“Ver el mundo en blanco y negro nos aleja de la moderación y de la paz interior porque la vida, por donde se mira, está compuesta de matices.

Querer imponer al universo nuestra primitiva mentalidad binaria no deja de ser un acto de arrogancia y estupidez.”

Walter Riso.

sábado, 23 de marzo de 2013

Lesbianas, gays y otras personas "diferentes".



Toda realidad es, probablemente, muy diferente y mucho más compleja de lo que quisiéramos que fuera, de lo que creemos que es, y de lo que pensamos que debería ser. Creo que es bueno reflexionar sobre esto a menudo.

A cualquier persona o comunidad humana le cuesta, sin duda, ver la diversidad, complejidad, cambios y conflictos de la propia realidad. Más difícil aún nos resulta expresar y analizar críticamente esa complejidad.

Todavía más si uno se halla enfrentado en desventaja a los poderes establecidos.

¿Por qué sorprendernos entonces de que nos cueste tanto trabajo ver, reconocer, expresar y analizar críticamente las incoherencias, flaquezas, diversidad, desacuerdos y conflictos presentes en nosotros/as mismos/as y entre la gente oprimida con la cual de alguna manera trabajamos y nos identificamos?

Es más cómodo concentrar nuestra atención en las lacras de los poderosos que complicarnos nuestras vidas notando las pequeñas y grandes complejidades nuestras y de la gente más vulnerable con la que trabajamos. 

Los oprimidos, los pobres, como humanos que son, son mucho más diversos, creativos e impredecibles de lo que suponen nuestras instituciones, teorías, dirigentes o proyectos de cambio (económicos, religiosos, militares, legales, políticos o culturales).

Por ello, en parte, el fracaso de muchos intentos de cambio: por descuidar esa diversidad, creatividad y variabilidad, en lugar de asumirlas como reto esperanzador. Y por ello quizá deberíamos estimular, entre otras cosas, una variedad, creatividad y flexibilidad teológicas más atrevidas y arriesgadas que aquellas a la que nos hemos atrevido hasta el presente.

Pero, por otro lado, los oprimidos/as (no menos que nosotros/as sus aliados/as), también son, como buenos humanos, mucho más vulnerables a la dominación que lo que usualmente reconocen nuestras teologías (y otras teorías) de la liberación. Así, violencia doméstica, explotación y abuso de los débiles, consumismo, individualismo, materialismo, machismo, homofobia, descuido del medio ambiente, racismo, discriminación e intolerancia hallan practicantes y defensores también entre menesterosos y progresistas, y no sólo entre ricos y conservadores.

Desconocer tales incongruencias y debilidades, de nuevo, es tan pernicioso como despreciar la creatividad, diversidad y versatilidad de la gente oprimida tal y como es en su vida cotidiana.

Tengo la impresión de que en la TDLL(Teología de la Liberación) hemos tendido a menudo a descuidar, desconocer y disimular –con generalidades y simplificaciones– la profunda pluralidad y complejidad de nuestra gente oprimida, así como los enormes contrastes y conflictos (psicológicos, sociales, económicos, emocionales, laborales, raciales, culturales, lingüísticos, educacionales, políticos, religiosos, amorosos, sexuales, de autoridad, etc.) presentes en las familias, comunidades, movimientos, organizaciones, iniciativas y acciones de nuestra gente oprimida.

Esto es comprensible por varias razones. Primero, para enfrentar con esperanzas de éxito la lucha contra la opresión, parece más útil y urgente el consenso que la autocrítica. Al concentrar la mirada crítica en la propia comunidad corremos riesgo de rechazo, exclusión, divisiones debilitantes, más problemas y nuevas derrotas. Y, después de todo, si ya es bien complicado y fatigoso analizar a los poderosos y las relaciones de opresión de las cuales ellos derivan su poder, ¿para qué exponer más el escaso tiempo, la energía y los riesgos a la mano en una tarea tan impredecible y peligrosa como ésta?

Lo triste, me parece, es que en la mayor parte de Latinoamérica estamos hoy más lejos que en los setenta de una sociedad justa y en paz. En parte, esto se debe al talento, los recursos y la perversidad de las élites, sin duda. Pero, también, creo que hay motivos para pensar que eso es así por la colaboración a la dominación prestada tanto por los oprimidos como por muchos de sus aliados: colaboración a menudo más inconsciente que consciente, quizá; más por confusión y miedo que por ventajas egoístas, probablemente; más por omisión que por comisión.
Cooperación que prestamos, pues, sin querer, sin saberlo, pero quizá también a menudo sin querer saberlo: complicidad involuntaria que obstaculiza el alcanzar una vida más digna de ser vivida para un creciente número de personas y comunidades de nuestros tiempos y lugares.

Sugeriría que un reto que emerge hoy para los próximos años es el de reconocer, investigar y reflexionar críticamente, entre otras cosas, la enorme y dinámica complejidad y riqueza de la vida real, cotidiana, tanto de la gente a la cual decimos querer servir, como la de quienes decimos querer servirles. 

Toda realidad es, probablemente, muy diferente y mucho más compleja de lo que quisiéramos que fuera, de lo que creemos que es, y de lo que pensamos que debería ser. Creo que es bueno reflexionar sobre esto a menudo. A cualquier persona o comunidad humana le cuesta, sin duda, ver la diversidad, complejidad, cambios y conflictos de la propia realidad. Más difícil aún nos resulta expresar y analizar críticamente esa complejidad. Todavía más si uno se halla enfrentado en desventaja a los poderes establecidos. ¿Por qué sorprendernos entonces de que nos cueste tanto trabajo ver, reconocer, expresar y analizar críticamente las incoherencias, flaquezas, diversidad, desacuerdos y conflictos presentes en nosotros/as mismos/as y entre la gente oprimida con la cual de alguna manera trabajamos y nos identificamos?
Es más cómodo concentrar nuestra atención en las lacras de los poderosos que complicarnos nuestras vidas notando las pequeñas y grandes complejidades nuestras y de la gente más vulnerable con la que trabajamos. 

Los oprimidos, los pobres, como humanos que son, son mucho más diversos, creativos e impredecibles de lo que suponen nuestras instituciones, teorías, dirigentes o proyectos de cambio (económicos, religiosos, militares, legales, políticos o culturales). Por ello, en parte, el fracaso de muchos intentos de cambio: por descuidar esa diversidad, creatividad y variabilidad, en lugar de asumirlas como reto esperanzador. Y por ello quizá deberíamos estimular, entre otras cosas, una variedad, creatividad y flexibilidad teológicas más atrevidas y arriesgadas que aquellas a la que nos hemos atrevido hasta el presente.

Pero, por otro lado, los oprimidos (no menos que nosotros/as sus aliados/as), también son, como buenos humanos, mucho más vulnerables a la dominación que lo que usualmente reconocen nuestras teologías (y otras teorías) de la liberación. Así, violencia doméstica, explotación y abuso de los débiles, consumismo, individualismo, materialismo, machismo, homofobia, descuido del medio ambiente, racismo, discriminación e intolerancia hallan practicantes y defensores también entre menesterosos y progresistas, y no sólo entre ricos y conservadores.

Desconocer tales incongruencias y debilidades, de nuevo, es tan pernicioso como despreciar la creatividad, diversidad y versatilidad de la gente oprimida tal y como es en su vida cotidiana.

Tengo la impresión de que en la TDLL hemos tendido a menudo a descuidar, desconocer y disimular –con generalidades y simplificaciones– la profunda pluralidad y complejidad de nuestra gente oprimida, así como los enormes contrastes y conflictos (psicológicos, sociales, económicos, emocionales, laborales, raciales, culturales, lingüísticos, educacionales, políticos, religiosos, amorosos, sexuales, de autoridad, etc.) presentes en las familias, comunidades, movimientos, organizaciones, iniciativas y acciones de nuestra gente oprimida.

Esto es comprensible por varias razones. Primero, para enfrentar con esperanzas de éxito la lucha contra la opresión, parece más útil y urgente el consenso que la autocrítica. Al concentrar la mirada crítica en la propia comunidad corremos riesgo de rechazo, exclusión, divisiones debilitantes, más problemas y nuevas derrotas. Y, después de todo, si ya es bien complicado y fatigoso analizar a los poderosos y las relaciones de opresión de las cuales ellos derivan su poder, ¿para qué exponer más el escaso tiempo, la energía y los riesgos a la mano en una tarea tan impredecible y peligrosa como ésta?

Lo triste, me parece, es que en la mayor parte de Latinoamérica estamos hoy más lejos que en los setenta de una sociedad justa y en paz. En parte, esto se debe al talento, los recursos y la perversidad de las élites, sin duda. Pero, también, creo que hay motivos para pensar que eso es así por la colaboración a la dominación prestada tanto por los oprimidos como por muchos de sus aliados: colaboración a menudo más inconsciente que consciente, quizá; más por confusión y miedo que por ventajas egoístas, probablemente; más por omisión que por comisión.
Cooperación que prestamos, pues, sin querer, sin saberlo, pero quizá también a menudo sin querer saberlo: complicidad involuntaria que obstaculiza el alcanzar una vida más digna de ser vivida para un creciente número de personas y comunidades de nuestros tiempos y lugares.

Sugeriría que un reto que emerge hoy para los próximos años es el de reconocer, investigar y reflexionar críticamente, entre otras cosas, la enorme y dinámica complejidad y riqueza de la vida real, cotidiana, tanto de la gente a la cual decimos querer servir, como la de quienes decimos querer servirles.

Todo grupo subalterno, subordinado, sometido a dominación, se ve casi ineludiblemente obligado –aun en su rebelión y resistencia contra la opresión– a repetir e imitar mucho de la visión dominante. Es la “internalización del opresor” por los oprimidos de la que hablaba, entre otros, Paulo Freire.

Una manera de los rebeldes probarse a sí mismos y a los demás que son más decentes, morales y dignos que los dominantes es siendo “más papistas que el Papa” en ciertos aspectos definidos como cruciales por los propios criterios dominantes. Así, hallamos a menudo en sindicalistas y revolucionarios, junto a una crítica radical de los poderosos en aspectos económicos y políticos, un machismo, un autoritarismo y/o un racismo tan fuerte como en las élites más reaccionarias.

Élites coloniales y criollas acostumbran estereotipar a los oprimidos –no sólo para debilitarlos desautorizándolos, sino también para mostrarse a sí mismas como superiores, moralmente obligadas a imponerse sobre los oprimidos–presentando a los pobres como primitivos o animales, incapaces de controlar sus apetitos sexuales: como prostitutas, homosexuales, polígamos, licenciosos, corrompidos, inmorales y obscenos. O, también, como “poco hombres”.

Quizá por eso, quienes se rebelan contra la opresión económica, política y cultural tienden muchas veces a ser tanto o más rigurosos que los propios opresores, precisamente en ese aspecto de las relaciones sexuales y de género. Para probar que los prejuicios contra los oprimidos son falsos, y para demostrar tanta o mayor autoridad moral que las clases dominantes, se adoptan entonces, exacerbados, los criterios dominantes de moralidad y decencia, reduciendo, por ejemplo, la moralidad, a la observancia estricta de ciertos patrones tradicionalmente dominantes en materia de relaciones sexuales, de identidad sexual y de identidad de género. 

Tal tendencia se observa en muchos movimientos laborales, socialistas, nacionalistas, sindicales y/o revolucionarios a lo largo y ancho de la historia humana. 

La misma tendencia se reduplica a veces incluso en movimientos liberadores surgidos dentro de tradiciones religiosas que por siglos han reducido las obligaciones sagradas a códigos de pureza corporal, sexual y/o étnica, olvidando un hecho crucial: que reducir la moralidad a la dimensión sexual es, precisamente, despojar al resto de la vida humana de una dimensión ética; es dejar la industria, el comercio, la banca, la política, la educación, la ciencia, las leyes y la represión gubernamental fuera del debate ético, como terrenos moralmente neutros en manos de “expertos” que ya tienen el control de esos mismos terrenos. Y, al mismo tiempo, es dejar la sexualidad dentro de una camisa de fuerza patriarcal, autoritaria y misógina. 

Hoy en día el nuevo chivo expiatorio de la moral dominante son gays y lesbianas. El gobierno del país más poderoso del planeta tiene la prohibición de matrimonios entre personas del mismo sexo como uno de sus temas centrales. El papado coincide con esa obsesión en varios de sus documentos públicos recientes. Varias iglesias están a punto de dividirse alrededor de la discusión del mismo asunto, y muchas convierten la posición que la persona tenga ante la homosexualidad en el criterio central para decidir si alguien es buen cristiano o no –pese a que Jesús y los evangelios guardan absoluto silencio sobre el tema.

¿Y las teologías de la liberación, qué dicen al respecto? Con excepción de las teologías feministas, poquísimas son las que se atreven a encarar el asunto, a tomar la defensa de lesbianas y gays, y a criticar sistemáticamente la homofobia de nuestras élites e iglesias. Y menos aún las que se atreven a citar positivamente al creciente número de obras y autores/as en teología de la liberación lesbiana, gay, bisexual y transexual (LGBT).

Una teología valientemente liberadora tiene que tomar en serio, de una buena vez por todas, la defensa de la vida integral de nuestras hermanas lesbianas, gays, bisexuales y transexuales; entrar en diálogo abierto, sensible, respetuoso y continuo con las teologías de la liberación LGBT; desarrollar un análisis crítico (histórico, sociológico, antropológico, sicológico, bíblico y teológico) de la homofobia, el heterosexismo y la erotofobia dominantes en nuestras iglesias; y proponer una ética abierta en pro de la vida abundante, amorosa y placentera para la más grande diversidad posible de maneras humanas de vivir la vida en comunidad armoniosa. Las teologías de la liberación no pueden continuar silenciando el clamor de nuestros/as hermanos/as LGBT por una vida digna de ser vivida.

He tratado en estas líneas de echar una ojeada crítica a la trayectoria de la TDLL, evaluando algunos aspectos en los que nuestra limitada experiencia y nuestro particular punto de vista (de quienes hemos participado en la primera generación de la teología latinoamericana de la liberación) nos ha llevado a descuidar, olvidar y silenciar otras opresiones y otros oprimidos que los que están en el centro nuestra propia reflexión teológica hasta ahora. Quiero cerrar estas reflexiones subrayando una idea que de alguna manera está presente a través de todo lo dicho. La realidad de la que somos parte es infinitamente rica, compleja y cambiante. 

Nuestra capacidad de conocerla, comprenderla y transformarla es extremadamente limitada. Lo que podemos llegar a conocer es en realidad mucho menos de lo que nos rodea, y, en todo caso, lo conocemos de manera parcial, parcializada, presuntiva y provisional. En cambio, lo que desconocemos e ignoramos es prácticamente infinito. Sin embargo, al mismo tiempo, nuestra necesidad de claridad y certeza nos lleva constantemente a olvidar esas limitaciones, a absolutizar y universalizar nuestra percepción de la realidad, a cerrarnos a otras miradas sobre la realidad.

Una teología humilde y valientemente consciente de esas limitaciones y tentaciones de nuestro conocimiento tiene la obligación ética de preguntarse continuamente qué aspectos y novedades de la realidad circundante estamos ignorando, cuáles experiencias y clamores estamos desoyendo, a quiénes estamos olvidando, quiénes son las posibles víctimas de nuestra manera de ver y de transformar las cosas. 

Por eso subrayo la necesidad de una honda humildad ético-epistemológica: reconocer la finitud, la falibilidad, la provisionalidad de nuestro conocimiento, y, por lo tanto, la consecuente obligación en la que nos hallamos de dudar, revisar, cuestionar, repensar y criticar constantemente lo que creemos saber y lo que hacemos con ese saber en nuestras relaciones con el resto de la gente.
O, dicho de otro modo, me refiero a la exigencia de buscar y escuchar, atenta y pacientemente, a quienes vienen de otras experiencias, con otros puntos de vista y apreciaciones de la realidad, especialmente si los vemos como gente sin importancia, absurda o molesta –pues quizá es sólo en ese contraste que lograremos captar las limitaciones, contradicciones fallas, incoherencias y vacíos de nuestro enfoque de la realidad. 

Quizá esa humildad ético-epistemológica haga posible abrazar la pluralidad de religiones, iglesias y teologías no como un defecto, sino como una bendición; no como un escollo a superar, sino como una meta a lograr; no como una consecuencia solamente de una humanidad dividida por egoísmos y opresión, sino, asimismo, como el resultado de la rica variedad, la inagotable creatividad, la infinita imaginación, la multiplicidad de experiencias y la caleidoscópica multidimensionalidad humanas. 

Y quizá a partir del abrazo amoroso de esa diversidad religiosa, eclesial y teológica sea más factible imaginar que de lo que se trata no es quizá de buscar un mundo posible; que quizá buena parte de nuestros males provienen de imperios e ideologías obcecadas en unificar a la fuerza a la pluralidad de historias, culturas, comunidades y maneras de ser humanas; que quizá habría que sumarse a quienes sueñan con una multiplicidad simultánea de mundos posibles, de maneras de ser gente, de modos de organizarse en comunidad, de relacionarse con la divinidad, de vivir eróticamente la sensualidad, de expresar la percepción de la realidad, de comunicarnos con otras personas, de celebrar la experiencia vital, de estructurarse para procrear y cuidar nuevas vidas, de sentir, creer, esperar, amar, crear, pelearse, curarse, reconciliarse y soñar. En todo caso, como buen venezolano cada vez más contento de serlo, prefiero abrazar con incertidumbre el caos festivo y la multiplicidad centrífuga de divinidades, religiones, iglesias y teologías que someterme a la gris certeza de una verdad establecida, una interpretación de una biblia, una creencia en un dios, una religión, una iglesia, una sola teología de la liberación. 

Ojalá y esta opción mía no traiga más víctimas que las opciones a las que, por ahora, prefiero renunciar.

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