“Ver el mundo en blanco y negro nos aleja de la moderación y de la paz interior porque la vida, por donde se mira, está compuesta de matices.

Querer imponer al universo nuestra primitiva mentalidad binaria no deja de ser un acto de arrogancia y estupidez.”

Walter Riso.

domingo, 24 de marzo de 2013

Cantante Roque Valero se pronuncia ante amenazas por declararse a favor de la Revolución!!!




Después de mas de 24 horas leyendo insultos, amenazas para mi y mi familia, calumnias de compañeros artistas y amigos muy cercanos que piensan distinto juzgándome y dudando de mi honor, he decidido escribirles esto.

Jamás he mostrado mis preferencias políticas por que nunca sentí la necesidad de hacerlo públicamente, escuché, leí, toleré y respeté las opiniones de muchos amigos cercanos que si lo hacían. Sin juzgarlos, sin dudar de su reputación, sin etiquetarlos por hacer campañas políticas a favor de tal o cual candidato. Nunca llamé ni le escribí a nadie para preguntar por que lo hacía o si le pagaban por hacerlo. En mis cuentas de redes sociales siempre han estado todos, chavistas, opositores y hasta los que no van por ningún bando. Todos conviviendo de la misma forma siendo libres de opinar, e incluyo con esto hasta dirigentes políticos de ambos bandos.

Yo como Venezolano, también, al igual que ustedes, tengo el mismo derecho a opinar y espero recibir el mismo respeto que doy y he dado siempre. Tengo muchos años de carrera, soy un creador y me encanta serlo. Mi trabajo no va dirigido a ningún color o tendencia política. Mi trabajo es para todo un país no para un solo sector. Y mis opiniones políticas como ciudadano, igual que a  ustedes, me pertenecen.

Los líderes gerencian países pero los países los hace su gente, seamos mas país, seamos mas gente.

Finalmente quiero decirles: cada quien es libre de creer o pensar lo que prefiera, yo solo les aclaro que no recibí ninguna recompensa por parte de nadie, eso que les quede muy claro.

Buena Vibra para todos

Que viva Venezuela!

Monseñor Òscar Romero.



Óscar Arnulfo Romero y Galdámez (Ciudad Barrios, El Salvador, 15 de agosto de 1917  San Salvador, 24 de marzo de 1980) conocido como Monseñor Romero, fue un sacerdote católico salvadoreño y el cuarto arzobispo metropolitano de San Salvador (1977-1980). Se volvió célebre por su predicación en defensa de los derechos humanos y murió asesinado en el ejercicio de su ministerio pastoral.
Como arzobispo, denunció en sus homilías dominicales numerosas violaciones de los derechos humanos y manifestó públicamente su solidaridad hacia las víctimas de la violencia política de su país. Su asesinato provocó la protesta internacional en demanda del respeto a los derechos humanos en El Salvador. Dentro de la Iglesia católica se lo consideró un obispo que defendía la «opción preferencial por los pobres». En una de sus homilías, Monseñor Romero afirmó: «La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la Iglesia encuentra su salvación». (11 de noviembre de 1977).
En 1994, una causa para su canonización fue abierta por su sucesor Arturo Rivera y Damas. A partir de este proceso, Monseñor Romero ha recibido el título de Siervo de Dios. En Latinoamérica muchos se refieren a él como San Romero de América. Fuera de la Iglesia Católica, Romero es honrado por otras denominaciones religiosas de la cristiandad, incluyendo a la Comunión Anglicana la cual lo ha incluido en su santoral. Él es uno de los diez mártires del siglo XX representados en las estatuas de la Abadía de Westminster, en Londres, y fue nominado al Premio Nobel de la Paz en 1979.
Infancia y juventud.
Óscar A. Romero nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, en el departamento de San Miguel (El Salvador). Era el segundo de 8 hermanos, hijos del matrimonio formado por el telegrafista y empleado de correos, Santos Romero y Guadalupe Galdámez. Fue bautizado, el 11 de mayo de 1919, en la iglesia parroquial de su ciudad natal. Desde niño tuvo una salud muy frágil. En la escuela pública donde estudió, destacó en materias humanísticas más que en matemáticas.
Practicó desde su infancia, la oración nocturna y la veneración al Inmaculado Corazón de María.
Carrera Eclesial.
En 1930, a la edad de 13 años, ingresó al seminario menor de la ciudad de San Miguel, que era dirigido por sacerdotes claretianos. Posteriormente, en 1937 ingresó en el Seminario de San José de la Montaña de San Salvador. Ese mismo año, viajó a Roma donde continuó sus estudios de teología en la Pontificia Universidad Gregoriana. Vivió en el colegio Pío latinoamericano (casa que alberga a estudiantes de Latinoamérica), hasta que llegó a ser ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942 a la edad de 24 años. En Roma fue alumno de monseñor Giovanni Batista Montini, (futuro papa Pablo VI).
Regresó a El Salvador en 1943 siendo nombrado párroco de la ciudad de Anamorós en La Unión; después fue enviado a la ciudad de San Miguel donde sirvió como párroco en la Catedral de Nuestra Señora de La Paz y como secretario del Obispo diocesano monseñor Miguel Ángel Machado.
Posteriormente fue nombrado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador en 1968. El 21 de abril de 1970, el papa Pablo VI lo designó Obispo Auxiliar de San Salvador, recibiendo la consagración episcopal el 21 de junio de 1970, de manos del nuncio apostólico Girolamo Prigrione. El 15 de octubre de 1974, fue nombrado obispo de la diócesis de Santiago de María en el departamento de Usulután. Ocupó esa sede durante dos años. El 3 de febrero de 1977, fue nombrado por el Papa Pablo VI como Arzobispo de San Salvador, para suceder a Monseñor Luis Chávez y González.
Muchos sacerdotes y laicos de la Arquidiócesis sintieron extrañeza ante su nombramiento, pues preferían para el cargo a Mons. Arturo Rivera y Damas, obispo auxiliar de Mons. Chávez. Algunos consideraron a Romero como el candidato de los sectores conservadores que deseaban contener a los sectores de la Iglesia arquidiocesana que defendían la “opción preferencial por los pobres” (conocidos como clero medellinista).
Arzobispado.

1977

El 10 de febrero de 1977, en una entrevista que le realizó el periódico La Prensa Gráfica, el arzobispo designado afirmó que:
“El gobierno no debe tomar al sacerdote que se pronuncia por la justicia social como un político o elemento subversivo, cuando éste está cumpliendo su misión en la política de bien común”.
El 20 de febrero, mientras la arquidiócesis se preparaba para la toma de posesión del nuevo arzobispo, el país celebraba elecciones presidenciales. Luego de los comicios, el 26 de febrero, el Consejo Central de Elecciones declaró vencedor al general Carlos Humberto Romero, candidato del Partido de Conciliación Nacional, (en el poder desde 1962). Las fuerzas opositoras denunciaron un fraude electoral de grandes proporciones y convocaron a una concentración popular en la Plaza Libertad de San Salvador. El 28 de febrero, las fuerzas de seguridad gubernamentales disolvieron violentamente esta concentración popular, con un saldo de decenas de muertos y desaparecidos.
Durante la semana anterior a la toma de posesión de Mons. Romero como arzobispo, el gobierno del presidente Arturo Armando Molina arrestó y expulsó del territorio salvadoreño a los sacerdotes Bernard Survill (norteamericano) y Willibrord Denaux (belga), miembros del clero arquidiocesano. Tres semanas antes, a finales de enero, había sido arrestado y expulsado del país el sacerdote colombiano Mario Bernal.
El 22 de febrero, Mons. Romero tomó posesión del cargo de Arzobispo de San Salvador en una ceremonia sencilla celebrada en la capilla del Seminario Mayor de San José de la Montaña, a la que asistieron el nuncio apostólico Mons. Emmanuelle Gerada y los demás obispos de El Salvador. Ese mismo día, el gobierno anunció que varios religiosos que se hallaban fuera del país, entre ellos el español Benigno Fernández S. J. y el nicaragüense Juan Ramón Vega Mantilla, no debían regresar.
El 5 de marzo, durante una asamblea especial de los obispos, se eligió a Mons. Romero como vicepresidente de la Conferencia Episcopal de El Salvador y se preparó un comunicado para denunciar la persecución de la Iglesia en el país.
El 12 de marzo de 1977, el P. Rutilio Grande, S. J., amigo íntimo de Mons. Romero, fue asesinado en la ciudad de Aguilares junto a dos campesinos. Grande llevaba cuatro años al frente de la parroquia de Aguilares, donde había promovido la creación de comunidades cristianas de base y la organización de los campesinos de la zona. El propio presidente de la República informó a Mons. Romero sobre la muerte de Grande, prometiendo una investigación sobre los hechos. El arzobispo reaccionó a este asesinato convocando a una misa única, para mostrar la unidad de su clero. Esta misa se celebró el 20 de marzo en la plaza Barrios de San Salvador, a pesar de la oposición del nuncio apostólico y de otros obispos.

1978-1979

En estas fechas, cambió su predicación y pasó a defender los derechos de los desprotegidos. Monseñor Romero denunció en sus homilías los atropellos contra los derechos de los campesinos, de los obreros, de sus sacerdotes, y de todas las personas que recurrieran a él, en el contexto de violencia y represión militar que vivía el país. En sus homilías posteriores a la muerte de Rutilio Grande, recurrió sin temor a los textos de la Conferencia de Medellín, y pidió una mayor justicia en la sociedad. Durante los tres años siguientes, sus homilías, transmitidas por la radio diocesana YSAX, denunciaban la violencia tanto del gobierno militar como de los grupos armados de izquierda. Señaló especialmente hechos violentos como los asesinatos cometidos por escuadrones de la muerte y la desaparición forzada de personas, cometida por los cuerpos de seguridad. En agosto de 1978, publicó una carta pastoral donde afirmaba el derecho del pueblo a la organización y al reclamo pacífico de sus derechos.
Asesinato.
En octubre de 1979, recibió con cierta esperanza las promesas de la nueva administración de la Junta Revolucionaria de Gobierno, pero con el transcurso de las semanas, volvió a denunciar nuevos hechos de represión realizados por los cuerpos de seguridad.
Un día antes de su muerte, hizo un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño:
“Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles... Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”.
-Óscar Romero
El día lunes 24 de marzo de 1980 fue asesinado cuando oficiaba una misa en la capilla del hospital de La Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador. Un disparo hecho por un francotirador impactó en su corazón, momentos antes de la Sagrada Consagración. Al ser asesinado, tenía 62 años de edad. Sus restos mortales descansan en la cripta de la Catedral Metropolitana de San Salvador. En 1993 la Comisión de la Verdad, organismo creado por los Acuerdos de Paz de Chapultepec para investigar los crímenes más graves cometidos en la guerra civil salvadoreña, concluyó que el asesinato de Monseñor Óscar Romero había sido ejecutado por un escuadrón de la muerte formado por civiles y militares de ultraderecha y dirigidos por el mayor Roberto d'Aubuisson, (fundador del Partido ARENA) y el capitán Álvaro Saravia, el cual, años más tarde confesó en una entrevista periodística su participación junto con importantes miembros empresariales del país, señalando a Mario Ernesto Molina Contreras, hijo del ex-presidente Arturo Armando Molina y a Roberto d'Aubuisson entre otros. D'Aubuisson, que murió en 1992 como consecuencia de un cáncer, siempre rechazó su vinculación al hecho.
En 2004, una corte de los Estados Unidos declaró civilmente responsable del crimen al capitán Saravia, único de los involucrados aún con vida. El 6 de noviembre de 2009, el Gobierno salvadoreño presidido por Carlos Mauricio Funes Cartagena decidió investigar el asesinato de Romero para acatar un mandato de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos del año 2000.
El 12 de mayo de 1994 la Arquidiócesis de San Salvador pidió permiso a la Santa Sede para iniciar el proceso de canonización. El proceso diocesano concluyó en 1995 y el expediente fue enviado a la Congregación para la Causa de los Santos, en la Ciudad del Vaticano, quien en 2000 se lo transfirió a la Congregación para la Doctrina de la Fe (en ese entonces dirigida por el cardenal alemán Joseph Ratzinger, posteriormente Papa Benedicto XVI) para que analizara concienzudamente los escritos y homilías de monseñor Romero. Una vez terminado dicho análisis, en 2005 el postulador de la causa de canonización, monseñor Vicenzo Paglia, informó a los medios de comunicación de las conclusiones del estudio: “Romero no era un obispo revolucionario, sino un hombre de la Iglesia, del Evangelio y de los pobres”. El proceso seguirá nuevos trámites, que si son superados, podrían acercar la fecha en que Óscar Arnulfo Romero sea elevado a los altares como el primer santo y mártir de El Salvador.

sábado, 23 de marzo de 2013

Barebacking, una nueva conducta urbana.


La función de cualquier movimiento reivindicativo u organización que estén basados en la constatación de un déficit, es la de desaparecer una vez se hayan conseguido sus objetivos y superados los déficits.
Por eso la función de las Comisiones Antisida sería, y es lo deseable, que desaparecieran; que dejaran de existir cuando toda la población conociera los mecanismos de transmisión del VIH y supiera cómo evitarla.
Pensando en mi edad, y en el tipo de trabajos precarios al que nos vemos abocados, un técnico en prevención como yo tiene que estar indudablemente a favor del uso y difusión del barebacking, si quiere seguir trabajando en algo que es interesante y está medianamente bien pagado.
Yo ya contaba que, gracias al barebacking del que no se habla -ese que practican tantos y tantos de los heterosexuales- iba a tener trabajo para rato, pero como resulta que además de trabajar en prevención soy maricón, pues, y ripios fáciles aparte, mi campo de actuación son los HsH, hombres que se relacionan sexualmente con otros hombres, que son, según las últimas noticias -que algunos consideran alarmistas-, los que se han apuntado a la “nueva” moda del barebacking. Estas noticias las veo como una promesa para mi jubilación, para mí son solo líneas y líneas ocupando hojas en mi vida laboral.
Desde mediados de los noventa, con la aparición de los retrovirales, ya había notado un cierto relajo en la discriminación y represión de las prácticas y la visibilidad homosexuales. La homofobia, que siempre está al acecho, creó los grupos de riesgo para poder volver a conducir a los gays al redil de la perdición y el pecado, esta vez con castigo divino en la tierra; pero los gays reaccionaron, hablaron de prácticas y no de sexualidades u orientaciones, exigieron la prevención y la información como armas para evitar la expansión, obligaron a autoridades y laboratorios a investigar los medicamentos que ralentizaban la replicación del virus, y aún así, seguíamos en el ojo del huracán por no negarnos a practicar sexo, un sexo al que de una forma optimista empezamos a llamar más seguro.
Logramos que hasta desde sectores no muy reaccionarios fuéramos considerados como una de las partes más activas en la lucha contra la pandemia del SIDA, tanto que hemos sido premiados con políticas igualitarias que nos han llevado hasta, fíjense, el matrimonio.
Pero el nuevo siglo ha vuelto a poner las cosas en su sitio y todo gracias albarebacking, que por si alguien no lo sabe consiste en hacer sexo sin protección, física o mental, alguna.
Gracias, insisto, al barebacking las personas que trabajamos como técnic@s de prevención tenemos nuestro puesto de trabajo asegurado. No podemos, pues, más que congratularnos por el aumento que dicen tiene este tipo de prácticas. Basta visitar cualquier página web o club para darse cuenta de que con esa ingenuidad o ignorancia -más propia de los discursos blandos y lánguidos de los amores heterosexuales que caracterizan los perfiles de los participantes-, las transmisiones seguirán aumentando más y más. Me refiero a esas tonterías de buscar y darse el “regalo” (cuando muchos podrían poner una tienda de complementos), que por un lado recuerdan a los embarazos que se producen en las relaciones de los héteros, por esa triste cuestión de dejar frutos visibles y no deseados tras el sexo; y por otro, a esa ingente literatura que desde el romanticismo ha tratado de unir la pasión y el sexo con la muerte; triste lectura del Eros y Tánatos.
En conclusión, que a lo que estamos asistiendo no es más que a un torpe remedo de los modelos sexuales heterocentrados, verdadero núcleo duro del barebacking, y es que, por mucho que nos pese a cuatro mariquitas progres, el empeño de muchos maricones ha sido el de llegar a ser una mala copia de lo que es un heterosexual.
Pero el barebacking no solo servirá para crear puestos de trabajo en salud pública, habrá otros muchos campos laborales que saldrán altamente favorecidos con la expansión de estas prácticas. Un abogado conocido, ya está preparando las denuncias que se interpondrán por los contagios producidos, a los compañeros sexuales, a los dueños de clubes y locales.
Denuncias que irán creando jurisprudencia y aumentando el monto de las compensaciones. Las compañías de seguros podrán ver cómo crecen sus beneficios, gracias a las primas elevadas a las que someterán a sus asegurados para que luego puedan tener algún tipo de tratamiento, porque después del tabaco, habrá muchas enfermedades que no entrarán en los servicios sanitarios públicos, ya que éstos no aguantarán sus déficits económicos y alegarán que cierto tipo de prácticas riesgosas para la salud serán, única y exclusivamente, opciones personales y como tal no tendrán cobertura.
Otro de los sectores que saldrá altamente beneficiados será, cómo no, el de los laboratorios farmacéuticos, ante la aparición de nuevas cepas gracias a las reinfecciones y resistencias del virus, porque muchos buscadores del “regalo”, en su ingenuidad, ignorantes de su condición serológica llegarán al conocimiento con cuatro o cinco enfermedades en este caso no tan oportunistas, y con una carga viral de millones de copias de una cepa hiperresistente; pero esto debe ser muy atractivo para los practicantes del barebacking.
Me imagino su excitación al saber que ya han agotado todos los tratamientos, esperando desesperadamente el descubrimiento de un nuevo antirretroviral que les haga sobrevivir, viéndose postrados en la cama con aftas en la boca que les producen tremendos dolores solo por tragar líquido, flotando en la mierda que sus diarreas, imposibles de controlar, les producen día y noche, con la mitad del peso que deberían tener, y observando los cambios de color de su piel, violáceos, verdes, negros, que les producirá el sarcoma. Realmente excitante y seductor.
Espero que el barebacking no se quede en los principios en que se encuentra y vaya a más, porque el VIH es solo una de tantas infecciones de transmisión sexual y habría que lograr que se expandieran todas. A mí se me ocurre que se podrían hacer fiestas temáticas del estilo de “Fiesta del chancro purulento, métete la Sifilis dentro”, “Noche sexual, todos a por el Herpes genital”, “Fiesta del hortelano, métete un Condiloma como una coliflor por el ano”, “Uretritis night, saborea la secreción mucopurulenta”, “Encuentros en la tercera fase (de la sífilis)”, ¡locura total!
*Ale K es licenciado en Psicología y Abogado (UBA), psicoanalista y coordinador de grupos de reflexión. Trabaja con pacientes HIV, con parejas y varones gays. Es comunicador radial distinguido por divulgar la cultura LGBTI.

Lesbianas, gays y otras personas "diferentes".



Toda realidad es, probablemente, muy diferente y mucho más compleja de lo que quisiéramos que fuera, de lo que creemos que es, y de lo que pensamos que debería ser. Creo que es bueno reflexionar sobre esto a menudo.

A cualquier persona o comunidad humana le cuesta, sin duda, ver la diversidad, complejidad, cambios y conflictos de la propia realidad. Más difícil aún nos resulta expresar y analizar críticamente esa complejidad.

Todavía más si uno se halla enfrentado en desventaja a los poderes establecidos.

¿Por qué sorprendernos entonces de que nos cueste tanto trabajo ver, reconocer, expresar y analizar críticamente las incoherencias, flaquezas, diversidad, desacuerdos y conflictos presentes en nosotros/as mismos/as y entre la gente oprimida con la cual de alguna manera trabajamos y nos identificamos?

Es más cómodo concentrar nuestra atención en las lacras de los poderosos que complicarnos nuestras vidas notando las pequeñas y grandes complejidades nuestras y de la gente más vulnerable con la que trabajamos. 

Los oprimidos, los pobres, como humanos que son, son mucho más diversos, creativos e impredecibles de lo que suponen nuestras instituciones, teorías, dirigentes o proyectos de cambio (económicos, religiosos, militares, legales, políticos o culturales).

Por ello, en parte, el fracaso de muchos intentos de cambio: por descuidar esa diversidad, creatividad y variabilidad, en lugar de asumirlas como reto esperanzador. Y por ello quizá deberíamos estimular, entre otras cosas, una variedad, creatividad y flexibilidad teológicas más atrevidas y arriesgadas que aquellas a la que nos hemos atrevido hasta el presente.

Pero, por otro lado, los oprimidos/as (no menos que nosotros/as sus aliados/as), también son, como buenos humanos, mucho más vulnerables a la dominación que lo que usualmente reconocen nuestras teologías (y otras teorías) de la liberación. Así, violencia doméstica, explotación y abuso de los débiles, consumismo, individualismo, materialismo, machismo, homofobia, descuido del medio ambiente, racismo, discriminación e intolerancia hallan practicantes y defensores también entre menesterosos y progresistas, y no sólo entre ricos y conservadores.

Desconocer tales incongruencias y debilidades, de nuevo, es tan pernicioso como despreciar la creatividad, diversidad y versatilidad de la gente oprimida tal y como es en su vida cotidiana.

Tengo la impresión de que en la TDLL(Teología de la Liberación) hemos tendido a menudo a descuidar, desconocer y disimular –con generalidades y simplificaciones– la profunda pluralidad y complejidad de nuestra gente oprimida, así como los enormes contrastes y conflictos (psicológicos, sociales, económicos, emocionales, laborales, raciales, culturales, lingüísticos, educacionales, políticos, religiosos, amorosos, sexuales, de autoridad, etc.) presentes en las familias, comunidades, movimientos, organizaciones, iniciativas y acciones de nuestra gente oprimida.

Esto es comprensible por varias razones. Primero, para enfrentar con esperanzas de éxito la lucha contra la opresión, parece más útil y urgente el consenso que la autocrítica. Al concentrar la mirada crítica en la propia comunidad corremos riesgo de rechazo, exclusión, divisiones debilitantes, más problemas y nuevas derrotas. Y, después de todo, si ya es bien complicado y fatigoso analizar a los poderosos y las relaciones de opresión de las cuales ellos derivan su poder, ¿para qué exponer más el escaso tiempo, la energía y los riesgos a la mano en una tarea tan impredecible y peligrosa como ésta?

Lo triste, me parece, es que en la mayor parte de Latinoamérica estamos hoy más lejos que en los setenta de una sociedad justa y en paz. En parte, esto se debe al talento, los recursos y la perversidad de las élites, sin duda. Pero, también, creo que hay motivos para pensar que eso es así por la colaboración a la dominación prestada tanto por los oprimidos como por muchos de sus aliados: colaboración a menudo más inconsciente que consciente, quizá; más por confusión y miedo que por ventajas egoístas, probablemente; más por omisión que por comisión.
Cooperación que prestamos, pues, sin querer, sin saberlo, pero quizá también a menudo sin querer saberlo: complicidad involuntaria que obstaculiza el alcanzar una vida más digna de ser vivida para un creciente número de personas y comunidades de nuestros tiempos y lugares.

Sugeriría que un reto que emerge hoy para los próximos años es el de reconocer, investigar y reflexionar críticamente, entre otras cosas, la enorme y dinámica complejidad y riqueza de la vida real, cotidiana, tanto de la gente a la cual decimos querer servir, como la de quienes decimos querer servirles. 

Toda realidad es, probablemente, muy diferente y mucho más compleja de lo que quisiéramos que fuera, de lo que creemos que es, y de lo que pensamos que debería ser. Creo que es bueno reflexionar sobre esto a menudo. A cualquier persona o comunidad humana le cuesta, sin duda, ver la diversidad, complejidad, cambios y conflictos de la propia realidad. Más difícil aún nos resulta expresar y analizar críticamente esa complejidad. Todavía más si uno se halla enfrentado en desventaja a los poderes establecidos. ¿Por qué sorprendernos entonces de que nos cueste tanto trabajo ver, reconocer, expresar y analizar críticamente las incoherencias, flaquezas, diversidad, desacuerdos y conflictos presentes en nosotros/as mismos/as y entre la gente oprimida con la cual de alguna manera trabajamos y nos identificamos?
Es más cómodo concentrar nuestra atención en las lacras de los poderosos que complicarnos nuestras vidas notando las pequeñas y grandes complejidades nuestras y de la gente más vulnerable con la que trabajamos. 

Los oprimidos, los pobres, como humanos que son, son mucho más diversos, creativos e impredecibles de lo que suponen nuestras instituciones, teorías, dirigentes o proyectos de cambio (económicos, religiosos, militares, legales, políticos o culturales). Por ello, en parte, el fracaso de muchos intentos de cambio: por descuidar esa diversidad, creatividad y variabilidad, en lugar de asumirlas como reto esperanzador. Y por ello quizá deberíamos estimular, entre otras cosas, una variedad, creatividad y flexibilidad teológicas más atrevidas y arriesgadas que aquellas a la que nos hemos atrevido hasta el presente.

Pero, por otro lado, los oprimidos (no menos que nosotros/as sus aliados/as), también son, como buenos humanos, mucho más vulnerables a la dominación que lo que usualmente reconocen nuestras teologías (y otras teorías) de la liberación. Así, violencia doméstica, explotación y abuso de los débiles, consumismo, individualismo, materialismo, machismo, homofobia, descuido del medio ambiente, racismo, discriminación e intolerancia hallan practicantes y defensores también entre menesterosos y progresistas, y no sólo entre ricos y conservadores.

Desconocer tales incongruencias y debilidades, de nuevo, es tan pernicioso como despreciar la creatividad, diversidad y versatilidad de la gente oprimida tal y como es en su vida cotidiana.

Tengo la impresión de que en la TDLL hemos tendido a menudo a descuidar, desconocer y disimular –con generalidades y simplificaciones– la profunda pluralidad y complejidad de nuestra gente oprimida, así como los enormes contrastes y conflictos (psicológicos, sociales, económicos, emocionales, laborales, raciales, culturales, lingüísticos, educacionales, políticos, religiosos, amorosos, sexuales, de autoridad, etc.) presentes en las familias, comunidades, movimientos, organizaciones, iniciativas y acciones de nuestra gente oprimida.

Esto es comprensible por varias razones. Primero, para enfrentar con esperanzas de éxito la lucha contra la opresión, parece más útil y urgente el consenso que la autocrítica. Al concentrar la mirada crítica en la propia comunidad corremos riesgo de rechazo, exclusión, divisiones debilitantes, más problemas y nuevas derrotas. Y, después de todo, si ya es bien complicado y fatigoso analizar a los poderosos y las relaciones de opresión de las cuales ellos derivan su poder, ¿para qué exponer más el escaso tiempo, la energía y los riesgos a la mano en una tarea tan impredecible y peligrosa como ésta?

Lo triste, me parece, es que en la mayor parte de Latinoamérica estamos hoy más lejos que en los setenta de una sociedad justa y en paz. En parte, esto se debe al talento, los recursos y la perversidad de las élites, sin duda. Pero, también, creo que hay motivos para pensar que eso es así por la colaboración a la dominación prestada tanto por los oprimidos como por muchos de sus aliados: colaboración a menudo más inconsciente que consciente, quizá; más por confusión y miedo que por ventajas egoístas, probablemente; más por omisión que por comisión.
Cooperación que prestamos, pues, sin querer, sin saberlo, pero quizá también a menudo sin querer saberlo: complicidad involuntaria que obstaculiza el alcanzar una vida más digna de ser vivida para un creciente número de personas y comunidades de nuestros tiempos y lugares.

Sugeriría que un reto que emerge hoy para los próximos años es el de reconocer, investigar y reflexionar críticamente, entre otras cosas, la enorme y dinámica complejidad y riqueza de la vida real, cotidiana, tanto de la gente a la cual decimos querer servir, como la de quienes decimos querer servirles.

Todo grupo subalterno, subordinado, sometido a dominación, se ve casi ineludiblemente obligado –aun en su rebelión y resistencia contra la opresión– a repetir e imitar mucho de la visión dominante. Es la “internalización del opresor” por los oprimidos de la que hablaba, entre otros, Paulo Freire.

Una manera de los rebeldes probarse a sí mismos y a los demás que son más decentes, morales y dignos que los dominantes es siendo “más papistas que el Papa” en ciertos aspectos definidos como cruciales por los propios criterios dominantes. Así, hallamos a menudo en sindicalistas y revolucionarios, junto a una crítica radical de los poderosos en aspectos económicos y políticos, un machismo, un autoritarismo y/o un racismo tan fuerte como en las élites más reaccionarias.

Élites coloniales y criollas acostumbran estereotipar a los oprimidos –no sólo para debilitarlos desautorizándolos, sino también para mostrarse a sí mismas como superiores, moralmente obligadas a imponerse sobre los oprimidos–presentando a los pobres como primitivos o animales, incapaces de controlar sus apetitos sexuales: como prostitutas, homosexuales, polígamos, licenciosos, corrompidos, inmorales y obscenos. O, también, como “poco hombres”.

Quizá por eso, quienes se rebelan contra la opresión económica, política y cultural tienden muchas veces a ser tanto o más rigurosos que los propios opresores, precisamente en ese aspecto de las relaciones sexuales y de género. Para probar que los prejuicios contra los oprimidos son falsos, y para demostrar tanta o mayor autoridad moral que las clases dominantes, se adoptan entonces, exacerbados, los criterios dominantes de moralidad y decencia, reduciendo, por ejemplo, la moralidad, a la observancia estricta de ciertos patrones tradicionalmente dominantes en materia de relaciones sexuales, de identidad sexual y de identidad de género. 

Tal tendencia se observa en muchos movimientos laborales, socialistas, nacionalistas, sindicales y/o revolucionarios a lo largo y ancho de la historia humana. 

La misma tendencia se reduplica a veces incluso en movimientos liberadores surgidos dentro de tradiciones religiosas que por siglos han reducido las obligaciones sagradas a códigos de pureza corporal, sexual y/o étnica, olvidando un hecho crucial: que reducir la moralidad a la dimensión sexual es, precisamente, despojar al resto de la vida humana de una dimensión ética; es dejar la industria, el comercio, la banca, la política, la educación, la ciencia, las leyes y la represión gubernamental fuera del debate ético, como terrenos moralmente neutros en manos de “expertos” que ya tienen el control de esos mismos terrenos. Y, al mismo tiempo, es dejar la sexualidad dentro de una camisa de fuerza patriarcal, autoritaria y misógina. 

Hoy en día el nuevo chivo expiatorio de la moral dominante son gays y lesbianas. El gobierno del país más poderoso del planeta tiene la prohibición de matrimonios entre personas del mismo sexo como uno de sus temas centrales. El papado coincide con esa obsesión en varios de sus documentos públicos recientes. Varias iglesias están a punto de dividirse alrededor de la discusión del mismo asunto, y muchas convierten la posición que la persona tenga ante la homosexualidad en el criterio central para decidir si alguien es buen cristiano o no –pese a que Jesús y los evangelios guardan absoluto silencio sobre el tema.

¿Y las teologías de la liberación, qué dicen al respecto? Con excepción de las teologías feministas, poquísimas son las que se atreven a encarar el asunto, a tomar la defensa de lesbianas y gays, y a criticar sistemáticamente la homofobia de nuestras élites e iglesias. Y menos aún las que se atreven a citar positivamente al creciente número de obras y autores/as en teología de la liberación lesbiana, gay, bisexual y transexual (LGBT).

Una teología valientemente liberadora tiene que tomar en serio, de una buena vez por todas, la defensa de la vida integral de nuestras hermanas lesbianas, gays, bisexuales y transexuales; entrar en diálogo abierto, sensible, respetuoso y continuo con las teologías de la liberación LGBT; desarrollar un análisis crítico (histórico, sociológico, antropológico, sicológico, bíblico y teológico) de la homofobia, el heterosexismo y la erotofobia dominantes en nuestras iglesias; y proponer una ética abierta en pro de la vida abundante, amorosa y placentera para la más grande diversidad posible de maneras humanas de vivir la vida en comunidad armoniosa. Las teologías de la liberación no pueden continuar silenciando el clamor de nuestros/as hermanos/as LGBT por una vida digna de ser vivida.

He tratado en estas líneas de echar una ojeada crítica a la trayectoria de la TDLL, evaluando algunos aspectos en los que nuestra limitada experiencia y nuestro particular punto de vista (de quienes hemos participado en la primera generación de la teología latinoamericana de la liberación) nos ha llevado a descuidar, olvidar y silenciar otras opresiones y otros oprimidos que los que están en el centro nuestra propia reflexión teológica hasta ahora. Quiero cerrar estas reflexiones subrayando una idea que de alguna manera está presente a través de todo lo dicho. La realidad de la que somos parte es infinitamente rica, compleja y cambiante. 

Nuestra capacidad de conocerla, comprenderla y transformarla es extremadamente limitada. Lo que podemos llegar a conocer es en realidad mucho menos de lo que nos rodea, y, en todo caso, lo conocemos de manera parcial, parcializada, presuntiva y provisional. En cambio, lo que desconocemos e ignoramos es prácticamente infinito. Sin embargo, al mismo tiempo, nuestra necesidad de claridad y certeza nos lleva constantemente a olvidar esas limitaciones, a absolutizar y universalizar nuestra percepción de la realidad, a cerrarnos a otras miradas sobre la realidad.

Una teología humilde y valientemente consciente de esas limitaciones y tentaciones de nuestro conocimiento tiene la obligación ética de preguntarse continuamente qué aspectos y novedades de la realidad circundante estamos ignorando, cuáles experiencias y clamores estamos desoyendo, a quiénes estamos olvidando, quiénes son las posibles víctimas de nuestra manera de ver y de transformar las cosas. 

Por eso subrayo la necesidad de una honda humildad ético-epistemológica: reconocer la finitud, la falibilidad, la provisionalidad de nuestro conocimiento, y, por lo tanto, la consecuente obligación en la que nos hallamos de dudar, revisar, cuestionar, repensar y criticar constantemente lo que creemos saber y lo que hacemos con ese saber en nuestras relaciones con el resto de la gente.
O, dicho de otro modo, me refiero a la exigencia de buscar y escuchar, atenta y pacientemente, a quienes vienen de otras experiencias, con otros puntos de vista y apreciaciones de la realidad, especialmente si los vemos como gente sin importancia, absurda o molesta –pues quizá es sólo en ese contraste que lograremos captar las limitaciones, contradicciones fallas, incoherencias y vacíos de nuestro enfoque de la realidad. 

Quizá esa humildad ético-epistemológica haga posible abrazar la pluralidad de religiones, iglesias y teologías no como un defecto, sino como una bendición; no como un escollo a superar, sino como una meta a lograr; no como una consecuencia solamente de una humanidad dividida por egoísmos y opresión, sino, asimismo, como el resultado de la rica variedad, la inagotable creatividad, la infinita imaginación, la multiplicidad de experiencias y la caleidoscópica multidimensionalidad humanas. 

Y quizá a partir del abrazo amoroso de esa diversidad religiosa, eclesial y teológica sea más factible imaginar que de lo que se trata no es quizá de buscar un mundo posible; que quizá buena parte de nuestros males provienen de imperios e ideologías obcecadas en unificar a la fuerza a la pluralidad de historias, culturas, comunidades y maneras de ser humanas; que quizá habría que sumarse a quienes sueñan con una multiplicidad simultánea de mundos posibles, de maneras de ser gente, de modos de organizarse en comunidad, de relacionarse con la divinidad, de vivir eróticamente la sensualidad, de expresar la percepción de la realidad, de comunicarnos con otras personas, de celebrar la experiencia vital, de estructurarse para procrear y cuidar nuevas vidas, de sentir, creer, esperar, amar, crear, pelearse, curarse, reconciliarse y soñar. En todo caso, como buen venezolano cada vez más contento de serlo, prefiero abrazar con incertidumbre el caos festivo y la multiplicidad centrífuga de divinidades, religiones, iglesias y teologías que someterme a la gris certeza de una verdad establecida, una interpretación de una biblia, una creencia en un dios, una religión, una iglesia, una sola teología de la liberación. 

Ojalá y esta opción mía no traiga más víctimas que las opciones a las que, por ahora, prefiero renunciar.

Religión, Homosexualidad y Activismo

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