latente y proyectada de muchos sujetos heterosexuales que con los hechos observables. Todo lo cual conduce a pensar que, sin un serio y profundo autoanálisis sobre la propia homofobia y sus raíces encubiertas, no se estará capacitado para valorar en sus justos términos la dinámica real del sujeto homosexual que demanda incorporarse a la vida consagrada o sacerdotal.
 

Problemas homofílicos y fantasmas homofóbicos

 
Una de las resistencias más habituales frente a la idea de integrar a sujetos homosexuales en el campo de la vida consagrada o sacerdotal radica, en efecto, en ese fantasma de que un sujeto homosexual que hace su vida cotidiana rodeado de personas de su mismo sexo tenderá, de modo inevitable, a vincularse eróticamente con los miembros de su comunidad. Los datos que se pueden obtener, sin embargo, desmienten que tal tipo de problemas se dé realmente. Por lo general, el sujeto homosexual se autolimita de modo espontáneo, evitando dirigir su interés erótico hacia sujetos heterosexuales de los que poco puede esperar, del mismo modo que en el campo heterosexual hay también una autolimitación en el mismo sentido en las relaciones con el otro sexo, ya sea en razón de su estado (de matrimonio o consagración religiosa) o por razones de otra índole. Tan sólo sujetos particularmente inmaduros impregnan de erotismo toda relación con el sexo que les atrae.
 
Todo ello no elimina, sin embargo, la posibilidad de que en determinadas ocasiones un sujeto homosexual quede prendado de un miembro de su comunidad religiosa o ministerial. Esa situación, de indudable conflictividad, puede derivar, sin embargo, de maneras muy diferentes. Todo dependerá de la capacidad de ambas personas para afrontar abiertamente la situación y encauzarla del modo más coherente para ambas.
 
Una se verá llamada a un trabajo de duelo, para dar por perdido un objeto de amor irrealizable; y la otra, a mantener la fidelidad a su propio deseo, al mismo tiempo que a comprender fraternalmente una situación que hasta entonces le era del todo desconocida, pero que, sin duda, le manifiesta de modo más amplio lo que es el deseo humano. Si es así, una situación en principio conflictiva y dolorosa se convertirá en una ocasión de mutuo enriquecimiento personal.
 
El problema, pues, parece que debe quedar centrado no tanto en la condición homosexual cuanto en la conflictividad de ese sujeto, ya sea en razón de la dificultad que haya tenido para asumir su propia orientación sexual, ya sea en razón de otras variables que intervinieran en su desarrollo personal. En todo caso, y dadas las circunstancias habituales en que todavía se desenvuelve la conciencia homosexual, parece obligado suponer que el grado de conflictividad que pueden presentar los sujetos homosexuales probablemente sea mayor que el de los heterosexuales. De ahí que el análisis previo a la incorporación dentro de la vida consagrada o ministerial debería ser más cuidadoso y atento.
 
Pero, al mismo tiempo, deberíamos evitar también el peligro de absolutizar dicha razonable suposición. Porque en ese caso habría igualmente que suponer que nos amparamos en ella para solapar una fácil defensa inconsciente frente a lo homosexual.
 
Será necesaria, pues, mucha lucidez, y más obligado aún un profundo y honrado autoanálisis de las propias reacciones frente a lo homosexual. Sólo así se podrá captar y valorar adecuadamente las dificultades específicas que pueda presentar un varón o una mujer homosexual.
 
Una cuestión específica para los sujetos homoeróticos consagrados o sacerdotes radicará siempre en que esa orientación sexual, que afecta de modo decisivo a la propia identidad, no se alce, sin embargo, como su eje o referencia fundamental. La formación tendrá una tarea importante en lograr que la orientación sexual no se convierta en el elemento central de la propia identidad, sino que llegue a ser tan sólo un elemento que forma parte de una identidad más fundamental, que es la de seguidor de Jesús en el proyecto de construcción del Reino. Favorecer la manifestación de los conflictos vitales del sujeto asociados a su orientación sexual e indagar en las motivaciones vocacionales profundas de su vocación deberán constituir, entonces, elementos esenciales del acompañamiento personal.
 
Particular atención habría también que mostrar ante los casos relativamente frecuentes de sujetos que, con una conflictividad homosexual de fondo, pretenden escapar a ella mediante el logro de una identidad nueva como religioso, religiosa o sacerdote. La intensidad emocional que acompaña los momentos iniciales de una vocación contribuye muchas veces al «éxito» de este propósito, dejando encubierta la identidad conflictiva original. Este peligro es tanto mayor si tenemos en cuenta que, con demasiada frecuencia, los sujetos que inician un proyecto vocacional pueden distar mucho de haber clarificado suficientemente su auténtica identidad psico-sexual.
 
Una situación diferente se ofrece en los casos en que se ha dado una previa práctica sexual relevante (particularmente, si ésta ha tenido un carácter marcado por la compulsividad). Ciertamente, ahí encontramos una dificultad mayor para proponerse una vida celibataria. Cuando la represión ha jugado un papel preponderante, y los diques que ésta creó se rompen, los obligados procesos de sublimación difícilmente podrán llegar a establecerse.
 
En otros casos, sin embargo, la represión ha podido «triunfar», manteniendo al margen las tendencias eróticas de base, Pero ello no significa que la vida celibataria logre sus propósitos específicos. Celibato es más que castidad, y no se puede considerar, por tanto, «eunuco por el Reino de los cielos» a quien, manteniéndose sin falla alguna en el terreno genital, sea capaz de mantener unas vinculaciones afectivas de contenidos eróticos camuflados y encubiertos incluso bajo bellas racionalizaciones espirituales. En este caso, la perversión es manifiesta y no se corresponde tanto con lo homosexual en sí cuanto, más bien, con su encubrimiento. Las condiciones en que se elabora la sexualidad femenina hacen más proclive a la mujer que al varón a este tipo de dinámicas.
 
Así pues, toda una amplia y compleja problemática se abre en la integración de lo homosexual en el seno de la vida eclesial. Integración que afecta tanto a las personas homoeróticas como a las heterosexuales. Todos, pues, estamos implicados de un modo u otro. Para unos, el reto consistirá en luchar por el logro de una maduración afectiva, dificultada tantas veces por el rechazo social introyectado, Para otros radicará en la también difícil tarea de exorcizar un fantasma que mutila la propia expansión personal y que daña la relación con los demás, Nadie es inocente, pues, en la cuestión homosexual.
 
Comprenderlo y elaborarlo a fondo será un asunto de importancia para que, personal y colectivamente, acertemos a situarlo del modo más humano y cristiano posible en el marco de la vida eclesial.

martes, 4 de septiembre de 2012


Hoy 4 de Septiembre de 2012, la Asociación Mundial para la Salud Sexual/World Association for Sexual Health (WAS) está celebrando el "Día Mundial de la Salud Sexual 2012" con el lema:

"En un mundo diverso, salud sexual para todas-os"

Cuando hablamos de diversidad, nos encontramos que no tiene límites, somos una comunidad global con diferencias en todos los niveles; diferencias físicas, emocionales, mentales, familiares, sociales, económicas, políticas, culturales, éticas, legales, históricas, religiosas y espirituales.

Esta diversidad nos enriquece cuando sabemos respetarla y aprendemos a vivir con ella. Dentro de esta diversidad, hay una constante por la que hemos trabajado de manera ardua, se trata de un valor fundamental de la humanidad: TODAS- OS TENEMOS DERECHOS HUMANOS y entre ellos, DERECHOS SEXUALES, que como dice la Asociación Mundial para la Salud Sexual y la Organización Mundial de la Salud, son el requisito indispensable para alcanzar la salud sexual individual, familiar, social y global.

Es por ello que este año la WAS decidió incluir la diversidad en su sentido más amplio para celebrar la salud sexual con todas las personas, incluyendo aquellas con alguna discapacidad, personas en situación de vulnerabilidad socioeconómica, con diferentes orientaciones sexuales, identidades sexuales, religiones, razas, etc.

No importa cuál sea tu diferencia, tienes derechos sexuales y puedes acceder y cuidar tu SALUD SEXUAL, ven y celebra con nosotras-os.

¡Participa e involúcrate en el Tercer Día Mundial de la Salud Sexual!

lunes, 27 de agosto de 2012



La Comunidad Metropolitana Asociación Civil es una comunidad de fe cristiana de visión y acción ecuménica. Es un espacio abierto a todos los sectores; la inclusividad define nuestro estilo de trabajo. Pretendemos llevar la Buena Nueva mediante el testimonio de nuestras vidas y mediante las acciones que gesten un cambio social; hacia un país sin prejuicios y de igual oportunidades para todos y todas las personas. Creada en el año 1995 y adecuada a Asociación Civil en el 2011.

Nuestros Objetivos son:

1) Defensa y Promoción de los Derechos Humanos de las personas Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales (LGBTI) velando porque estos derechos no sean menoscabados por las creencias o instituciones religiosas que invocando sus dogmas pretendan fundamentar o justificar actos discriminatorios o generar desigualdad ante la ley.

2) Promover el derecho que tiene toda persona  a la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión;  derecho que incluye la libertad de tener o de adoptar la religión o las creencias de su elección sin discriminación alguna.

3)  Promover el laicismo, entendido como la fundamentación de la absoluta libertad de conciencia para todos y todas que hace posible la ausencia de criterios que deban ser asumidos acríticamente como verdades finalistas, constituye un núcleo  para que, desde la libertad completa de conciencia, pueda llegarse a la libertad efectiva en nuestras vidas. La autodeterminación de las personas, de todos y cada uno de los individuos, su derecho a acceder al espacio público y a los elementos configuradores de los derechos a satisfacer las expectativas de una vida digna —salud, vivienda, educación, seguridad, trabajo— están, ineludiblemente, vinculados a la existencia de una sociedad en la que no existan impedimentos ni represiones para el desarrollo de la libre conciencia, en la que no haya sometimiento de ninguna persona hacia ninguna otra en virtud de una u otra relación de poder. La laicidad —el laicismo— es, pues, el nervio, el sustrato y el vehículo mediante el cual los individuos pueden asumir la libertad que les capacita para elegir sus propios caminos hacia la felicidad. Y es la clave de bóveda de una sociedad que garantice ese derecho, que otorgue igualdad de oportunidades para su ejercicio, que facilite la conversión de los derechos en capacidades para la acción. La laicidad, así, no debe ser entendida tan sólo como garantía de la no injerencia de ninguna cosmovisión particular en el espacio público o en las conciencias ajenas, sino también como la garantía de la ausencia de dominación, es decir, como uno de los ejes vertebradores de la justicia social.

4) Apoyar  a  las organizaciones populares o movimientos  sociales de las mujeres, pueblos indígenas y afrodescendientes, personas con discapacidad, personas que viven con el Vih/Sida y a las afectadas por   la  pandemia, personas de los sectores excluidos y  de  todos  los  grupos víctimas de opresión generalizada o especifica en la lucha contra cualquier forma  de discriminación.

Dirección de reuniones:

Calle Colombia entre 5ta y 6ta Transversal, casa N. 132, piso 2. Pérez Bonalde, frente Iglesia Madre Cabrini. Parroquia Sucre. Los sábados cada 15 días de 3 pm a 5 pm. Esta Sede es temporal.
Teléfono: +58- 0416-9363271
Facebook: Iglesia de la Comunidad Metropolitana “Cristo Redentor”
Twitter: @ICMVenezuela

martes, 17 de julio de 2012

Género masculino y género femenino, dos conceptos en constante transformación.



El género no es el sexo, sino el conjunto de significados y mandatos que la sociedad le atribuye al rol femenino y al masculino en un determinado momento histórico y social. El concepto “ideal” de género en un tiempo dado nos condiciona a través de la cultura que todos vamos construyendo a diario, indicándonos una supuesta forma de ser hombre o mujer.
18/01/2004 - Aún así cierto “androcentrismo” (la subordinación de la mujer al hombre) que ha prevalecido a través de por lo menos 2.500 años, está hoy en franca pero lenta transformación.
El mundo laboral se divide en un ámbito privado y otro público; a la mujer se la condenó siempre a la invisibilidad del trabajo doméstico, la proveedora obligada de servicios indispensables pero gratuitos.
Lo femenino es definido aún como el territorio de lo emocional, lo silenciado (de alli que tantos abusos de distinto tipo se realicen dentro del perímetro de lo privado), y todo lo que tiene que ver con la reproducción humana (la mujer debe ser madre y el embarazo es su estado de perfección bíblica, su finalidad natural). Ninguna escapa a esta discriminación, solo que algunas se convierten en Superniña; son las que corren con el celular pegado en el oído y el trajecito sastre impecable a comprar la harina impalpable para la torta del hijito.
El arquetipo viril nos presenta un hombre proveedor de bienes materiales, productos culturales y de la sexualidad. El varón pertenece al sector de lo público, en síntesis, detenta el poder. Por eso las mujeres han sido excluídas durante siglos del discurso histórico y de sus símbolos fundamentales conviertiéndola en un objeto que hoy lucha por ser sujeto, a la par del hombre.
Ya en la polis griega el ciudadano era definido por Aristóteles como el varón perfecto. La pobre Antígona (tal vez la primera feminista de la ficción) muere lapidada por pretender enterrar a su hermano Polinices contra la voluntad de su tío Creonte. Todas las mujeres “sin rostro”, es decir, anónimas, participaron activamente en las luchas por la independencia de distintas colonias que luego lograron su autonomía, pero cierta “lógica de las diferencias” las dejó a un costado de la gloria, salvo contadas excepciones.
Hoy, aún el inconsciente colectivo sigue atribuyéndole a la mujer el rol doméstico por excelencia, a través de representaciones sociales y psíquicas que nos inclinan desde que nacemos para desarrollar ciertas potencialidades e inhibir otras.
De alli, también la idea de que la mujer es sensible, dócil, emotiva, y el hombre es racional, duro y no llora.
Por eso las telenovelas son para ellas y se emiten en horario vespertino, ya que por la noche llega el hombre para el cual la casa es un lugar de ocio, no asi para la mujer que “sigue estando en su ámbito laboral”.
Pero las necesidades sociales que motivaron el acceso de la mujer al mundo de la producción demostraron que ellas son más versátiles y eficaces que los varones. Por otra parte la desocupación generó nuevos “amos de casa” resignados a aceptar que la representación de la masculinidad ya no se asienta en el afuera.
Algunos matrimonios sucumben porque la lógica del mercado se traslada a la unidad doméstica y ellos no aceptan los nuevos roles. El varón se deprime y la mujer a veces lo fustiga y lo desvaloriza. La dama no puede admirar ahora a su Cid Campeador porque lo ve planchar la ropa y cocinar el bizcochuelo mientras ella vende seguros de vida. Hoy más que nunca la dicotomía masculino/femenino genera una nueva dramática en la que cada uno debe aceptar, compartir, negociar, respetar espacios, contener y sobre todo, amar de veras al otro. 0 de lo contrario seguir siendo un ejército de androides, demasiado solos y solas.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Reflexiones de COMAC en el Día Internacional de la Mujer.


Reflexiones de la Comunidad Metropolitana A.C.

08  de marzo de 2012, Día Internacional de la Mujer

 Un momento único para reflexionar sobre cómo ha sido la vida de nuestras mujeres, para conversar con nuestras amigas y compañeras sobre las luchas que nos unen, para el dialogo con nuestros hermanos, hijos, compañeros, padres, maridos, amigos sobre todo lo que podemos construir- en unidad - para superar las dificultades que todavía tenemos que enfrentar, para celebrar las victorias que construir juntas... y juntos.

Hoy, además de saludarnos por el día especial, encarar el desafío a la armonía de relaciones,  compartir un poco de la historia de la lucha de las mujeres también  me gustaría  recordar y dar gracias por la resistencia,  en favor de la vida, la no discriminación sea esta por sexo, condición social, religión, orientación sexual e identidad de género, que han venido haciendo las mujeres a través de los tiempos.


1.     Un panorama de la resistencia de las mujeres a través de los tiempos

-          Hace ya algunos años que los y las historiadoras venimos investigando la participación de las mujeres a través de los tiempos. Como se sabe, lo que estaba registrado –y era contado como verdad absoluta-  venia de las voces oficiales que eran casi siempre masculinas. Y en esa recuperación de las voces olvidadas (y en ese caso no es solo la mujer la olvidada, sino también todos los grupos excluidos de la sociedad en todos los tiempos), hay una obra histórica llamada “Historias de las mujeres en la Antigüedad” que presenta – entre otras – un relato sobre las mujeres griegas. Cuenta  que un gran grupo de mujeres griegas habían sido llevadas – como botín de guerra -  para la plaza del pueblo ganador. Y allí dejadas durante la noche provocaron la preocupación  de las mujeres del lugar. Las habitantes del pueblo (enemigo) se juntaron y organizaron, y juntas sacaron a las mujeres prisioneras de la plaza y las llevaron hasta el camino para volver a su ciudad.  Al día siguiente, cuando los hombres fueron a ver “su botín” se encontraron que ya no estaban más...
¡Reacción y resistencia a una acción de prisión, dominación! ¡Reacción frente a una costumbre muy antigua de tomar como botín de guerra a las mujeres de los vencidos!
-          Entre otras muchísimas historias vale recordar a las parteras de las mujeres hebreas en Egipto (Éxodo 1: 15 a 22). Las ordenes del Faraón fueron desobedecidas y un pueblo fue salvo – en su descendencia – por el acto de coraje y desafío de un grupo de mujeres.
¡Reacción y resistencia a la orden del “todopoderoso” jefe absoluto! ¡Reacción y resistencia a la costumbre muy antigua de obedecer sin cuestionar!
-          Agar, Debora, Judith, Ruth... María, la mujer samaritana, María de Magdala... las mujeres conocidas y las anónimas que murieron por defender y luchar por el derecho a ser (entre ellas muchas consideradas “brujas”)
¡Reacciones y resistencias  a las costumbres arraigadas, a las dominaciones, a los abusos, a la muerte por violencia a cuenta gotas!

Debemos agradecer mucho por la vida de todas estas mujeres que abrieron caminos para lo que somos hoy.  Sería muy bueno que cada una de nosotras (los hombres presentes se pueden – y deben- sentirse incluidos) se pusiera a refrescar la memoria y recordar nombres de mujeres – en su vida – que fueron simientes de resistencia  y lucha.
¿Podemos compartir nombres?


2.  Reconstruyendo la Historia del 08 de marzo 
El Día Internacional de la Mujer (8 de marzo) es una fecha que celebran los grupos femeninos en todo el mundo. Esa fecha se conmemora también en las Naciones Unidas y es fiesta nacional en muchos países. Cuando las mujeres de todos los continentes, a menudo separadas por fronteras nacionales y diferencias étnicas, lingüísticas, culturales, económicas y políticas, se unen para celebrar su Día, pueden contemplar una tradición de no menos de 100 años de lucha en pro de la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo
El Día Internacional de la Mujer se refiere a las mujeres corrientes como artífices de la historia y hunde sus raíces en la lucha plurisecular de la mujer por participar en la sociedad en pie de igualdad con el hombre. En la antigua Grecia, Lisístrata empezó una huelga sexual contra los hombres para poner fin a la guerra; en la Revolución Francesa, las parisienses que pedían "libertad, igualdad y fraternidad" marcharon hacia Versalles para exigir el sufragio femenino
La idea de un día internacional de la mujer surgió al final del siglo XIX, que fue, en el mundo industrializado, un período de expansión y turbulencia, crecimiento fulgurante de la población e ideologías radicales.


La función de las Naciones Unidas
Pocas causas promovidas por las Naciones Unidas han concitado un apoyo más intenso y extendido que la campaña para fomentar y proteger la igualdad de derechos de la mujer. La Carta de las Naciones Unidas, firmada en San Francisco en 1945, fue el primer acuerdo internacional que proclamó que la igualdad de los sexos era un derecho humano fundamental. Desde entonces, la Organización ha contribuido a crear un legado histórico de estrategias, normas, programas y objetivos concertados internacionalmente para mejorar la condición de la mujer en todo el mundo.
En todos estos años las Naciones Unidas han actuado en cuatro direcciones concretas para mejorar la condición de la mujer: fomento de las medidas legales; movilización de la opinión pública y medidas internacionales; capacitación e investigación, incluida la reunión de datos estadísticos desglosados por sexo; y ayuda directa a los grupos desfavorecidos. Actualmente, uno de los principios rectores esenciales de la labor de las Naciones Unidas es que no puede hallarse una solución duradera a los problemas sociales, económicos y políticos más acuciantes de la sociedad sin la cabal participación y plena habilitación de las mujeres del mundo.
A todas estas mujeres – con nombre y anónimas que se expusieron, resistieron  y arriesgaron. Por sus vidas también damos gracias.

3.     ¿Cuál es la situación hoy?

¿Cuál es la situación de las mujeres? 
¿Cómo se dan las relaciones de género?
¿Cómo participamos las mujeres en los procesos de construcción de la armonía de las relaciones?
¿Cómo participamos las mujeres en la educación – junto con nuestros compañeros y compañeras?
¿Estamos conscientes y organizadas?
¿Hay reacciones y resistencias?


4.     El desafío de reaccionar y resistir buscando la armonía de las relaciones

Jesús, su vida, su mensaje, su ejemplo muestra que la vida abundante es para todos – hombres, mujeres, niños y niñas, grupos excluidos y marginados de la sociedad. Eso fue una propuesta – y proyecto – revolucionario para aquel momento. En un tiempo en que la mujer no era contada, ni escuchada, ni considerada Él las contó, las escuchó y las consideró... y hubo discípulas (que no fueron contadas), y voces (que no fueron registradas) y presencias (no consideradas)... Y    las llenó de esperanza, coraje y fuerza. Y eso nos fue legado... sin considerar las terribles experiencias y ejemplos “cristianos” a través de la historia dominadora, castradora y violenta de los “Padres” de la Iglesia. Hoy tenemos el compromiso de vivir el verdadero mensaje de Jesús y luchar, reaccionar y resistir a favor de la vida abundante ¡para todas las personas!


martes, 6 de marzo de 2012

Radiografía del fundamentalismo.


Siendo el creador como nos lo han dicho omnipotente, omnisapiente y omnipresente me parece demasiado rebuscado que los seres humanos, que incluyen pastores, sacerdotes incluso Papas que ya sabemos no son infalibles puedan abrogarse el monopolio de la interpretación última de su palabra. 
¿Por qué si la moral cristiana es licita tiene que valerse de actos ilícitos para imponerse? Bastó una nota de una organización fundamentalista para que la comisión de legislación y puntos constitucionales dictaminara a favor de la ratificación de la reforma a la Constitución de la república que definiría el matrimonio como un contrato realizable solo entre un hombre y una mujer así nacidos.  
Más allá del objetivo moral dicha comisión obvió un dato que la misma Carta Magna manda: oír a los afectados de la reforma: la comunidad LGBT; además de incluir a la ciencia para que debatiera junto a la fe, los pro y contra de una definición de matrimonio que a todas luces dejaba en el limbo derechos de una minoría, hablamos de sociólogos, sicólogos, antropólogos, genetistas, biólogos, expertos de la OMS, siquiatras. La ausencia de todos estos convenientemente ignorados actores dejaba el proceso de reforma constitucional viciada, parcializada y carente de todo sostenimiento jurídico e histórico.
¿Quién es un fundamentalista? Es la persona que padece enfermedad interpretativa: la que toma los textos bíblicos sin tener en cuenta el sustrato histórico, las circunstancias en que la palabra surgió. El fundamentalista se apoya en la falsa creencia que la Biblia es la palabra de Dios comunicada directamente sin mediación histórica. Lo que está escrito, escrito está. Esa argumentación el tiempo se ha encargado de desmentirla.
Por supuesto, nos dicen que el Antiguo Testamento fue superado por el Nuevo Testamento pero siempre recurren –haciendo una falsa interpretación de ese versículo- a Sodoma y Gomorra cuando de condenar “desviados” se trata, igual sucede con Levítico 20:13. Y no digamos el mito de Adán y Eva.  
Más sin embargo menosprecian que sabiendo Jesús la existencia de la homosexualidad en Roma no se haya molestado en condenarla en ninguna ocasión: Lucas 7; Mateo 8. Huelga decir que el libro más pretérito del Nuevo Testamento fue escrito 150 años después de existir Jesucristo.
Jesús escogió como familia a un eunuco y dos mujeres estériles: Lázaro, María y Marta. El ideal de una familia monógama, romántica y para toda la vida que defienden los nacional religiosos es desconocido en la Biblia. ¿Qué clase de matrimonio encontramos allí? Uniones basadas en transacciones comerciales, poligamia, familias extensas, grupos tribales, el matrimonio del levirato y otros estilos de vida como el incesto entre Lot y sus hijas. Luego en el Nuevo Testamento un prejuicio anti matrimonial y un énfasis negativo hacia el sexo en general.
Principio nazi de orquestación: si una mentira se repite suficiente, acaba por convertirse en verdad.      
Mienten cuando dicen que la homosexualidad es curable si la trata un siquiatra experto;falsean cuando dicen que la humanidad corre riesgo de desaparecer si los LGBT se les permitiesen las uniones civiles. En el primer caso la homosexualidad no es curable porque sencillamente no es una enfermedad, engañan porque no explican en sus vastos artículos cual es tratamiento médico, ni presentan las clínicas especializadas en ello en el país, no hay estadísticas de ex gais curados que no sean los que cambian a una vida constante de auto represión de su deseo sexual.
¿Es que acaso una lesbiana no puede quedar embarazada, ya sea por inseminación in vitro o por un acto sexual de común acuerdo? Si se tiene la creencia de que padres gais harán hijos gais ¿no son entonces los casi 300,000 o 600,000 LGBT salvadoreños hijos de padres heterosexuales? O debemos suponer bajo esa tesis ¿qué en realidad estos padres no son heterosexuales sino homosexuales de closet, y debido a ello sus hijos resultaron gais? 
Según el informe que se utilice: Gender Brain de Helena Cronin o el informe de Alfred Kinsey hablamos de un mínimo de 5% o de un máximo del 10% de la población salvadoreña que podría ser LGBT. Esto equivale a un gay por familia. 
Es posible que una madre, un padre no se sientan felices al enterarse de que un hijo o hija sea gay, incluso viven en silencio esa angustia originada en el que dirán al solo sospecharlo; pero de ninguna manera aceptaran que se les venga la sociedad encima por la prosaica voluntad de una secta que se siente la salvaguarda de la moral nacional. 
Cuando menos no la mayoría. La cama como el voto es secreta y eso es un consenso dentro de la cultura salvadoreña. Por eso una campaña contra los “enemigos de la familia” más que apoyos encontrara omisiones. No todos los cristianos son homofóbicos.
La elección como arma de chantaje
¿Quién es un estadista?  El escritor Sergio Ramírez Mercado da una definición oportuna:es quien entiende al país en su totalidad, en su perspectiva de pasado y futuro, es el que ve la globalidad del país; con visión estratégica hacia adelante.  
Sun Tzu recomendó que la mejor guerra es la que no se hace, pero lo dramático es que los denominados liberales guiados por dogmas religiosos ha perdido tiempo tratando de jugar con la libertad personal de seres humanos y, esto solo se debe a una cosa: carecen de ideólogos, y si los tienen simplemente no los escuchan o ya perdieron aquello tan necesario: pragmatismo y visión. En cualquier caso necesario es cambiar de estrategia porque casi siempre pierden.
Creo que quienes sostengan que la homosexualidad es pecado están en su derecho de creerlo y defenderlo, además de exigirlo a sus feligreses, pero no a la nación. Yo lucharía junto a ellos si alguna vez se les tratara de imponer uniformidad en torno a ese u otro tema. Pero de igual no se puede ser antidemocrático desde la arrogante mayoría en un Estado que hasta hace un siglo tenía como castigo los palos públicos como medida correctiva moral y, pesar de haber sido prohibida continuo aplicándose en la clandestinidad desde el poder.
Las explicaciones moralizantes para la reforma constitucional disimulan su intolerancia y palos a la diversidad. La capacidad desplegada para hacer sentir su poder no necesariamente significa que su lucha sea justa, al mejor estilo fascista que usó una minoría para manipular la unidad nacional, aquí se ha pretendido hacerlo con los votos del pueblo. 
Finalmente, nadie está pidiendo que se aprueben matrimonios, homomios, uniones, contratos civiles gais. No existe una tan sola petición al respecto en ningún lugar, la lucha contra espejismos la ha levantado el fanatismo basado en el principio de unanimidad nazi:han hecho creer a mucha gente que eso ya viene y que como todos pensamos igual pues así de esa forma la oposición es unánime ante un enemigo imaginario.
La transformación debe ser personal no llegará por ley. Labor pastoral se necesita no alianzas políticas. 

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Religión, Homosexualidad y Activismo

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