“Ver el mundo en blanco y negro nos aleja de la moderación y de la paz interior porque la vida, por donde se mira, está compuesta de matices.

Querer imponer al universo nuestra primitiva mentalidad binaria no deja de ser un acto de arrogancia y estupidez.”

Walter Riso.

sábado, 4 de mayo de 2013

Manos abiertas y en paz.




El conflicto es parte de la vida humana. Nos posicionamos de diversas maneras ante los conflictos. A veces intentamos ocultarlos, minimizarlos o negar su existencia. En ocasiones, tratamos de resolver el conflicto de manera autoritaria, sin diálogo, sin escuchar, sin comprender todas las posiciones implicadas, preocupados solamente por preservar nuestros intereses y privilegios. Pero ni la negación, ni la imposición resolverán verdaderamente el conflicto, solo lo postergarán y harán crecer sus consecuencias negativas.

Dos frases de Mahatma Gandhi me vienen a la mente: “Con el puño cerrado no se puede intercambiar un apretón de manos” y “No hay camino para la paz, la paz es el camino”. 

El texto que leemos hoy en el libro de los Hechos, capítulo 15, 1-35, nos habla de un conflicto en el seno de las primeras comunidades cristianas, y también nos cuenta cómo lo enfrentaron y lo resolvieron. Fue una experiencia, como veremos, donde el apretón de manos y el espíritu de la paz prevalecieron sobre la negación y la imposición como salidas al conflicto. 

El texto narra los acontecimientos relacionados con el primer concilio de la historia de la iglesia del que se tenga noticia. Este concilio tuvo lugar en Jerusalén y había sido motivado por un conflicto que había surgido entre cristianos de la iglesia de Jerusalén y de la iglesia de Antioquía de Siria. 

El texto refiere que algunos miembros de la iglesia de Jerusalén llegaron a Antioquía y enseñaban a los cristianos de aquella ciudad que debían circuncidarse conforme a la ley de Moisés para que pudieran ser salvos.
Es importante recordar de antemano una diferencia importante entre la iglesia de Jerusalén y la iglesia de Antioquía de Siria. En la iglesia de Jerusalén, había muchos creyentes provenientes del judaísmo que se habían convertido a la fe cristiana. Incluso algunos de ellos continuaban perteneciendo al partido de los fariseos. En la iglesia de Antioquía, en cambio, la mayoría de sus miembros provenían del mundo no judío, eran gentiles. Y esto era el resultado de una de las características más destacadas de aquella comunidad: su trabajo misionero entre los no judíos.

El libro de los Hechos nos ofrece un importante testimonio sobre la existencia de una diversidad de pensamiento y modos de interpretar el evangelio de Jesucristo ya presente en los mismos inicios de la iglesia. Uno de los temas más candentes de aquel momento era justamente cómo comprender la misión de Jesús en cuanto a su mensaje y sus destinatarios. ¿Jesús había anunciado el reino de Dios exclusivamente para el pueblo de Israel? ¿Lo había anunciado, en primer lugar, para el pueblo de Israel y abriéndolo también para quienes no son judíos? ¿Lo había anunciado desde una perspectiva universal, donde tanto judíos como gentiles tuvieran la posibilidad de recibir la buena noticia del evangelio?

La respuesta no es tan clara como solemos pensar. Cuando leemos los evangelios, notamos en ellos esta diversidad de posiciones. En algunos pasajes, Jesús indica que su proclamación está dirigida primeramente “a la casa perdida de Israel”. El pasaje que mejor ilustra esta inclinación preferencial por los judíos es cuando Jesús dice a la mujer sirofenicia, aquella que le había pedido que expulsara al demonio del cuerpo de su hija, que debía dejar que primero se saciaran los hijos, esto es, Israel, porque no estaba bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros, esto es, los gentiles. 

Pero tenemos otros pasajes, como el de la mujer samaritana o la parábola del buen samaritano, donde el mensaje se abre a quienes no son judíos, y algo más que eso, los textos cuestionan la idea de que el mensaje del reino fuese privilegio del pueblo judío y llegan a sugerir incluso que personas no judías reciben con mayor agrado y ofrecen un mejor testimonio del mensaje del reino. 

Recordemos que cuando se celebró este concilio en Jerusalén, ningún evangelio había sido escrito. Posiblemente Pablo no habría escrito ninguna de sus cartas. Así que la celebración de este concilio nos ubica en un momento de mucha riqueza en el debate donde se estaban definiendo los modos en que se comprendía el mensaje del evangelio, tanto en su contenido como en sus posibles destinatarios.

Así que cuando estos hermanos de Jerusalén llegaron a la iglesia de Antioquía enseñando que los cristianos de aquella congregación, provenientes del mundo gentil, debían circuncidarse para ser salvos, Pablo Y Bernabé sostuvieron fuertes discusiones con ellos. A partir de esta situación, Pablo y Bernabé son enviados a la iglesia de Jerusalén para tratar el asunto con los apóstoles y ancianos de aquella comunidad. Al llegar a Jerusalén, son recibidos por la iglesia, los apóstoles y los ancianos. Entonces Pablo y Bernabé contaron las grandes experiencias que ellos estaban viviendo con el anuncio del evangelio a judíos y no judíos. 

En los capítulos anteriores a este suceso del concilio, el libro de los Hechos nos cuenta los pormenores del primer viaje misionero de Pablo y Bernabé, enviados por la iglesia de Antioquía, para anunciar el evangelio en la isla de Chipre y en varias ciudades de las regiones del Asia Menor, Galacia y Capadocia.

Cuando ellos terminaron de dar su testimonio, algunos del partido fariseo convertidos a la fe cristiana, reiteraron la necesidad de que los gentiles convertidos al evangelio debían circuncidarse y obedecer la ley de Moisés. Entonces comenzó el debate. 

Algunos apóstoles tomaron la palabra. Pedro dio testimonio de cómo él también había sido enviado a predicar a los gentiles y cómo el Espíritu Santo había sido derramado sobre ellos también. Pedro ofreció otro argumento de mucho valor preguntando a la asamblea por qué tendrían que imponer sobre los hermanos de Antioquia una carga que ni ellos mismos en Jerusalén serían capaces de llevar, como tampoco sus propios padres fueron capaces de llevar. Esto sería, en el criterio del apóstol, tentar a Dios. Termina Pedro su intervención afirmando que la salvación es por medio de la gracia de Dios manifestada en Jesús.

Bernabé y Pablo tomaron nuevamente la palabra y continuaron dando testimonio del trabajo misionero entre los gentiles. Entonces llegó el turno del apóstol Jacobo, quien hizo referencia al Antiguo Testamento, recordando que en el mensaje de los profetas ya aparecía esta apertura de la salvación de Dios para todos los pueblos y naciones. Jacobo recomienda a la asamblea no incomodar a los hermanos de Antioquía y escribirles una carta con algunas recomendaciones. Pareció bien esta propuesta a los hermanos de la congregación de Jerusalén, a los apóstoles y a los ancianos y decidieron enviar a dos líderes de la congregación que llevaran la carta en compañía de Pablo y Bernabé.

Vale la pena recordar el contenido de la carta: “Los apóstoles y los ancianos, y los hermanos, a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia, salud. Por cuanto hemos oído que algunos que han salido de nuestra comunidad, a los cuales no enviamos, los han inquietado con palabras, perturbando vuestras almas, mandando circuncidar y guardar la ley, nos ha parecido bien, habiendo llegado a un acuerdo, elegir hermanos y enviarlos a ustedes con Bernabé y Pablo, hombres que han expuesto su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Así que enviamos a Judas y a Silas, los cuales les darán este mensaje con sus propias palabras. Porque ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros, no imponerles ninguna carga más que estas cosas necesarias, que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación. Harán bien en guardar estas cosas. Pásenlo bien”. 

Viajó entonces este grupo hacia Antioquía y al llegar reunieron a la comunidad de aquel lugar y leyeron la carta, y ellos se alegraron mucho con aquel mensaje, pues sintieron consuelo. Judas y Silas, los visitantes de Jerusalén, consolaron y confirmaron a los hermanos de Antioquía con muchas palabras. Pasado algún tiempo, fueron despedidos en paz y volvieron a Jerusalén, aunque Silas permaneció en Antioquía. Silas será incluso el compañero de Pablo en su segundo viaje misionero.

Este hermoso y esperanzador pasaje nos deja muchas enseñanzas para nuestra vida en comunidad y para aquellos momentos en que enfrentamos algún tipo de conflicto. Nos propone, por ejemplo, algunos pasos a seguir en el tratamiento y resolución de un conflicto. Veamos estos pasos: 1) Reconocieron e identificaron el problema, no lo negaron ni lo escondieron, solo así se pudieron trabajar para resolverlo. 2) Establecieron un proceso para resolverlo, decidieron primero el proceso a seguir, antes de tocar el tema. 3) Abrieron un espacio que permitía que las diferentes perspectivas se expusieran. Fue un proceso que buscaba escuchar a todos, un proceso inclusivo, no exclusivo. 4) Callaron y escucharon, para escuchar a Dios buscaron escucharse los unos a los otros. 5) Hicieron uso de los dones en su medio. Algunos sabían resumir, otros comprender la profundidad del asunto, otros conectar el presente con el pasado, otros planear para el futuro, otro consolar y animar. 6) Llegaron a una solución aceptable para todos, basada en la nueva luz que Dios arrojó sobre el problema.

El énfasis en la presencia y conducción del Espíritu Santo en todo el proceso es importante en el texto. En dos ocasiones se menciona, una para recordar que el Espíritu también había sido dado a los no judíos; la otra para afirmar que la decisión tomada incluía el parecer del Espíritu Santo. Esto aparece resumido en una frase de aquella carta que fue enviada a la iglesia de Antioquía: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponerles ninguna carga”. El libro de los Hechos concede un lugar central y decisivo al Espíritu Santo, como aquel que guía a la iglesia en el desarrollo de su misión. Es el cumplimiento de lo prometido por Jesús en el evangelio de Juan: “El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que yo les he dicho. La paz les dejo, mi paz les doy; yo no se la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”.

El concilio de Jerusalén fue también una historia de paz. En paz, en respeto, y en obediencia se trataron los asuntos, se escucharon los criterios, y se tomaron las decisiones. En paz fueron enviados los hermanos a la iglesia de Antioquía, y allí ellos consolaron y afirmaron a aquella comunidad. Y en paz fueron despedidos para regresar. Esta sería una señal de la presencia del amor, la paz y el espíritu de Jesús en medio de su iglesia. Como iglesia de Jesucristo, necesitamos aprender, una y otra vez, a tratar nuestros conflictos en paz, de manera que los resultados no solo traigan la solución necesaria sino que nos deje fortalecidos por el aliento esperanzador y consolador de la paz. Eso es parte esencial de nuestro testimonio de paz a un mundo lastimado por conflictos y enfrentamientos que parecen no terminar jamás. 

Mis hermanos y hermanas, el conflicto que motivó aquel concilio en Jerusalén, no fue una amenaza sino una oportunidad para escuchar a Dios y cuidar de la vida y la salud integral de la comunidad. Dios se manifiesta en los momentos de conflicto y nos ayuda a superar errores y prejuicios, nos ayuda a crecer como personas y creyentes. Para ellos es importante que estemos en disposición de escucharnos, comprendernos y ayudarnos, buscando juntos las soluciones a los conflictos. 

Como iglesia es importante que veamos el conflicto y la diversidad como algo que ocurre en la vida congregacional: no le tengamos miedo. Permitámonos expresar nuestras diferencias, no las escondamos. Enfrentar y manejar el conflicto es necesario para la vida sana de la comunidad. Dios habla a su pueblo por medio de su pueblo. Necesitamos aprender a escuchar sobre todo cuando las discusiones son fuertes. 

Escuchar proféticamente significa que podemos escuchar de tal manera que la otra persona pueda encontrar la forma para expresar mejor su profunda comprensión de lo que Dios le está diciendo. Hay que aprender a escuchar proféticamente antes de hablar proféticamente. La actitud de escuchar puede lograr cosas que el hablar nunca podría.

El pecado entra en momentos de conflicto cuando: abusamos de otros como instrumentos para alcanzar nuestros propósitos; pasamos sobre ellos como si no importaran, rechazamos hablar con ellos, rechazamos sus ideas sin ninguna consideración; cuando juzgamos a Dios con la pretensión de que somos los únicos que tenemos la verdad, como si supiésemos todos los motivos del otro y lo pudiésemos juzgar. El pecado entra por las malas actitudes que tenemos hacia los demás, no por las diferencias que tenemos o por la presencia de un conflicto.

El conflicto forma parte de la realidad dinámica de los seres humanos. La unidad que se construye a costa de suprimir la diversidad o de esconder los conflictos es una actitud superficial y peligrosa. Las congregaciones más dinámicas y saludables son las que permiten que el conflicto se manifieste abiertamente para manejarlo productivamente. 

Que el Espíritu de Dios nos ayude y acompañe para que podamos, como comunidad de fe, como familias, como testigos del evangelio en nuestra sociedad, enfrentar los conflictos con paz, con sabiduría, con determinación y con humildad.

 Amén.

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