“Ver el mundo en blanco y negro nos aleja de la moderación y de la paz interior porque la vida, por donde se mira, está compuesta de matices.

Querer imponer al universo nuestra primitiva mentalidad binaria no deja de ser un acto de arrogancia y estupidez.”

Walter Riso.

jueves, 26 de marzo de 2015

IDENTIDAD CRISTIANA Y LA EPIDEMIA DEL VIH Y SIDA.


Introducción.

La epidemia del vih y del sida ha puesto de manifiesto conductas, identidades sexuales, prácticas sociales que muchas y muchos hubieran querido mantener en un espacio privado y confidencial. Esa revelación ha puesto en movimiento prejuicios y miedos que fundamentaron estigmas y exclusiones. Pero esta crisis del vih y del sida también ha puesto de manifiesto la identidad de las comunidades cristianas. Esta identidad se ha reflejado en la construcción de diversos mensajes, discursos y acciones pastorales en su relación con los grupos en situación de vulnerabilidad a la epidemia.

Mirada bifocal

El gran desafío que tienen hoy las comunidades de fe es relacionar las afirmaciones confesionales básicas con su diálogo con los diversos grupos vulnerables al vih. Cuando hablamos de grupos vulnerables estamos nombrando específicamente a poblaciones que han debido vivir en la invisibilidad dentro de las iglesias o que al manifestarse han escuchado mensajes de condena y exclusión. En el contexto de esta epidemia debemos hacer un esfuerzo de considerar cómo y de qué forma anunciamos esa identidad  confesional en este contexto.

Las iglesias de la comunión luterana tienen en su fundamento una mirada bifocal de Dios, de la naturaleza humana y de la convivencia social que hacen a su identidad. Somos esas iglesias que saben distinguir claramente sin separar. El gran problema es cuando no se tiene asumida esa metodología y volvemos a mezclar y confundir aquello que debe mantenerse diferenciado en su naturaleza y en sus objetivos.

Permanentemente en la reflexión teológica pero también pastoral distinguimos entre ley y las promesas del Evangelio; entre las personas plenamente justificadas por Dios pero aun radicalmente pecadoras; distinguimos aquello que hace al núcleo del Reino de Dios donde nos movemos a partir de la revelación separando de aquello que pertenece al Reino Secular donde utilizamos la razón como herramienta interpretativa. Hacemos una precisa distinción entre fe como centro de nuestro compromiso con Jesucristo y las obras humanas que nacen de la caridad y que buscan la justicia para todos y todas.

Ley y Evangelio en la acción pastoral

Muchas comunidades cristianas al inicio de la epidemia del vih y del sida y muchas de ellas aún hoy, continúan anunciando a las personas que viven con el virus la ley sin promesa. He escuchado a algunos pastores de nuestra comunión pedir que volvamos a predicar el sexto mandamiento, aquel relacionado con la fornicación, como si el cumplimiento de ese mandamiento nos reconciliara frente a Dios. La epidemia del vih ha demostrado que tenemos un problema hermenéutico, es decir, que aquello que estamos debatiendo en nuestras comunidades no es la situación de las `personas y de los grupos en situación de vulnerabilidad al vih y al sida, sino nuestra forma de comprender la naturaleza de Dios, de la acción redentora de Jesús de Nazaret y de la inclusividad de la mesa eucarística, que hace a la identidad de la comunidad cristiana. Estamos debatiendo la forma de leer las Escrituras.

Muchos y muchas se sentirán decepcionados de este escrito porque esperarían encontrar en él información médica que hable sobre la naturaleza del virus, las formas de transmisión de la enfermedad y las formas en que se puede prevenir. Esperarían que hablara de preservativos, monogamia y fidelidad de pareja. Pero la epidemia del vih nos ha mostrado que la crisis no está ubicada en esa información médica y de educación para la prevención sino que el problema está en nuestra forma de comprender nuestra identidad cristiana.

Al anunciar la ley tenemos un claro objetivo sumamente democrático. Los mandamientos y los consejos evangélicos tienen como meta que todas y todos por igual y de la misma forma. seamos conscientes que hemos desobedecido la voluntad de Dios. El anuncio de la ley y los mandamientos no tiene finalidad alcanzar a un grupo destinatario específico sino el de ayudarnos a comprender nuestra propia e irremediable necesidad de la acción reconciliadora de Jesucristo. Al mirarnos nosotros mismos en el espejo que nos presentan los mandamientos y la ley descubrimos que todos y todas somos exactamente iguales ante Dios. Nadie tiene un poco más de méritos o de obediencia que otros y otras. Si alguien se jactara de su cumplimiento de uno solo de los mandamientos en voluntad y acción, estaría simple y llanamente haciendo que la misión de Jesús de Nazaret sea totalmente inútil e innecesaria,  porque entonces la reconciliación con Dios se haría por medio  del cumplimiento de un mandamiento y no por la fe en el único mediador entre todos nosotros y nosotras y nuestro Creador y Santificador.

Las personas no se justifican delante de Dios ni por la fidelidad conyugal, ni por la monogamia, que se ha transformado en un nuevo dogma salvador, ni por el uso del preservativo. Las personas se relacionan con Dios y con la acción de Jesucristo por la sola fe. Este es el núcleo de nuestro anuncio y para ello nos ayuda la ley. ¡Qué importante es tener en mente este uso de la Ley con relación a Dios cuando caminamos junto a las personas que viven con vih y con sida! Es este anuncio el que nos permite compartir la misma mesa eucarística, partir el mismo pan y beber de la misma copa. Repito literalmente: ¡comer del mismo pan y beber de la misma copa! Nuestro Creador y Santificador nos llama a todas y a todos por igual a vivir democráticamente bajo la ley para comprender mejor la radicalidad y la inclusividad de las promesas y la magnitud del Evangelio.

La Inclusividad de la comunidad cristiana

En esta perspectiva bifocal siempre tenemos que distinguir la forma en que estamos llamados a mirarnos delante de Dios (la Ley) y la forma en que Dios nos mira a través de Jesucristo (la promesa del Evangelio) Ese es el fundamento de nuestra inclusividad porque todos estamos llamados a mirarnos con la perspectiva de la Ley que nos hace a todos y todas iguales delante de Dios, y a dejarnos mirar por Dios desde las promesas del Evangelio. Desde esta mirada del es como hoy podemos construir una acción pastoral, una promoción de derechos y una acción de inclusión de las personas que viven con vih y con sida. Esta inclusividad no se construye desde la tolerancia o de la benevolencia sino que forma parte del núcleo de nuestra identidad cristiana.

Es necesario recordar que Jesús de Nazaret llega a la cruz por su coherencia de comunión con todos los grupos en riesgo de estigma y exclusión. Frente a las normas de los grupos que se sentían dueño de las ortodoxias teológicas y pastorales, donde la el cumplimiento de la Ley creaba categorías de prestigio, santidad y pureza, las mesas de Jesús eran un desafío a esos criterios. Su comer con personas consideradas totalmente impuras litúrgicamente como los leprosos, impuras por sus conductas (las personas en situación de prostitución) marcaron el camino de la cruz. Hoy nuevamente nuestro compromiso con las personas que viven con vih y con sida se vive a la sombra de esa misma cruz y en el desafío a criterios de justificación, santidad y pureza que nada tienen que ver con la acción niveladora de la Ley ni con las promesas de inclusión del Evangelio

Frente a nuestros hermanos y hermanas:

Esa distinción forma parte del núcleo del Reino de Dios pero nosotros y nosotras nos movemos por ahora en el Reino Secular. Allí nos movemos desde el amor que nace de la fe y que siempre busca la justicia y el respeto que le devuelve a las personas que viven con vih y con sida las dignidades perdidas y heridas por la sociedad y por la iglesia. Con Dios nos relacionamos a través de la aceptación en fe del camino que nos revela Jesús de Nazaret y solamente por ese camino llegamos a la reconciliación con el Creador y Santificador. Con los hermanos y hermanas nos relacionamos a través del amor que busca justicia y calidad de vida. Es por ello que nuestra conducta en este espacio siempre se renueva de acuerdo a nuevas situaciones, nuevos datos aportados por las ciencias y la razón. Aquí no existe más que un dogma revelado: todos los seres humanos son creados a imagen y semejanza de Dios y ese es el fundamento común de nuestro compromiso con los derechos humanos y en nuestra defensa total de las dignidades de todas y cada uno de las personas que viven con vih y con sida. Esa es nuestra identidad y esa es la naturaleza de nuestro Dios. Ese es nuestro bautismo y esa es nuestra mesa eucarística. La epidemia del vih y del sida nos llama a ser comunidad en verdad y en acción.

Pastor Lisandro Orlov
Pastoral Ecuménica VIH-SIDA
Buenos Aires. Argentina.

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