El Conocimiento junto a la educación son importantes, la ignorancia da pie a que personas Lesbianas,Gays,Bisexuales,Trans e Intersex seamos Discriminad@s por desconocer temas inherentes a nuestra realidad. Mi pequeña contribución es dar un aporte educativo concienciando a las personas Sexo Diversas y a la sociedad en la que nos desenvolvemos, para romper de una vez por todas con la discriminación , el estigma y la homofobia que existe en torno a estos temas.
“Ver el mundo en blanco y negro nos aleja de la moderación y de la paz interior porque la vida, por donde se mira, está compuesta de matices.
Querer imponer al universo nuestra primitiva mentalidad binaria no deja de ser un acto de arrogancia y estupidez.”
Walter Riso.
sábado, 28 de junio de 2014
viernes, 27 de junio de 2014
Las siete virtudes del bushido japonés
Corría el año 1702 cuando un grupo de 47 valerosos guerreros se vieron obligados a convertirse en ronin. A partir de ese momento y en plena era Edo, la sociedad japonesa los vería como meros desechos humanos ya que los samuráis por aquel entonces apenas tenían una función social ¿Y cuál fue la razón de esta deshonrosa situación? Pues porque el señor al que pertenecían no tuvo más remedio que suicidarse mediante seppuku debido a que había agredido a Kira Kozukenosuke, un alto funcionario del gobierno nipón.
Con la muerte de su amo, estos samuráis ya carecían de una meta en su vida, y por ello decidieron vengar a su daimyo. Cuando finalmente lo consiguieron, estos guerreros se entregaron voluntariamente a la justicia japonesa y después del juicio fueron sentenciados a cometer seppuku al igual que su señor.
Siglos más tarde, esta bonita historia sigue siendo muy famosa en el país del sol naciente ya que ensalza los valores de la justicia, valor, honor y lealtad dando así al código del Bushido, que se resume en siete virtudes. No estaría de más que nosotros aplicásemos alguna de ellas en nuestras vidas.
1. Gi - justicia (decisiones correctas)
Un samurai cree en la justicia ciega. Hará lo posible para que se convierta en realidad y luchará siempre para que esta se cumpla. Aquí no existen “medias tintas”. Para un samurai solo existe lo correcto e incorrecto y peleará con cualquier medio a su alcance para conseguir lo primero hasta el fin de sus días.
2. Yuuki - Coraje
Lo más deshonroso para un samurai es meterse en “un caparazón de tortuga” y no actuar. Por ello es muy importante sacar el coraje cuando la situación lo requiera y mover a las masas en post de una causa justa. Aunque eso suponga poner en riesgo su vida.
3. Jin – Benevolencia
El samurai es un guerrero hábil, fuerte y rápido al contrario que los demás hombres de a pie. Por esta razón, este siempre tiene que usar su fuerza para proteger a los más débiles. Sino surge la situación, pues hay que buscarla para poder ayudar a los demás en la medida de lo posible.
4. Rei - Respeto, Cortesía
La crueldad y la irrespetuosidad son los mayores enemigos de cualquier buen samurai que se precie. Incluso en la batalla, el samurai tiene que ser respetuoso y bondadoso con sus contrincantes. De lo contrario solo está mostrando su lado más fiero y asesino, y eso le convierte en un mero animal, en una bestia que solo se rige por sus instintos.
5. Makoto - Honestidad, Sinceridad absoluta
La palabra de un samurai tiene más valor que cualquiera de las piedras más preciosas del mundo. Cuando este dice que va a hacer algo, es que ya está hecho. No dice: “de acuerdo, te promete que lo haré”. ¿La razón? Pues porque decir y hacer son dos palabras sinónimas para un samurai.
6. Meiyo - Honor
Sin duda una de las virtudes más relevantes que existen dentro del código del Bushido. Las acciones y no las palabras son las que los definen a los buenos samuráis. Si por la razón que fuese y por mínima que sea, han realizado un acto deshonorable, solo pueden restaurarlo mediante seppuku.
7. Chuugi – Lealtad
Un samurai es plenamente fiel con cualquiera de los que le sigan. Da igual que sea su amo o un sirviente a su cargo. Si les ha prometido (o hecho) que les cuidará y honrará, tiene que cumplir con su palabra con todas sus consecuencias. De lo contrario se convertirán en un mentiroso, deshonroso y poco fiable.
Fuente: http://lamenteesmaravillosa.com/
Cuando el alma necesita llorar.
Me encantan esas noticias que te hablan sobre viejas creencias existentes que se van desmoronando con el tiempo.
El otro día leía que los científicos ya no consideran que los presentimientos sean sólo una leyenda popular que se pierde en la noche de los tiempos, hoy debes ponerle atención a tus presentimientos; los estudios muestran que somos capaces de adelantarnos a algo que ocurrirá, en un lapso de menos de cinco seguros, no ocurre siempre, pero ocurre.
¿No es interesante? Claro que sí. Pero hoy me he enterado de algo que vendrá bien para aquellos que se niegan a externalizar sus emociones, los que siempre piensan en la compostura. Siempre he dicho que si tenemos la facultad de reír y llorar ¿por qué privarnos de ello? Yo suelo reír con total desenfado, si he de reír una broma o un evento feliz lo disfruto al máximo, y si he de llorar, lloro con total libertad, no quiero guardarme en el corazón lágrimas que me hagan sentir frustrada o herida por mucho tiempo. Mejor las dejo correr y que las lleve el viento, suena poético, lo sé. De todas maneras estudios recientes afirman que llorar le hace bien al alma.
Esto no es nada nuevo, ya que seguro que tú lo has sentido por ti mismo, cuando agobiados por los problemas un día nos dejamos llevar por las lágrimas, cuando hemos perdido alguien que nos era importante, las lejanías, las cercanías que duelen, las frustraciones, las pequeñas victorias y las grandes derrotas, que hemos llorado, claro que sí… Pero no es lo que debemos hacer según los que piensan insisto, que debemos ser siempre controlados, que las lágrimas son una debilidad…
No pensemos tampoco en aficionarnos al llanto, la vida requiere también de entereza, pero cuando queremos llorar porque nos sentimos derrotados, por qué no dejar que esas lágrimas nos liberen del sentimiento, por qué negarle a la felicidad, unas lágrimas que siempre emanan fácilmente y que luego parecen extinguirse sin más… Dicen que después de la tormenta viene la calma, llorar es saludable por cuanto nos libera de la frustración y el estrés, que lo dicen los expertos, y después de llorar seguro nos sentiremos mejor… Aunque las cosas no cambien por una lágrima, siempre podemos y en eso estarán de acuerdo conmigo, retomar con más calma, el empeño de la vida… Llora que es sano, y llora porque eso alivia el alma. “Emociones expresadas, emociones superadas”.
Fuente: http://lamenteesmaravillosa.com/
lunes, 23 de junio de 2014
“Pero la Biblia dice…”: Una lectura católica de Romanos 1 sobre la Homosexualidad.
Mi charla de hoy tiene un título algo raro. Una de las razones por las
que suena raro es porque considero que serían pocos los católicos que tal vez
interrumpiesen un debate teológico con la frase: “Pero, la Biblia dice…” tal o
cual cosa. Y esto se debería no tanto al famoso estereotipo acerca de la
ignorancia católica de las Escrituras, cuanto al hecho de que en una discusión
católica, es poco probable que un recurso a la autoridad tomara la forma de una
apelación a la Biblia. Es mas probable que tal recurso revistiera la forma de:
“Pero el Santo Padre dice que…” o: “Pero está en el Catecismo…”. De modo que,
¿por qué ofrecer a la gente una lectura católica de Romanos 1?
Son dos razones, en verdad, las que me llevaron a elaborar y ofrecer
esta aportación. En primera instancia, he de decirles que fui educado como
protestante evangélico, y este texto, Romanos 1, fue realmente un texto de
terror para mí, un texto de alguna manera relacionado con una profunda
aniquilación emocional y espiritual. Algo que provocaba en mí una parálisis. De
modo que, en la medida en que me encuentro cada vez más libre de aquel terror,
me parece justo tratar de ofrecer un mapa de carretera a otros que, sea la que
fuere su afiliación eclesial, tal vez sufran de las mismas trabas de conciencia
que parece imponer cierta lectura tradicional de este texto. Pero hay una
segunda razón, a mi juicio, no menos importante. Debido a los argumentos que
han surgido a causa de unos nombramientos episcopales en la Iglesia Anglicana,
en ambos lados del océano Atlántico, se ha generado una cantidad de escritos en
la prensa en los que se ha repetido ad nauseam la frase “La
Biblia tiene muy claro que…” esta u otra cosa. Es más, se nos dice, una y otra
vez, que aquellos que piensan que a la gente gay se le debe permitir que se
case, o bien que el ser gay no debiera ser obstáculo para la consagración
episcopal, están repudiando de alguna manera un mandamiento sagrado, evidente y
escrito. La noción de que “La Biblia lo tiene muy claro”, ha sido divulgada
casi sin contestación por parte de los medios, que han encontrado más fácil
presentar el asunto como una discusión entre conservadores que toman la Biblia
en serio – y por eso son contrarios a la gente gay – y gente liberal que no la
toma tan en serio – y por eso no es tan contraria a la gente gay.
Pues bien, lo que aquí se está haciendo objeto de parodia es la Biblia.
De hecho, me parece que si algo se puede decir al respecto es que si se
presentaran las cosas exactamente al revés, uno se aproximaría más a la verdad.
Se precisa de una lectura muy moderna y liberal de la Biblia para hacer de ella
un arma contra la gente gay. Y los que se niegan a hacerlo son, a menudo, muy
tradicionales en sus hábitos de lectura bíblica. Sin embargo, semejante
aseveración suena tan contraria a lo que se intuiría en nuestro mundo, que me
gustaría tomar un poco de tiempo para mostrar que existe, por lo menos, una
forma que es a la vez católica y perfectamente respetable de leer este texto, y
que nos permite entenderlo bajo una luz bastante diferente.
Antes de una primera lectura del texto, me gustaría hacer dos
observaciones de entrada. Si alguno de nosotros se confronta con el siguiente
pasaje de Romanos 1, le parecerá que tiene un significado evidente:
Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes; porque sus
mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza;
(Romanos 1, 26)
Una rápida encuesta en cualquier país de habla española hoy en día
probablemente estaría de acuerdo con la siguiente afirmación: “Esto se refiere
evidentemente al lesbianismo. Es el sentido obvio de las palabras. Negar que
esto se refiera al lesbianismo es el tipo de actitud que se esperaría de un
exegeta bíblico con más inteligencia que sentido y que esgrimiera una fuerte
espada ideológica.” Pues bien, lo único que me gustaría señalar a estas
alturas, es que existen varios comentarios sobre estas palabras, fechados en el
lapso que va de la composición del texto de Romanos 1 a la predicación de san
Juan Crisóstomo, a fines del siglo IV. En ninguno de estos comentarios se
imagina siquiera que el pasaje que les cité haga referencia al lesbianismo.
Tanto san Agustín como Clemente de Alejandría lo interpretan sin más como
referencia a mujeres que tienen relaciones anales con personas del sexo
opuesto. Crisóstomo es el primer Padre de la Iglesia de quien tenemos
constancia que haya leído este pasaje refiriéndose al lesbianismo.
Mi primera observación, entonces, es ésta: sin entrar siquiera en la
cuestión de quién se acerca más a lo que san Pablo quiso expresar en su frase,
una cosa es innegable. Lo que entienden los lectores modernos como el “sentido
auto-evidente del texto” no fue auto-evidente para san Agustín, personaje que
ha gozado durante muchos siglos de la reputación de ser un lector especialmente
autorizado de las Escrituras. De modo que no puede afirmarse la existencia de
un testimonio ininterrumpido, basándose en el hecho de que el texto se haya
leído siempre con referencia al lesbianismo. No existe tal testimonio
ininterrumpido. Ha sido perfectamente normal durante largos siglos leer este
pasaje en la Iglesia Católica sin imaginar que san Pablo estuviese diciendo
cualquier cosa sobre el lesbianismo. Esto significa que ningún católico se
encuentra obligado, bajo ninguna circunstancia, a leer el pasaje refiriéndolo
al lesbianismo. Es más, es una posición perfectamente respetable para un católico
afirmar que no existe referencia alguna al lesbianismo en la Sagrada Escritura,
en vista de que el único candidato para el papel de “posible referencia”, es un
pasaje cuyo sentido “auto-evidente” fue tomado, durante varios siglos, como
algo diferente.
Esta observación es de índole negativa. Demuestra claramente que al
lector católico no se le puede obligar ni a que confirme lo
auto-evidente de lo que dice san Pablo, ni a que lea aquellas palabras como
refiriéndose al lesbianismo.
Mi segunda observación es de índole más positiva. Según el órgano
oficial de enseñanza de la Iglesia Católica, los lectores católicos de la
Sagrada Escritura tienen como deber positivo el evitar ciertas
actualizaciones del texto, es decir, ciertas maneras de hacer que textos antiguos
incidan de manera sencilla en realidades modernas. Les voy a leer lo que dice,
y recuerden, por favor, que es esto algo más que un mero parecer. Es la
enseñanza oficial de la Pontificia Comisión Bíblica, la cual es, por lo menos,
una fuente autorizada de orientación católica acerca de cómo leer las Sagradas
Escrituras. La instrucción se encuentra en su documento de 1993: “La
interpretación de la Biblia en la Iglesia”.
Es necesario proscribir también, evidentemente, toda actualización
orientada en un sentido contrario a la justicia y a la caridad evangélicas,
como las que querrían apoyar sobre textos bíblicos la segregación racial, el
antisemitismo o el sexismo, masculino o femenino. Una atención especial es
necesaria… para evitar absolutamente actualizar algunos textos del Nuevo
Testamento en un sentido que podría provocar o reforzar actitudes desfavorables
hacia los judíos. (La interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV.3.)
La lista que da la Comisión deliberadamente no agota los posible malos
usos de la Sagrada Escritura, pero tiene la ventaja de enfrentarse a la que es
fácilmente la más importante de cualquier posible actualización impropia,
aquella relacionada con la traducción de las palabras ‘οι ’Ιουδαιοι,
especialmente donde aparecen estas palabras en el Evangelio de San Juan. Les
pido considerar muy claramente lo que significa esta instrucción. Quiere decir
que quienquiera que tradujere las palabras ‘οι ’Ιουδαιοι literalmente
como “los judíos” o interpretare estas palabras como haciendo referencia al
pueblo judío en su integridad, ahora, o en cualquier momento del pasado, lo
está traduciendo menos exactamente, y ciertamente menos en comunión con la
Iglesia que alguien que lo tradujera menos literalmente como “las autoridades
judías” o “las autoridades locales” que eran, como casi todo el mundo en el
Evangelio de San Juan, judíos.
Ahora bien, cuando se considera lo absolutamente fundamental que ha sido
el pueblo judío y su relación con la Iglesia en el desarrollo de la doctrina
cristiana, si se nos exhorta a “evitar absolutamente cualquier actualización de
algunos textos del Nuevo Testamento”, entonces se deduce fácilmente que una
aseveración como la siguiente es perfectamente razonable, y casi altamente
recomendable, como orientación hacia una lectura debidamente católica de un
pasaje que trata con algo mucho menos importante. Hela aquí: Dada la
posibilidad por un lado de un significado antiguo y restringido en un texto,
significado éste que no se transfiere fácilmente a categorías modernas, y por
otro lado la posibilidad de un significado que salta fácil y expansivamente a
las categorías modernas y ha tenido efectos contrarios a la caridad para las
personas modernas a quienes se tilda de esta forma, es de preferirse la lectura
antigua y restringida a la actualizada.
Pues bien, hasta ahora son nada más dos pequeñas observaciones
introductorias. No existe ninguna obligación para que los católicos lean
Romanos 1 como refiriéndose a lo que dicen algunos lectores modernos que es su
significado evidente. Y, es más, dada la posibilidad de un significado antiguo
y limitado o un significado moderno más expansivo que trae daños potenciales a
una categoría de gente moderna, una lectura católica debería preferir el
significado antiguo y limitado.
Ahora voy a pasar a una lectura del texto. Se lo voy a leer dos veces.
Una vez en una versión corriente que ustedes pueden encontrar en casi cualquier
traducción bíblica moderna – de hecho voy a leer la versión de La Biblia de las
Américas. Y la segunda vez, exactamente en la misma versión, para decir verdad,
exactamente en la misma traducción. Pero en esta ocasión habré quitado todo lo
que no es de san Pablo. Antes que ustedes digan: “Ah, de modo que ahí está el
truco: tiene algún argumento complicado para demostrar que san Pablo no pudo
haber dicho tal o cual cosa, de modo que va a afirmar que algún párrafo, que no
le cae bien, no tiene a san Pablo por autor”, me apresuro a asegurarles: No voy
a quitar en absoluto ninguna palabra del texto. Pero sí voy a quitar todos los
números. Me refiero a los números correspondientes a los versículos y
capítulos. Es decir, lo que no es de San Pablo. Los números fueron una
añadidura medieval. Primero la división en capítulos, y luego la subdivisión en
versículos. Esto se concibió como una ayuda sencilla para que el lector se
orientase en el texto, de la misma manera que un sistema de catalogación de
libros se supone que ayuda a uno a orientarse en una biblioteca, más bien que
señalarle a uno cuáles libros son importantes y dignos de ser leídos, y cuáles
no. Por supuesto Pablo no escribió su Epístola a los Romanos en capítulos y
versículos. La escribió, o la dictó, en una prosa griega continua con escasa
puntuación. Verán ustedes hasta qué punto la introducción de los números ha
llegado a congelar cierta lectura del texto, haciéndola “normal”, como sí los
números tuviesen suficiente autoridad para hacer esto. Verán también qué tan
diferentemente se entiende el pasaje si se le quitan los números.
Notarán también una diferencia en el tono de la lectura. La primera vez
leeré en los tonos portentosos del Ayatolá Pablo, quien acaba de bajar, cual
Charlton Heston, del Monte Sinaí, ardiendo en celo por dictar la palabra
unívoca del Señor con respecto a la iniquidad. Sin que yo conociera aquellas
grandes palabras tipo “Ayatolá” y “portentoso”, y sin que hubiera visto la
película de “Los Diez Mandamientos”, con Charlton Heston, fue ésta la lectura
que me pareció auto-evidente en mi adolescencia, la lectura que se auto-leyó
por medio de mis ojos, y tal vez sea la que les ha sido auto-evidente también a
ustedes. Espero sugerir que el tono que nosotros traemos al texto, cuando lo
leemos o escuchamos, por lo menos iguala en importancia a las palabras
impresas, en la elaboración de una lectura que parece auto-evidente. La segunda
vez, leeré el pasaje en el tono, que pasa de lo sublime a lo trivial, del
rabino Pablo, heredero de una tradición rica en lecturas irónicas y
subversivas. Y, para que no se queden preocupados de que, al referirme a Pablo
como un rabino, esté buscando socavar su autoridad apostólica, la que queda de
alguna manera resguardada si se le lee en los tonos de un Ayatolá, me gustaría
aclarar que la palabra “rabino” señala aquí, en mi entendimiento, el estilo y
la retórica que emplea Pablo, y de ninguna manera socava su autoridad. Pablo
fue apóstol precisamente como alguien muy bien instruido en la tradición de la
interpretación rabínica. Espero que esta segunda lectura, después de que la
haya realizado, les parezca tan auto-evidente como ahora me lo parece a mí.
De modo que, adelante con Romanos 1, 14 hasta el final, en la versión de
La Biblia de las Américas:
14 Tengo obligación tanto para con los griegos como para con los
bárbaros, para con los sabios como para con los ignorantes. 15 Así que, por mi
parte, ansioso estoy de anunciar el evangelio también a vosotros que estáis en
Roma. 16 Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para
la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego.
17 Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe; como
está escrito: mas el justo por la fe vivirá. 18 Porque la ira de Dios se revela
desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con
injusticia restringen la verdad; 19 porque lo que se conoce acerca de Dios es
evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. 20 Porque desde la creación
del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto
con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no
tienen excusa. 21 Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le
dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio
corazón fue entenebrecido. 22 Profesando ser sabios, se volvieron necios, 23 y
cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre
corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. 24 Por consiguiente, Dios
los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones, de modo que
deshonraron entre sí sus propios cuerpos; 25 porque cambiaron la verdad de Dios
por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, que
es bendito por los siglos. Amén. 26 Por esta razón Dios los entregó a pasiones
degradantes; porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es
contra la naturaleza; 27 y de la misma manera también los hombres, abandonando
el uso natural de la mujer, se encendieron en su lujuria unos con otros,
cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos el
castigo correspondiente a su extravío. 28 Y así como ellos no tuvieron a bien
reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para que hicieran las
cosas que no convienen; 29 estando llenos de toda injusticia, maldad, avaricia
y malicia; colmados de envidia, homicidios, pleitos, engaños y malignidad; son
chismosos, 30 detractores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios,
jactanciosos, inventores de lo malo, desobedientes a los padres, 31 sin
entendimiento, indignos de confianza, sin amor, despiadados; 32 los cuales,
aunque conocen el decreto de Dios que los que practican tales cosas son dignos
de muerte, no sólo las hacen, sino que también dan su aprobación a los que las
practican.
¿Les suena conocido?
Bueno, demos ahora la segunda vuelta. Primero, algunos detalles a manera
de antecedentes. Según el parecer de los peritos, Pablo escribió esta carta en
Corinto. Por lo visto va dedicada a dos grupos de cristianos que constituyeron
la Iglesia en Roma: el grupo de los creyentes judíos en Cristo, y el grupo de
los creyentes gentiles en Cristo. Parece ser que había algunos problemas de
rivalidad entre estos dos grupos, y que por una parte los cristianos judíos se
consideraban superiores a los gentiles bautizados, mientras que éstos se
consideraban superiores a aquéllos. Pablo habla en primer lugar a los
cristianos judíos para explicarles que, aunque es cierto que todos los tesoros
de la revelación han llegado por medio del pueblo judío, no son ellos de hecho
superiores a los gentiles, sino que tienen la misma necesidad que los gentiles
de la salvación que ha efectuado Jesús. Luego se vuelve a los gentiles para explicarles
que no son superiores a los judíos por el hecho de no haber vivido bajo la Ley,
sino que son igualmente dependientes de la redención de Cristo. El objetivo es
subrayar hasta qué punto todos los seres humanos son dependientes de la
salvación obrada por Cristo. Todos han pecado, y todos necesitan de la gracia,
sin excepción. Que yo sepa, este marco básico para la lectura de la Epístola de
los Romanos lo tiene en común la mayoría de estudiosos de toda estirpe. O sea,
hasta aquí, no hay nada especialmente controvertido.
Pues bien, una vez asentado esto, mi punto de partida para la lectura de
Romanos 1 no se encuentra dentro de Romanos 1. De hecho, es lo que nosotros
conocemos como Romanos 2,1, y no lo escucharon en la lectura que les acabo de
hacer. Se lee como sigue:
Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que
juzgas, pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas
practicas las mismas cosas.
Ahora bien, les sugiero que no deja de ser extremadamente curioso el
comenzar un nuevo argumento, o un nuevo capítulo con la frase “Por lo cual…”.
Normalmente una frase que comienza “por lo cual” es señal de que se está al
punto de dar la conclusión del argumento que viene antes. Quiere decir, que
todo el por qué de lo que antecede está al punto de revelarse. Supongamos que
no tuviésemos un manuscrito fidedigno del comienzo de la Epístola de San Pablo
a los Romanos, sino que simplemente sabíamos que faltaba un trecho pequeño, y
que el manuscrito que tenemos comienza con lo que nosotros llamamos Romanos
2,1. Bueno, podrían ustedes apostar grandes cantidades sobre la probabilidad de
que todas las tentativas de reconstruir el pasaje que faltaba procederían con
base en la premisa segura de que, fuera lo que fuere el contenido que faltaba,
de alguna manera llevaba a la indicación de que nadie está en una posición para
juzgar a los demás. Dando por sentado el sentido de aquello que nosotros
conocemos como Romanos 2 y 3, donde se arguye contra la superioridad de los
judíos sobre los gentiles en la Iglesia, es muy probable que los exegetas
propongan el que, diga lo que dijere el trecho perdido, es muy probable que
incluía un argumento que llevaba a la conclusión de que, sean cuales fueren las
aparentes señales de superioridad de que gozaban los creyentes judíos en
Cristo, estos se encuentran de hecho fundamentalmente en la misma situación de
los gentiles con respecto a todo lo verdaderamente importante.
Ahora, ¡cuál no será su zozobra al descubrir que el gran paleontólogo
bíblico, casi ciertamente alemán, por cierto, Herr Doktor James Alison, al
mostrar una extraordinaria destreza, casi meritorio de un premio Nobel, en el
uso de las teclas de su software bíblico “Hermeneutika Bible Works 5”, éste
mismo ha conseguido descubrir y reproducir el trecho que faltaba y que conduce
a lo que llamamos Romanos 2,1! Y para mayor sorpresa de todos, el trecho se
perfila exactamente como lo vaticinado por aquellos sabios exegetas, que
utilizaron como base para su deducción el versículo que prohíbe el que se
juzgue a otro. Déjenme mostrarles cómo el escritor rabínico, Pablo, coloca las
bases para llegar a su conclusión:
Tengo obligación tanto para con los griegos como para con los bárbaros,
para con los sabios como para con los ignorantes. Así que, por mi parte,
ansioso estoy de anunciar el evangelio también a vosotros que estáis en Roma.
Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la
salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego.
Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe; como
está escrito: mas el justo por la fe vivirá.
Aquí Pablo expone muy claramente qué es lo que quiere hacer, al
justificar su misión a algunos oyentes judíos potenciales que estarían muy poco
contentos con el énfasis de Pablo en los gentiles. De modo que pasa a hablar en
términos que serían conocidos por cualquier judío practicante y educado de la
Diáspora. Casi cita directamente un libro que aparece en la Biblia Católica
como el Libro de la Sabiduría, o La Sabiduría de Salomón, y ciertamente
demuestra que da por sentado el que sus oyentes lo conozcan. Una parte de este
libro es un sencillo tratado judío contra todas las iniquidades de la idolatría
pagana. Moisés tenía sus predicadores en todas las ciudades, quienes exponían
el monoteísmo judío y atraían a la gente desde los cultos de los gentiles, y
fue esto justamente el tipo de cosas que dirían aquellos predicadores. He
incluido los versículos relevantes de los capítulos 13 y 14 del Libro de la
Sabiduría en un Apéndice para que ustedes lo lean con sus propios ojos [Véase
Apéndice 1]. Aquellos versículos y los de san Pablo se asemejan mucho en su
análisis de la idolatría.
Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e
injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad; porque lo
que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo
evidente. Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su
eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por
medio de lo creado, de manera que no tienen excusa. Pues aunque conocían a
Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron
vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser
sabios, se volvieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por
una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de
reptiles.
Pues bien, aquí tenemos un trecho típico de la polémica judía con
respecto a los gentiles en general. El tipo de cosas que hacen es “cambiar”
(una palabra que también aparece en Sabiduría) – algo así como “travestir” – la
gloria de Dios por unas imágenes. Todos los lectores y oyentes de Pablo sabrían
muy bien a qué se refería. Las ciudades antiguas estaban llenas de Templos y
santuarios con imágenes de dioses, diosas, Gatos, Chacales, Cocodrilos,
Serpientes, Isis, Osiris, Anubis, Mitra y muchas más.
Por consiguiente, Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus
corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos; porque
cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la
criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Amén.
Aquí, al igual que en el Libro de la Sabiduría, que busca explicar el
vínculo entre la idolatría, fuente de todo mal, y el mal que surge de esta
fuente, es como consecuencia de haberse involucrado en los
cultos idolátricos que luego fueron llevados a inmiscuirse en
pasiones que no les hacen honor. Se puede detectar aquí que Pablo está de buena
racha, ganándose a sus oyentes, pues interrumpe su propio argumento para hacer
una exclamación después de mencionar al Creador:
que es bendito por los siglos. Amén.
Este es el tipo de exclamación donde, si estuviéramos en una Iglesia
Pentecostal, esperaríamos que emergiesen voces de entre los oyentes diciendo
“Aleluya” o “Gloria a Dios, hermano”. O sea, es parte de una retórica para
convencer a la gente que él está de su lado, que pueden contar con él. Y, por
supuesto, con un propósito muy deliberado, como en seguida veremos. Pablo
continúa:
Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes; porque sus
mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza; y de
la misma manera también los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se
encendieron en su lujuria unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres
con hombres, y recibiendo en sí mismos el castigo correspondiente a su
extravío.
Aquí Pablo pinta exactamente el tipo de
actividades que florecían en los templos paganos y sus alrededores por toda la
región del Mediterráneo en época de Pablo, como también en la época del autor
del Libro de la Sabiduría, el cual entra en bastantes más detalles que Pablo [1]. Entre estas actividades se incluiría las
de mujeres vistiéndose como sátiros con grandes “faloi” para que pudiesen ser
penetradoras en vez de penetradas en la relación con sus parejas. Fue este tipo
de travestir, o cambiar de papel, yendo en contra de lo que yo llamaría “la
lógica de la granja”, más bien que el género de la pareja, lo que fue
considerado como “contra natura” aquí. Esto dice Clemente de Alejandría al
respecto:
Por esta razón son tan infrecuentes los nacimientos entre las hienas,
pues siembran su semilla contrariamente a la naturaleza. ….A tales personas sin
dios, “Dios los ha entregado” dice el Apóstol “a lujurias vergonzosas. Por esta
razón las mujeres cambian su uso natural al que es contrario a la naturaleza.
…” Sin embargo la naturaleza no ha permitido que ni siquiera las bestias más
sensuales abusen del pasaje hecho para el excremento…Enturbiando el orden
natural, los varones toman el papel de las mujeres, y las mujeres toman el
papel de los varones, contrariamente a la naturaleza… No se cierra ningún
orificio contra las lujurias; y su sexualidad es una institución pública – son
compañeros de cuarto con la indulgencia. [2]
No les causará ninguna sorpresa el que
tengamos más evidencia aún de las cosas que hacían los varones. Ciertamente
hubo cultos, como el de Cibeles, o Atys o Afrodita, cuyo templo más importante
se encontraba en Corinto, donde es probable que Pablo haya escrito su Epístola
a los Romanos. Se rumoraba que en este Templo había más de mil prostitutos
sagrados (de ambos sexos). El culto había sido introducido en Roma poco antes,
después de una larga resistencia por las autoridades capitalinas. En este culto
el elemento travesti era muy importante. No solamente eso, sino que los ritos
incluían frenesíes orgiásticos durante los cuales algunos varones se dejaban
penetrar, y que culminaban en el momento en que algunos en el frenesí se
castraban, haciéndose así eunucos, y por eso, sacerdotes de Cibeles. Pues en el
culto de Cibeles, como en los cultos de las diosas-madre en general, el
trascender el género era considerado de especial importancia. Tales devotos
castrados, algunas veces conocidos por el nombre “galli”, vivían, como lo hacen
los “hijra” en la India moderna, como eunucos festivos, tenidos como dotados de
poderes mágicos o dones proféticos. El esqueleto de uno de estos sacerdotes
romanos castrados, junto con adornos que mostraban su devoción a Cibeles, fue
descubierto recientemente por arqueólogos en el norte de Inglaterra [3].
Para los oyentes de Pablo no habría sido necesaria ninguna explicación
sobre este tipo de cosas. Era una parte regularmente ocurrente de la vida
pública del mundo mediterráneo de la época. Lo significado por los “galli”, que
recibían en sus personas el castigo correspondiente a sus extravíos, tal vez se
refiriera a la castración, o tal vez a su rareza general de porte y apariencia.
Pero los oyentes de Pablo se habrían dado cuenta perfectamente de lo que él
estaba diciendo. Porque, como podría contar cualquier judío que se preciara,
era justamente a este tipo de cosas idiotas a las que se dedicaban los gentiles
como fruto de su idolatría.
Llegados hasta aquí, por favor noten algo más bien sutil. Pablo se está
moviendo desapercibidamente hacia el bajarles los humos a quienes ha estado
inflando, antes de darles un pinchazo. Después de la ilustración gráfica de un
conjunto de prácticas que eran obviamente paganas, y que permitirían a los
oyentes judíos sentirse un “nosotros” bueno por contraste con el “ellos” tonto,
a quienes les está describiendo (y las palabras que utiliza Pablo expresan
respeto a la pureza y a la vergüenza, más bien que a la moral y el mal, y por
esta razón estoy utilizando palabras como “tontos” e “idiotas” más bien que
“malos” o “inicuos”), después de esto, digo, Pablo continúa hablando de un
“ellos”, y comienza con una lista de cosas bastante más serias: actitudes
profundas del corazón. Y, por supuesto, seguía teniendo cautivados a sus
oyentes:
Así como ellos no tuvieron a bien reconocer a Dios, Dios los entregó a
una mente depravada, para que hicieran las cosas que no convienen; estando
llenos de toda injusticia, maldad, avaricia y malicia; colmados de envidia,
homicidios, pleitos, engaños y malignidad;
Pueden imaginar que aún estamos en un ambiente donde los oyentes podrían
expresar en voz alta: “¡Gloria a Dios, hermano!” Era todavía el tipo de cosas a
las que estaban acostumbrados. Pero Pablo sigue arrasando, avanzando desde
estas actitudes profundas del corazón de las que está lleno el “ellos” tonto,
hacia lo que uno podría llamar una lista de formas de iniquidades bastante más
banales, domésticas, comunes y corrientes:
son chismosos, detractores, aborrecedores de Dios, insolentes,
soberbios, jactanciosos, inventores de lo malo, desobedientes a los padres, sin
entendimiento, indignos de confianza, sin amor, despiadados;
Aquí estamos pisando terreno peligroso… ¿Ya se habrán percatado los
oyentes de que esta lista, donde no hay una sola referencia a cosas sexuales,
les es bastante familiar? De modo que Pablo da un último toque a la trompeta
tradicional contra los paganos:
Los cuales, aunque conocen el decreto de Dios que los que practican
tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también dan su
aprobación a los que las practican.
Podemos ver muy bien por qué los que dividieron los capítulos cortaron
aquí el argumento. Suena como al final de un aliento. Y lo es. Es el final de
una respiración, pero no el final del argumento, porque el timo está por darse,
y sin el timo, el argumento quedaría inconcluso:
Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que
juzgas, pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas
practicas las mismas cosas.
Ahora pueden ustedes ver el efecto de esta frase sobre el argumento que
la precede. El efecto es bastante semejante a lo que habría ocurrido de haber
dicho Pablo “Todos sabemos que los gentiles hacen cosas idiotas, se inmiscuyen
en ritos raros y frenesíes, y, adivinen a qué consecuencias terribles les lleva
todo esto: se hacen… ¡chismosos! ¡Desobedientes con sus papás!
¡Sin entendimiento! … ¡qué diferentes pues, de nuestra gente!..
Luego hace una pausa para permitir que irrumpan las primeras risitas de
auto-conocimiento.
Por supuesto, esta estratagema retórica para inflar a sus oyentes antes
de darles un pinchazo, no funcionaría para nada si el propósito de Pablo fuese
el de insistir que sus oyentes practican las mismas cosas que los gentiles – es
decir, los cultos raros, y los ritos de frenesí sexual conducentes a la
castración. Su propósito no es el denunciar que sus oyentes hagan estas cosas,
sino el insistir en que, aunque no las hagan, y ni sueñen siquiera en hacerlas,
comparten exactamente el mismo marco de deseo y la iniquidad ordinaria y banal
que fluye a partir de aquel marco, o sea, lo verdaderamente serio. Esto, lo
tienen en común con los gentiles que, de hecho, sí hacen aquellas cosas tontas.
Pablo confirma lo que estaba haciendo durante todo este pasaje al pasar
aquí de un “ellos” a un “nosotros”, y su uso del “nosotros” es muy revelador:
Y sabemos que el juicio de Dios justamente cae sobre los que practican
tales cosas.
Pareciera que Pablo está repitiendo la acusación contra los paganos – la
de que “conocen el decreto de Dios y aún así hace estas cosas”. Pero su
repetición del cargo, en la forma que se refiere a “nosotros” suena más bien a
lo siguiente: “Sin entrar en la cuestión de si ellosconocen o no el
juicio de Dios, nosotros ciertamente sí lo conocemos.” Luego
prosigue para apostrofar a un “tú” – un tú no solamente judío,
ni cristiano, sino el “tú” humano que es cualquiera de nosotros.
¿Y piensas esto, oh hombre, tú que condenas a los que practican tales
cosas y haces lo mismo, que escaparás al juicio de Dios? ¿O tienes en poco las
riquezas de su bondad, tolerancia y paciencia, ignorando que la bondad de Dios
te guía al arrepentimiento? Mas por causa de tu terquedad y de tu corazón
no arrepentido, estás acumulando ira para ti en el día de la ira y de la
revelación del justo juicio de Dios,…
De aquí en adelante Pablo desarrollará su comprensión de cómo el
problema humano es fundamentalmente un problema de deseo, y la salvación que
nos viene por Cristo opera a nivel de un cambio en el funcionamiento del deseo.
Ni siquiera la Ley, que es de por sí algo bueno, pudo alcanzar este
funcionamiento del deseo. Fue este análisis el que le llevó a elucidar lo que
otra generación, siguiendo a san Agustín, llamaría “La doctrina del Pecado
Original”. En su integridad el propósito de esta doctrina es mantener vivo el
sentido de que todos los humanos, a partir del comienzo mismo de la humanidad,
sufrimos de lo que es esencialmente la misma forma de deseo distorsionado. El
resultado de esto es que ninguno de nosotros está bien ubicado para juzgar a
los demás, puesto que, a diferencia de Dios, ninguno de nosotros es libre de
tener un juicio distorsionado por su propia forma de pertenencia social. Esto
está absolutamente de acuerdo con las enseñanzas de Jesús en el Evangelio: si
los fariseos no pueden juzgar a las prostitutas, entonces lo judíos no pueden
juzgar a los gentiles y, viceversa, naturalmente.
Bueno. Espero que ahora puedan ustedes vislumbrar otra lectura “auto-
evidente” de Romanos 1. A partir del momento en que nos dimos cuenta de que la
introducción de números para los capítulos y versículos fue discrecional, y de
que es posible ver que todo el flujo del argumento corre hacia el pinchazo
central, plantado en el seno de la manera de formar agrupaciones sociales por
contraste con otros, en ese momento llegó a ser posible escuchar la voz de
Pablo de una manera diferente. Lo que llamo yo el Pablo “batético” (del griego βαθος)
a diferencia del Pablo “portentoso”. Un Pablo ingenioso, rabínico, de retórica
afilada, y no un Pablo unívoco, autoritario, totalmente desprovisto de ironía.
Su argumento funciona muy bien llevando a sus oyentes hacia un timo, y luego
les ofrece el golpe de gracia. Si esto lo quieren comprobar por ustedes mismos,
lo cual es, a fin de cuentas, la mejor manera de hacerlo, entonces hagan el
intento de leer para sí mismos, o para algunos amigos, en voz alta y en tono de
Ayatolá, la versión que he puesto a su disposición como el Apéndice II, la
versión del texto sin números. Funciona muy bien hasta que uno llega al final
del primer capítulo. Pero si intentamos leer en el mismo tono el capítulo 2
versículo 1, ya no tiene sentido. Si continuamos leyendo con el tono de un
Ayatolá, tenemos que detenernos al final del capítulo 1 y esperar para seguir
adelante en el próximo capítulo. Sin embargo, si leemos con el tono de un Pablo
rabino, podemos pasar sin sobresaltos del primer capítulo al segundo, y en el
camino darnos cuenta de la gran sutileza de su estilo persuasivo.
Pues bien, he aquí una lectura católica de Romanos 1. Lo único externo
que he aportado al texto es el conocimiento de los cultos extáticos del mundo
antiguo. Esto ayuda a restringir cualquier tendencia hacia una actualización no
caritativa del texto, de la misma manera que lo hace el limitar la referencia
de ‘οι ’Ιουδαιοι en el evangelio de Juan a las autoridades
judías locales en la Palestina del primer siglo. La lectura moderna y
“auto-evidente” del texto también aporta algo externo: una comprensión de la
“homosexualidad” como algo que fue la intención de Pablo condenar, a pesar de la
evidencia de que la categoría moderna fue desconocida en el mundo antiguo. La
lectura “auto-evidente” moderna utiliza por tanto este texto como arma
religiosa y política contra un grupo moderno de personas. Espero que esté
siendo más obediencia a la Pontificia Comisión Bíblica al preferir la
interpretación antigua y limitada.
Una de las cosas que espero queden aclaradas es la siguiente: Aunque se
pudiera demostrar (cosa que no me parece posible) que es obligatorio leer, en
lo que conocemos como Romanos 1, 26b-27, una referencia directa de san Pablo a
las lesbianas y a los varones gay, aún en este caso, el único uso que nunca se
podría hacer de la referencia, sin causar una violencia muy seria al texto, es
un uso que legitimase cualesquiera maneras de juzgar a tales personas. Su
presencia en el texto sería como ilustración para un argumento del tipo: “Sí,
sí, sabemos que existen tales personas que hacen ese tipo de cosas tontas, pero
esto es completamente irrelevante al lado del hecho muy significativo de que
estas cosas son sencillamente diferentes síntomas de una profunda distorsión
del deseo, distorsión que es idéntica en usted como en ellos, y es a usted a
quien quiero llegar; de modo que no los juzgue, por favor”.
Si quieren saber lo que quiero decir, entonces, hagan esta prueba:
supongamos que los predicadores judíos del mundo antiguo se hubiesen convencido
de que una de las cosas a las cuales conducía la idolatría era la práctica muy
extendida de los deportes de alto riesgo. Imaginemos, por consiguiente, que
hubiesen prohibido estas prácticas. Ahora, substituyan las palabras “rappel” y
“parapente” en lugar de lo que a veces se ha leído como “lesbianismo” y “sexo
gay entre varones”.
porque sus mujeres se dedicaron a hacer rappel, y de la misma manera
también los hombres, abandonando los métodos naturales de transporte se
dedicaron al parapente, cometiendo hechos vergonzosos al imitar a los pájaros,
y muchas veces, debido a corrientes ascendentes inesperadas, recibiendo en sí
mismos el castigo correspondiente a su extravío.
¿Pueden imaginar qué tan fácilmente el mundo Cristiano habría abandonado
la supuesta prohibición antigua que pesaba sobre estas actividades, que son,
dígase de paso, evidentemente descabelladas? Se habría abandonado la
prohibición al señalar que un argumento que refiere tangencialmente al rappel o
al parapente como parte de la construcción de un argumento cuya conclusión es
la ilicitud de juzgar a quienquiera, no se puede utilizar legítimamente para
juzgar a los que se dedican al rappel o al parapente. La única referencia al
rappel en la Sagrada Escritura se interpretaría, muy apropiadamente, como
teniendo un peso moral cero.
Es mi opinión que el primer capítulo de Romanos no tiene sencillamente
nada que ver con lo que nosotros llamamos homosexualidad. Espero haber mostrado
que es perfectamente posible leerlo de manera que se respete la integridad del
texto, se muestre aprecio por san Pablo y se esté de acuerdo con él, y también
mostrar cómo su argumento es un paso importante hacia la formulación de una
doctrina importante de la Iglesia sin decir, explícita o implícitamente,
cualquier cosa a favor de la llamada “homosexualidad” o en su contra. No
pretendo que esta lectura que les he dado sea la lectura auténtica de
san Pablo, que exactamente esto, ni más ni menos, sea precisamente
lo que él quiso decir. No creo que exista una cosa tal como la lectura
auténtica del texto. Creo que existen lecturas mejores y peores del texto, y
más importante, que existen maneras más católicas y maneras menos católicas de
leer el texto, porque el leer el texto dentro de la Iglesia es un ejercicio
infinitamente creativo de darle gloria a Dios y de crear significados
impregnados de misericordia para nuestros hermanos y hermanas en la medida en
la que llegamos a ser poseídos por el Espíritu que nos es insuflado por el
Señor crucificado y resucitado.
Y esto nos lleva a mi última observación en esta charla, que es la razón
por la que creo que verdaderamente vale la pena emprender este ejercicio de una
lectura católica en la actualidad. Durante demasiado tiempo hemos sido
hechizados por lo que me atrevería a llamar una lectura coránica de la Sagrada
Escritura. Es por lo menos coherente que un musulmán reivindique que el Corán
fuera dictado por Dios a Mahoma y por esto que el propio Corán hay que leerlo
como dictado por una autoridad de lo alto. El texto se hace una especie de
cuerpo intermediario entre Dios y el lector de tal forma que los fieles quedan
atrapados bajo las palabras fijas del texto, que se imaginan que están
“sencillamente allí”, inspiradas por Dios, y que, por tanto, absuelven al
lector de que asuma una responsabilidad por la lectura que él o ella aporte.
Sin embargo, no es coherente que un católico lea la Sagrada Escritura de esta
forma. La Iglesia Católica, heredera de una tradición extraordinariamente rica
de creativas lecturas textuales judías, lee las Escrituras en forma
Eucarística, pues para nosotros la fuente principal de la autoridad no está en
el propio texto sino en la víctima crucificada y resucitada, viva en nuestro
medio, que es el principio hermenéutico viviente que nos enseña cómo desatar
nuestras maneras violentas e inicuas de relacionarnos los unos con los otros, y
cómo entrar juntos por el camino de la penitencia y la paz. Para nosotros el término
“la Palabra de Dios” se refiere en el primer lugar a una persona viviente, y
solamente por analogía, a los textos que portan testimonio de él. La presencia
hermenéutica viva es mucho más importante que lo que está interpretando. Esto
es lo que significa lo que dijo Jesús al comentarles a los fariseos en el
Evangelio de Mateo :
Mas id, y aprended lo que significa: "misericordia quiero y no
sacrificio"; porque no he venido a llamar a justos, sino a
pecadores./p>
Y:
Pero si hubierais sabido lo que esto significa: "misericordia
quiero y no sacrificio", no hubierais condenado a los inocentes.
Ahora tienen allí una instrucción con respecto a la lectura católica de
la Sagrada Escritura, emanada de una autoridad más importante aún que la
Pontificia Comisión Bíblica. Me da una gran alegría reconocer que el trecho del
documento de la Comisión que les leí al comienzo de la charla está totalmente
de acuerdo con ella.
Ya es hora de que aprendiésemos a leer las palabras de nuestro hermano
Pablo, alguien que nos escribió no desde arriba, sino desde el mismo nivel
fraternal de nosotros, en forma eucarística. Imaginémosle con nosotros en la
reunión eucarística, dando testimonio del efecto del Crucificado y Resucitado
en todas nuestras vidas. Y aprendamos que sus palabras lleguen hasta nosotros
interpretadas por los ojos del Señor en el centro de nuestra reunión, los ojos
de Alguien que tanto nos quiso y que quiso estar con nosotros, que se entregó
por nosotros para que fuésemos capaces de crear, con él, y en gran libertad, un
mundo lleno de misericordia donde no haya ningún “ellos”. Un mundo donde nos
podamos mirar, unos a otros, con el corazón sin turbaciones del tipo “Pero la
Biblia dice…”, y con los ojos limpios, sin mancha alguna de cualquier forma de
fatalismo sacralizado.
[1] Véase Sabiduría 14, 23-28. Independientemente de las fuentes judías,
existen abundantes evidencias tanto de las prácticas en el mundo antiguo
alrededor de los cultos de diversas divinidades (Cibeles, Mitra y así por
delante) como de su popularidad. Para una recopilación especialmente útil e
interesante de la evidencia, véase el artículo de Jeramy Townsley (en inglés) Romans
1:22-28: Paul, the Goddess Religions and Homosexuality. volver
[2] Clemente: El Pedagogo 2.10.86-87, 3.3.21.3 Sin
acceso a un texto griego o a una autorizada traducción al castellano, he
vertido al castellano la traducción al inglés de Jeramy Townsley (cit.supra).volver
[3] Las noticias de la BBC del martes 21 de mayo de 2002: “Arqueólogos
en el norte de Yorkshire descubrieron el esqueleto de un eunuco travestido cuya
antigüedad remonta al siglo IV AD. Se realizó el hallazgo durante las
excavaciones de un campamento romano en Catterick, obra que comenzó en 1958. El
esqueleto, encontrado con vestimenta y joyas de mujer, era, se estima, de un
sacerdote castrado que adoraba la diosa oriental Cibeles. Los arqueólogos dicen
que es el único ejemplar encontrado en un cementerio del imperio romano tardío
en Gran Bretaña.” volver
Le debo un enorme agradecimiento al R.P. Oscar Mayorga Dardón OP de
Oaxaca, México por su espléndida ayuda al corregir y pulir mi traducción al
castellano de este texto durante los meses de junio y julio de 2004.
El cambio de comprensión que este artículo busca exponer se gestó
durante un largo tiempo y quisiera mostrar mi agradecimiento muy especial por
la ayuda y las luces que he recibido de los escritos del Revdo. Tomás Hanks de
Buenos Aires y del Dr Ralph Blair de Nueva Cork como también de una charla
ofrecida por el Revdo. Tony Campolo en Greenbelt en 2001, del sitio web de
George Hopper www.reluctantjourney.co.uk; de algunos comentarios del Dr Andrew
Goddard de Wycliffe Hall, Oxford; del trabajo de Jeramy Townsley de GTU,
Berkeley (véase nota al pie de página no 4); y del libro del Dr Daniel
Helminiak Lo que la Biblia realmente dice sobre la homosexualidad (Barcelona:
Egales 2003). Por supuesto mi agradecimiento para con ellos no trae como implicación
su acuerdo con lo que digo en este artículo.
Apéndice I
Sabiduría 12: 23-13:10 y 14:9-31 (Biblia de Jerusalén)
12:23 Por tanto, también a los que inicuamente habían vivido una vida
insensata les atormentaste con sus mismas abominaciones. 24 Demasiado, en
verdad, se habían desviado por los caminos del error, teniendo por dioses a los
más viles y despreciables, animales, dejándose engañar como pequeñuelos
inconscientes. 25 Por eso, como a niños sin seso, les enviaste una irrisión de
castigo. 26 Pero los que con una reprimenda irrisoria no se enmendaron, iban a
experimentar un castigo digno de Dios. 27 A la vista de los seres que les
atormentaban y les indignaban, de aquellos seres que tenían por dioses y eran
ahora su castigo, abrieron los ojos y reconocieron por el Dios verdadero a
aquel que antes se negaban a conocer. Por lo cual el supremo castigo descargó
sobre ellos.
13:1 Sí, vanos por naturaleza todos los hombres en quienes había
ignorancia de Dios y no fueron capaces de conocer por las cosas buenas que se
ven a Aquél que es, ni, atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice; 2
sino que al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua
impetuosa o a las lumbreras del cielo los consideraron como dioses, señores del
mundo.3 Que si, cautivados por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto
les aventaja el Señor de éstos, pues fue el Autor mismo de la belleza quien los
creó. 4 Y si fue su poder y eficiencia lo que les dejó sobrecogidos, deduzcan
de ahí cuánto más poderoso es Aquel que los hizo; 5 pues de la grandeza y
hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor. 6
Con todo, no merecen éstos tan grave reprensión, pues tal vez caminan
desorientados buscando a Dios y queriéndole hallar. 7 Como viven entre sus
obras, se esfuerzan por conocerlas, y se dejan seducir por lo que ven. ¡Tan
bellas se presentan a los ojos! 8 Pero, por otra parte, tampoco son éstos
excusables; 9 pues si llegaron a adquirir tanta ciencia que les capacitó para
indagar el mundo, ¿cómo no llegaron primero a descubrir a su Señor? 10
Desgraciados, en cambio, y con la esperanza puesta en seres sin vida, los que
llamaron dioses a obras hechas por mano de hombre, al oro, a la plata,
trabajados con arte, a representaciones de animales o a una piedra inútil,
esculpida por mano antigua.
14:9 y Dios igualmente aborrece al impío y su impiedad; 10 ambos, obra y
artífice, serán igualmente castigados. 11 Por eso también habrá una visita para
los ídolos de las naciones, porque son una abominación entre las criaturas de
Dios, un escándalo para las almas de los hombres, un lazo para los pies de los
insensatos. 12 La invención de los ídolos fue el principio de la fornicación;
su descubrimiento, la corrupción de la vida. 13 No los hubo al principio ni siempre
existirán; 14 por la vanidad de los hombres entraron en el mundo y, por eso,
está decidido su rápido fin. 15 Un padre atribulado por un luto prematuro
encarga una imagen del hijo malogrado; al hombre muerto de ayer, hoy como un
dios le venera y transmite a los suyos misterios y ritos. 16 Luego, la impía
costumbre, afianzada con el tiempo, se acata como ley. 17 También por decretos
de los soberanos recibían culto las estatuas. Unos hombres que, por vivir
apartados, no les podían honrar en persona, representaron su lejana figura
encargando una imagen, reflejo del rey venerado; así lisonjearían con su celo
al ausente como si presente se hallara. 18 A extender este culto contribuyó la
ambición del artista y arrastró incluso a quienes nada del rey sabían; 19 pues
deseoso, sin duda, de complacer al soberano, alteró con su arte la semejanza
para que saliese más bella, 20 y la muchedumbre seducida por el encanto de la
obra, al que poco antes como hombre honraba, le consideró ya objeto de
adoración. 21 De aquí provino la asechanza que se le tendió a la vida: que,
víctimas de la desgracia o del poder de los soberanos, dieron los hombres a
piedras y leños el Nombre incomunicable. 22 Luego, no bastó con errar en el
conocimiento de Dios; viviendo además la guerra que esta ignorancia les mueve,
ellos a tan graves males les dan el nombre de paz. 23 Con sus ritos
infanticidas, sus misterios secretos, sus delirantes orgías de costumbres
extravagantes, 24 ni sus vidas ni sus matrimonios conservan ya puros. Uno
elimina a otro a traición o le aflige dándole bastardos; 25 por doquiera, en
confusión, sangre y muerte, robo y fraude, corrupción, deslealtad, agitación,
perjurio, 26 trastorno del bien, olvido de la gratitud, inmundicia en las
almas, inversión en los sexos, matrimonios libres, adulterios, libertinaje. 27
Que es culto de los ídolos sin nombre principio, causa y término de todos los
males. 28 Porque o se divierten alocadamente, o manifiestan oráculos falsos, o
viven una vida de injusticia, o con toda facilidad perjuran: 29 como los ídolos
en que confían no tienen vida, no esperan que del perjurio se les siga algún
mal. 30 Una justa sanción les alcanzará, sin embargo, por doble motivo: por
formarse de Dios una idea falsa al darse a los ídolos y por jurar injustamente
contra la verdad con desprecio de toda santidad. 31 Que no es el poder de
aquellos en cuyo nombre juran; es la sanción que merece todo el que peca, la
que persigue siempre la transgresión de los inicuos.
Apéndice II
Romanos 1:14 – 2: 5 (La Biblia de Las Américas, pero sin números de
capítulo y versículo)
…Tengo obligación tanto para con los griegos como para con los bárbaros,
para con los sabios como para con los ignorantes. Así que, por mi parte,
ansioso estoy de anunciar el evangelio también a vosotros que estáis en Roma.
Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la
salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego.
Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe; como
está escrito: Mas el justo por la fe vivirá. Porque la ira de Dios se revela
desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con
injusticia restringen la verdad; porque lo que se conoce acerca de Dios es
evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Porque desde la
creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se
han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de
manera que no tienen excusa. Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a
Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su
necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se volvieron necios, y
cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre
corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por consiguiente, Dios los
entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones, de modo que deshonraron
entre sí sus propios cuerpos; porque cambiaron la verdad de Dios por la
mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, que es
bendito por los siglos. Amén. Por esta razón Dios los entregó a pasiones
degradantes; porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es
contra la naturaleza; y de la misma manera también los hombres, abandonando el uso
natural de la mujer, se encendieron en su lujuria unos con otros, cometiendo
hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos el castigo
correspondiente a su extravío. Y así como ellos no tuvieron a bien reconocer a
Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para que hicieran las cosas que
no convienen; estando llenos de toda injusticia, maldad, avaricia y malicia;
colmados de envidia, homicidios, pleitos, engaños y malignidad; son chismosos,
detractores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos,
inventores de lo malo, desobedientes a los padres, sin entendimiento, indignos
de confianza, sin amor, despiadados; los cuales, aunque conocen el decreto de
Dios que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen,
sino que también dan su aprobación a los que las practican. Por lo cual no
tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a
otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas.
Y sabemos que el juicio de Dios justamente cae sobre los que practican tales
cosas. ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que condenas a los que practican tales
cosas y haces lo mismo, que escaparás al juicio de Dios? ¿O tienes en poco las
riquezas de su bondad, tolerancia y paciencia, ignorando que la bondad de Dios
te guía al arrepentimiento? Mas por causa de tu terquedad y de tu corazón no
arrepentido, estás acumulando ira para ti en el día de la ira y de la
revelación del justo juicio de Dios…
James Alinson. Theology
martes, 17 de junio de 2014
Amor entre varones.
Cuando dos
varones hacemos el amor encontramos lo diferente en lo mismo. Mejor dicho: si
somos sutiles podemos ver que lo mismo es diferente. Lo mismo y lo diferente a
la vez. Hacer el amor con los muchachos es no someterse a un fragmento de
deseo: lo quiero todo. Bruce Willis, no como aparece en ese relevo del
catecismo que son las películas de amor, sino en la cama con Mel Gibson; Matt
Damon con Ben Affleck; Brad Pitt con Edward Norton: fantasías eróticas de un
hombre que gusta de hombres, pero también una buena imagen sensible de lo que
es amor viril. Tetillas, pelos, muslos y olores masculinos se entremezclan en
una especie de lucha tierna o de feroz afecto: hay una fuerza en esas
relaciones que ningún teleteatro logrará sacar a la luz.
Dos hombres se miran. Los juegos de la
mirada erótica masculina son ya una sexualidad por otros medios. Mirar al otro
a los ojos. Mirarle ahí y subir los ojos para que el otro vea mi sonrisa y me
sonría contento porque festejo su virilidad. Mirar que me miran. A veces se
cuela una mujer en los juegos masculinos de la mirada: es verano y estoy en la
puerta de Alto Palermo; miro a un chico hermoso, musculosa y bermudas, que mira
a una chica; veo a esa mujer porque dirijo mis ojos hacia donde mira él. El círculo
se cierra –muchas veces se cierra–: ella me mira y hace que él dirija su mirada
hacia mí. El me sonríe, pícaro; ella sigue su camino: no vio nada.
Cuando hago el amor con otro varón no
me olvido de mí; siento más intensamente mi cuerpo. Un cuerpo que tiembla desde
la cabeza a los pies; que goza en cada una de sus células. El caleidoscopio de
sensaciones que puede experimentar un cuerpo cuando la recorre una lengua
experta es casi infinito. Igualmente poderoso es el arcoíris complementario:
esas sensaciones inéditas que se sienten como martillos en el cerebro cuando la
lengua propia es la que estimula el cuerpo del otro para que estalle ese
caleidoscopio.
Vivir el sexo como una fatalidad, como
un mandato (al que se cumple o se escapa): eso es el cristianismo. Vivir el
sexo como una posibilidad creadora: ahí está el artista. No se trata de ninguna
“liberación”, sino de inventar placeres nuevos.
El deseo se manifiesta en los
intersticios: me seduce la piel que brilla entre los bordes de la camisa
abierta. Esos caprichos de la piel que sólo tienen sentido para mí. El cuerpo
se ilumina en sus rincones secretos. La piel es lo más profundo que tenemos. Es
una superficie maravillosa que es diferente en cada hombre. Alberto, un
pelirrojo de mejillas coloradas, tiene una piel tan suave que podría
protagonizar un aviso de talco para niños. Oscar tiene poros tan profundos y
tan marcados, especialmente en la espalda, que parece una pieza de cerámica, de
esas que hacen en los talleres que abundan en Barrio Norte. Jorge huele a
lluvia con sudor suave. El todo termina reduciéndose a un fragmento, el que no
se diluye en el olvido final. El fragmento que siempre fue lo esencial: el que
brillaba.
Desde la noche de los tiempos hasta el
siglo IV de nuestra era, en las culturas que conforman lo que llamamos Occidente
no se conoció otro arte de la galantería que no fuese entre varones. Toda la
creatividad sentimental y erótica –incluso sexual, pero no predominantemente
sexual– estaba puesta al servicio de la seducción de otro varón, por lo general
más joven. No había rito de iniciación viril que no implicase relaciones
sexuales y sentimentales entre el iniciado y el iniciador: ambos varones. La
bibliografía académica es tan abundante como poco difundida. Los libros de
divulgación histórica por lo general se autocensuran. Hay manuales que
desmienten lo que afirman las mismas investigaciones en las que se basan: que
en la mayoría de los pueblos indoeuropeos fuesen populares las relaciones
sexuales entre los varones. Según los manuales, lo que cuentan los textos originales
fue mal leído; apenas si se trataba de “ritos2 o “simulacros”.
Las traducciones de los textos griegos
clásicos –incluso muchas de las más “confiables” realizadas hace pocos años, ni
hablar de las que circulaban en Oxford en la época victoriana– suelen
escamotear lo que, con un eufemismo de mal gusto, llaman “el amor griego”. No
alcanza con condenar el amor entre varones; hay que negarlo, volverlo
invisible. La operación no es inocente: la sexualidad entre varones de los
últimos mil quinientos años tuvo que organizarse en torno de esa violencia.
Querelle, la película póstuma de Fassbinder, la
película basada en una de las novelas de Jean Genet, es el poema del amor
viril. Un mundo de varones, sin mujeres. Mejor aún, una sola mujer, Jeanne
Moreau, la dueña de ese prostíbulo sin clientes, está allí para representar la
única mujer posible en un mundo varonil. Tiene algo de madre vencida, de esposa
traicionada, de vieja bruja, de prostituta descartada, casi virginal. Ella
parece entender: canta monótona y reiteradamente los primeros versos de La
balada de la cárcel de Reading, de
Oscar Wilde. “Uno siempre mata lo que ama. . . el cobarde con un beso, el
valiente con su espada.”
Oler el cuerpo de un hombre. No hay
perfume que me resulte más exquisito que el del cuerpo amado unas seis horas
después del baño un día templado de otoño. Pero nunca hay un mismo día templado
de otoño ni un mismo amado: porque hasta el “mismo amado” cambia de otoño a
otoño. Y el mismo otoño tiene el color de nuestro capricho.
Descubrir las imperfecciones es desear
la humanización de los cuerpos. Uno de los momentos más intensos cuando hago el
amor con otro varón es el segundo en el que se produce la caída en la carne, la
expulsión del Paraíso: en ese instante, nadie –ni los dioses del gym ni los
muchachos que un dios amoroso nos envía para que pueblen nuestros más dulces
sueños– puede ocultar sus pequeñas miserias (por ejemplo, esos granitos en las
nalgas). Esa imperfección los completa, los mejora.
En el catecismo de la barrita de la
esquina el erotismo está reducido a la sexualidad y la sexualidad se resume en
los órganos genitales. La mojigata cruzada liberalizadora de los 60 apenas si
aceptó los llamados juegos sexuales –caricias masturbatorias, besos en zonas
menos santas que los labios de la boca– como una forma de “prólogo” para lo que
seguía pareciendo verdaderamente importante: la penetración. Y, sin embargo,
aquí estoy yo sintiendo que el erotismo pone en juego todo mi cuerpo. Ya desde
mi primera eyaculación descubrí que no hay órganos genitales ni zonas erógenas
claramente delimitadas: todo mi cuerpo es erógeno con concentraciones azarosas
de energía erótica.
Los romanos creían que aquellos que
eran penetrados o que practicaban el sexo oral a otra persona no gozaban. Era
la idea de ponerse al servicio del placer del otro la que desvalorizaba esas
prácticas. Por lo tanto, era socialmente reprobable que alguien que era
poderoso se “rebajase” en sus encuentros sexuales. Era mal visto el varón
adulto, libre y rico que se hacía penetrar por uno más joven o de menor status
social. Pero nadie censuraba (era absolutamente normal en términos romanos) que
la situación fuese la inversa: que el más poderoso “gozase” al más débil.
Por eso, para los varones romanos no
había costumbre sexual más reprobable que el practicarle sexo oral a una mujer.
Si había testigos de que un noble o un hombre rico habían cometido semejante
acto, se solía llevarlo al tribunal y este lo declaraba incapaz de manejar sus
bienes. Un varón que se “rebajaba” a semejante cosa ya había “perdido el
juicio” antes de ir a juicio.
Un flash: mi primera visita a un sauna
gay, en Río de Janeiro. Unos cien hombres que vagan por pasillos, cámaras
oscuras, salones “de descanso”. Hay decenas de hombres que entran y salen de la
sala de vapor, del sauna seco, que nadan desnudos en la pileta enorme: todo es
masculino hasta el límite de lo grotesco. Parece una historieta de Tom de
Finlandia: un mundo sin mujeres, sin un solo gesto femenino. No es un espacio
cristiano: los hombres no están en el sauna para reproducir nada (ni gente ni
relaciones sociales ni ideología), sino para producir, para crear nuevas formas
de encuentro, nuevas relaciones. Es un espacio pagano: los convoca el placer,
la alegría de estar vivos. En el sauna –a primera vista, una especie de paraíso
del sexo– surge la posibilidad de desexualizar el placer. Por saturación, por
experimentación, por potencia creativa, el placer deja de ser nada más que
sexual. Un flash.
Nunca supe lo que era la proclamada
pérdida del sentido que ensalzaron los románticos. No sé qué puede ser un
desmayo amoroso, no padecí ningún olvido del ser ni alcancé el nirvana o
cualquier sucedáneo místico a través del sexo. Siempre gozar con otro, gozar
haciendo gozar a otro fue, para mí, una extrema conciencia de los cuerpos: del
mío, pero por sobre todo del otro. Hacer el amor es, para mí, una forma
irreemplazable de conocimiento. Si hay un desmayo es el de las convenciones, de
aquello que creía saber antes de hacer el amor. Lo que descubro ahí no lo puedo
aprender de ninguna otra forma.
Una de las operaciones más exitosas en
la constitución del horror fascinado por el amor viril es la identificación de
este amor con los rasgos más caricaturescos del afeminamiento. Me acosté con
varones que temían, cuando eran niños, convertirse en la loca del barrio. Todos
nosotros creímos, cuando descubríamos el secreto, que nuestros días futuros
estaban condenados a pasar desfilando por la avenida con ese aire lánguido,
esos ojos desorbitados y esos labios fruncidos que sólo saben ofrecer las más
jugadas de las viejas locas de barrio. Esas locas que sólo salen tocadas con
una capelina verde manzana y que para los pañuelos de seda que se ponen en el
cuello no conocen otro color que no sea el rosa Dior.
Entre los hombres con los que tuve
sexo, no hay ninguno que no sea macho: me interesan los hombres viriles. En los
lugares en los que el sexo florece: ahí sólo varones. Me he acostado con tantos
maridos que llegué a sospechar que el matrimonio cristiano es una especie de
test obligatorio para habilitar el sexo entre varones. Recuerdo a un tipo que me
levanté un domingo de octubre a la mañana. Era dulce y zafado a la vez: hacía
el amor con desesperación. Estábamos fumando en la cama cuando sonaron las
campanas de una iglesia cercana: era mediodía. Lo invité a almorzar a un
restaurante cercano al que iba a menudo. “Lo lamento”, me dijo, “me tengo que
ir ya; debo comer con mi familia; hoy mi mujer festeja su primer Día de la
Madre: en abril tuvimos una nena hermosa.”
Desde niño supe que me atraía
exclusivamente la virilidad: los rituales de la construcción del macho, ese
travestismo invisible. No me atraen las locas explícitas, ni nada que se
parezca, aunque sea muy levemente, a una mujer. Por eso no me gustan los
varones melindrosos que ocupan posiciones socialmente altas. No soporto a los
diplomáticos ni a los eclesiásticos. Son demasiado femeninos para mí.
Todos los niños teníamos terror de
convertirnos en la loca del barrio, pero eso no nos privaba de nuestros juegos
eróticos, de esa sexualidad desenfrenada que sólo se puede tener de niño o de
adolescente: nunca me fue más fácil relacionarme sexualmente con varones que en
los últimos años del primario y durante todo el secundario. La infancia porteña
de hace 30 o 40 años era espléndida: los niños jugábamos en la calle
averiguando qué maravillas nos esperaban. Las descubríamos sin maestro. Los
barrios de Buenos Aires son aún un paraíso de bolsillo para los jóvenes que se
acuestan con sus amigos. “Es la ciudad más homosexual de Occidente” (me lo dijo
por primera vez un carioca insaciable y me lo confirmaron neoyorquinos expertos
y romanos que estaban de vuelta de todo). Buenos Aires, la ciudad que tiene un
obelisco como metáfora.
¿Quién es gay? Casi nadie, si uno da
crédito a las revistas dominicales o a la imagen que tienen de ellos mismos los
que se acuestan con varones. En las encuestas sobre sexualidad sólo dicen
pertenecer a las categorías socialmente rechazadas los más valientes de los
militantes sexuales: darle crédito a una encuesta sobre homosexualidad es
enterarse de cuántos militantes hay, no de cuántos hombres se acuestan con
hombres. ¿Qué muchacho “decente” le confesaría a una encuestadora que acaba de
masturbar a un desconocido en la ducha del gimnasio? Hacer el amor entre
varones incluye el no contárselo a cualquiera: el silencio es parte del
erotismo. La inversa del machismo: esa sexualidad en la que acostarse con una
mujer es la excusa para tener algo que contar (aunque nunca contarlo tal como
fue).
Eran nuestras primeras eyaculaciones y
todos los chicos del barrio no nos queríamos perder las primicias. Casi todos
los días nos reuníamos varios –nunca menos de tres o cuatro, a veces éramos
unos 10– a masturbarnos juntos. Así fuimos descubriendo caricias, penetraciones
y demás combinaciones que fueron mi dote para el resto de la vida. Había
algunas normas: entre chicos no había que besarse, eso era mariconería. Pero,
quizá porque la prohibido está para ser violado, más de uno terminaba
besándose. Paradójicamente, yo, la más loca cuando niño, la que estaba
destinada a la capelina y los escupitajos, yo era el más remiso a los besos.
Sin embargo, me era casi imposible negarme: el jefe de nuestra banda no podía
besar otros labios que los míos. El círculo siempre fatalmente se cierra: él y
yo entendíamos todo.
“En este país, para ser homosexual hay
que tener pelotas”, decía una pintada militante de los primeros meses de la
democracia. Un ocurrente de barrio había agregado: “Y culo”. Las pelotas y el
culo: ahí se resume todo el imaginario que gira en torno del amor de los
muchachos. Para mucha gente, de lo que se trata cuando dos hombres hacen el
amor, es de ponerla. El sexo entre varones es visto como una agresión.
A partir del siglo XIII, que es el
momento en el que el cristianismo condenó las relaciones sexuales entre varones
como el pecado más abyecto –hasta ese momento el peor pecado sexual radicaba en
el adulterio–, mantener este tipo de relación se convirtió en algo
extremadamente peligroso: se podía terminar en la hoguera por una simple
denuncia. Aunque a primera vista parezca paradójico, esta represión acentuó el carácter
sexual del amor entre varones. Como en cada encuentro uno se jugaba la vida, la
circulación erótica se hizo extremadamente eficaz, no era cuestión de
convertirse en sospechoso. Reconocer con un solo golpe de vista el deseo del
otro e inmediatamente consumar el acto sexual de la manera más rápida y segura
posible. Esa fue la forma en que pudo sobrevivir el amor a los muchachos en un
mundo atroz: el mundo en el que reinaba la Inquisición y en el que la miseria y
las pestes diezmaban a los que escapaban de la furia eclesiástica.
Pero no había paradoja: la
sexualización de la vida es la operación más exitosa que ha llevado adelante la
cultura cristiana contra la alegría de vivir. A través del sexo nos convertimos
en esclavos. La sexualización absoluta de las relaciones eróticas entre varones
fue admitida porque constituyó, mediante un proceso que llevó siglos, a los
homosexuales, ese grupo capaz de cargar sobre sí todos los estigmas del mal.
Acaba de morir el generalísimo Franco
y mi amigo Moreira está viviendo en España. Llega una de las tantas argentinas
exiliadas y él la hace pasar por su mujer para que la acepten en el edificio en
el que vive. Una noche, ella llega acompañada de un galán que ha conocido en un
tablao: los dos están encendidos por el deseo. El alcohol aumenta la pasión.
Llegan al pequeñísimo departamento en el que ella vive con Moreira y descubren
que él llegó antes con su chico y está en plena fiesta: no pueden entrar.
Tampoco pueden esperar: la amiga argentina y el amigo del tablao se aman en la
escalera. Los gritos y susurros despiertan al portero aún franquista.
Escandalizado y admonitorio, el portero la amenaza con denunciarla ante su
“marido”. Ella ríe y sigue gozando. El portero franquista lo va a ver a
Moreira, que le abre molesto por la nueva interrupción. “Lamento decirle –dice
el portero– que su mujer está en la escalera con otro hombre.” Algo le parece
raro al portero: Moreira está desnudo, en la cama hay un chaval desnudo.
Moreira le responde: “Ella es libre de hacer lo que quiera” y cierra la puerta.
El portero descubrió esa noche que hay algo peor para un franquista que la
infidelidad conyugal: el amor a los muchachos. Moreira –una escena de
Almodóvar, pero en la realidad– es parte de los argentinos que ayudaron a
modernizar España a través del amor.
Vemos un programa de TV. Aparece una
travesti española muy famosa. Mi acompañante es un estudiante del interior que
cursa Comercio Internacional en la UADE. Me dice que esa “mujer” es su tipo.
Cuando le digo que es una travesti casi se desmaya. Se siente estafado. Dice:
“Deberían matar a todos los putos” (no se caracteriza por la originalidad). Le
pregunto si me mataría (él ya sabía). “Quizás exagero, estoy muy tenso”,
agrega. Le hago un masaje, la vieja treta. Es tan lindo que duele mirarlo: se
parece a la felicidad. Esa noche entendió por qué no había que matar a los
putos. Nadie debería ser educado para escupirse a sí mismo.
Niños de la calle: un estilo de afecto
viril. Pasolini es el poeta del amor a los muchachos de la calle, no tanto por
su juventud como por su origen marginal, rayano en la delincuencia. Ese amor
por un tipo de hombre que ya no existía lo llevó a irse cada vez más lejos del
centro cultural europeo. Primero fueron los yires debajo de los puentes de
Roma, la sexualidad neorrealista. Después se trasladó a los suburbios fabriles,
a esos descampados en los que, entre las montañas de basura, encontraba
ladronzuelos ocasionales, jóvenes eternamente desocupados que estaban más
interesados en lo que se iban a comprar con las monedas que le sacaban que en
ese poeta friulano del que no sabían nada más que era un cliente, un “punto”.
Pero que cuando reían iluminaban el mundo. Más tarde fue a los países pobres a
buscar una pureza que no es de este mundo. Pasolini es el poeta de la
intensidad: su obra tanto como su vida dan testimonio de ello. Murió como
vivió, porque vivió arriesgándose en cada encuentro, en cada verso. Su
asesinato fue la primera piedra poderosa que el odio de la muerte lanzó contra
la liberalización de la vida. Una vida que empezaba a florecer después de un
siglo y medio de censura moral. Esa piedra dio en el blanco cinco años antes de
que estallara la gran catástrofe: el sida.
Soy un niño de Palermo que acompaña a
su abuela Angela al velorio de una vecina; se murió doña Ema. Estamos a fines
de los 60. Apenas llegamos veo que entra el hombre más hermoso que yo pudiera
imaginar con mi ya desbocada imaginación de ocho o nueve años: es el nieto de
la difunta (nunca supe su nombre, era El Innombrable). Otra vecina le dice a mi
abuela: “Qué desperdicio, Angela; tan buen mozo y no le gustan las mujeres”. Mi
abuela respondió: “No es un desperdicio, ¿o usted creía que la iba a cortejar?
Siempre es bueno que haya uno en la familia, si no, ¿quién cuidaría de los
viejos?” Sentí terror: sin que lo supiera me habían reservado un lugar en la
economía familiar.
Michel Foucault fue un homosexual
culposo, muy reprimido hasta que descubrió los saunas californianos. El sauna
constituyó un espacio de fantasía: entre sus muros era posible encontrar todos
los tipos de varones que la naturaleza ha creado y era posible también hacer
con ellos todo lo que se desease. Los límites eran pocos. No se trataba tanto
de limitar algún tipo de prácticas sexuales –siempre había un sauna que tenía
una cámara más íntima para hacer cualquier cosa– ni tampoco el problema era que
uno no encontrase partenaire (o grupo de partenaires) que estuviese dispuesto a
compartir su juego –siempre había muchos dispuestos para cualquier cosa, doy
fe–. Los límites del sauna tenían que ver con el anonimato: aunque a veces se
lo violaba (solía haber hombres que querían encontrarse con otros fuera del
sauna, tener con ellos otro tipo de relaciones), la norma era el anonimato
total. El anonimato era esencial para garantizar lo que el sauna ofrecía: sexo
puro, no contaminado por nada. En medio de las barrocas contradanzas que se
llevaban a cabo en ese laberinto de cámaras caldeadas y húmedas, Foucault
descubrió el sadomasoquismo.
Los sadomasoquistas pesados son una
minoría –incluso hasta los que posan de sadomasoquistas son bastante pocos–.
Foucault encontró en el juego violento del amo y del esclavo una forma de
superar la contradicción sociosexual del activo y el pasivo: en el
sadomasoquismo los roles suelen ser rotativos o, al menos, el amo depende tanto
del esclavo como este de aquel, hay un espacio en el que se borran las
diferencias instauradas por ese “quién domina a quién “. Foucault también dijo
que descubrió “en su cuerpo” que el dolor físico era una instancia más profunda
del goce. Todo lo que había pensado hasta entonces se iluminó cuando empezó a
dedicarse al sadomasoquismo. (Es sugestivo que en los estudios académicos
–especialmente en la Argentina– se lea a Foucault separado de su práctica
sexual. Los profesores de filosofía foucaultianos se agarran, como cristianos
del Evangelio, de una admonición del maestro: no leer una obra como reflejo de
una vida. Sin embargo, Foucault no dijo que proponía que dejaran de pensar; hay
formas más sutiles de relacionar vida y obra que la frigidez.)
En 13/20, una revista que estaba
dedicada a adolescentes, yo solía leer el consultorio en el que uno de esos
“especialistas argentinos” respondía dudas de los púberes sobre sexo. Los
chicos escribían cartas cargadas de un infinito pudor, de un temor terrible
porque no tenían a nadie entre sus relaciones a quién consultar. A los que
preguntaban si estaba bien debutar con una prostituta o con una chica a la que
no quisieran, el especialista les recomendaba que lo “mejor” era con alguien
que uno amara. Les “informaba” que se podía tener sexo sin amor, pero que no
era muy satisfactorio. Yo no sé si pudo sobrevivir alguno de los chicos que
dirigían sus preguntas a ese consultorio porque “temían” ser homosexuales y no
encontraban ninguna respuesta satisfactoria. Hay que tener un corazón de fuego
que hiele a todos de espanto para ser capaz de soportar tanta agresión.
En las tristes páginas que los
manuales escolares dedican a la educación sexual lo que se les informa a los
chicos es cómo se produce un embarazo (ni siquiera cómo se lo previene).
Reproducción, deseo y amor celestial: armas para convertir a un niño en un
marido. El sexo diseñado para los machos en la Argentina no tiene nada que ver
con el placer: es pura obligación.
La amistad antigua fue la más creativa
forma de encuentro entre varones. La amistad conjugaba afecto y erotismo:
amores intensos. Permitía alianzas poderosas. De la amistad nacieron nuevas
formas de reinventar la vida. Por eso la amistad ha sido tan perseguida desde
la Revolución Industrial: desde que el poder ha transformado a la vida en un
deber, el placer es acorralado (la única forma de erotismo admitida es la sexualidad,
el placer esclavizante).
La amistad antigua –que hasta el siglo
XVIII permitía expresar públicamente el amor a los muchachos– se fue apagando y
transformándose en el fantasma insepulto de lo que había sido. Además quedó
confinada a unos pocos ámbitos (las alianzas secretas que funcionan dentro de
las instituciones masculinas y que resultan incomprensibles fuera de ellas, las
cofradías barriales, laborales, estudiantiles) y algunos momentos precisos en
la vida de los hombres: mientras permanecen solteros o separados (los hombres
casados son “amigos” de otras parejas). Pero aun así sigue cargada de potencia
creadora: es una fuente de donde puede brotar el amor en medio del deber.
Foucault creía que en el futuro la
amistad podría llegar a ser una estrategia para escapar de la sexualización,
para reinventar la vida. Para mí, la amistad es la apuesta a la celebración del
mundo. Un amor no cristiano.
Platón tenía razón: la belleza es la
imagen sensible de la sabiduría. Es por medio del amor a los cuerpos bellos que
alcanzamos a entender algo. Si no pudiésemos contemplar a los muchachos de los
gimnasios atenienses, viviríamos en la bruma de la ignorancia hasta la muerte.
Pero mi deseo no se alimenta sólo de hombres bellos: a mí me gustan todos. Soy
como Dios (al menos, como un dios griego que ama el lado viril del universo):
veo en cada cosa aquello que puede salvarla.
Conocí el encuentro furtivo, en el
baldío barrial, en el zaguán de Palermo Viejo, en las escaleras de un edificio
de oficinas, en un par de ascensores y en algunos baños públicos –no en muchos
porque no es mi estilo–. Conocí relaciones que duraban horas, días erectos, una
especie de tantra-yoga autodidacta. Conocí todos los secretos del amor
sofisticado, austrohúngaro, de ese erotismo que creo que Tom Cruise también
conoce (al menos por su actuación en Ojos bien cerrados, donde se lanza a la búsqueda de
perversiones que ni él mismo sospecha).
La belleza me convoca con tanta fuerza
que me deja exhausto; llega a dolerme. Como dice Lucrecio que le pasa al
sediento en un sueño, que por más que beba de una fuente inagotable la sed no
cesa, así de desamparado me siento frente a la belleza: deseo incorporarla,
participar de ella. El verano es atroz, los cuerpos semidesnudos pueblan las
calles, las plazas, las playas. Esos ojos hermosos, ese lunar en el hombro, ese
pecho sólido: la juventud hermosa tiene privilegios que ninguna ley puede
acotar. Por suerte, existe la voz: no sólo en las banalidades del discurso hay
un espacio para calmar el deseo, sino también en los tonos. A veces un tono me
salvó de morir de belleza.
Estoy esperando un colectivo y veo
cruzar a un muchacho. Lo miro y no lo creo: es perfecto. Se para al lado mío.
Lo siento ahí. No hace falta mirarlo para sufrirlo. El ni se da cuenta de nada:
los jóvenes bellos viven en una especie de limbo del que se despiertan ya
viejos y cansados (a los baby-face les va peor: después de los 40
todos se transforman en la abuela de Caperucita Roja: Paul McCartney, por
ejemplo). El colectivo tarda y yo giro cada tanto la cabeza para verlo y vuelve
a agitarse mi respiración. De pronto saca el teléfono celular de su cintura y
llama a alguien. Tiene una voz que me recuerda a la de Niní Marshall cuando
interpretaba a Catita. Esa voz lo vuelve terrenal, tan terrenal que se
transforma en barro. (Recuerdo un verso profético de Baudelaire: “Sé bella y
cállate”.)
Lutero tenía razón: la única manera de
alejar el pecado es entregándose íntegramente a él. Peca
fortiter (peca con
fuerza, en latín). El deseo es terrible; su agitada luz nos convoca con una
potencia que estremece. Hay veces que deseamos no desear, pero estamos
condenados a vivir (a desear). En la primavera democrática del 84 al 86 hice el
amor varias veces al día, casi cada día: en esos más de mil días conocí también
a más de mil hombres. Apenas salía a la calle aparecía una nueva oportunidad
erótica irrechazable. Y yo no la rechazaba. La carne es débil.
Era un vértigo como no recuerdo otro
(sólo comparable con los recorridos por los saunas brasileños de la época
anterior al estallido del sida). De tanto hacer el amor, llegó un momento en
que empecé a sentirme vacío. Alcancé un estado que creía imposible: el deseo no
desapareció, pero dejó de desear, de herirme con sus urgencias. Era una
experiencia extraña, parecida a la que los budistas adjudican al Nirvana: ese
fin del deseo que es necesario para acceder a la iluminación, al estado
perfecto. Pero no era un Nirvana real, completo ni permanente. Era un Nirvana
de bolsillo, portátil, que duró mientras hubo saciedad sexual. Apenas el aleteo
de una mariposa.
Fue un momento maravilloso, quizá
irrepetible, en el que no hacía falta que nada tuviera sentido. Fue una época
celestial: yo sentí que me había liberado de ese deseo perverso que nos lleva a
obligar al mundo a nos dé una excusa para que nos dignemos vivir. Ese vacío que
alcancé gracias al placer sexual no fue una experiencia nihilista: fue el
instante de la lucidez.
(Esta nota fue publicad por la revista
Latido hace casi 15 años)
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