“Ver el mundo en blanco y negro nos aleja de la moderación y de la paz interior porque la vida, por donde se mira, está compuesta de matices.

Querer imponer al universo nuestra primitiva mentalidad binaria no deja de ser un acto de arrogancia y estupidez.”

Walter Riso.

domingo, 5 de junio de 2011

Dominación, poder y educación.


Un educador no tiene el sentido del fracaso, precisamente

porque se cree un maestro. Quien enseña manda.

GASTÓN BACHELARD.

Hay una frase clave de Foucault que reza: “la historia de las luchas por el poder y en consecuencia las condiciones reales de su ejercicio y de su sostenimiento, sigue estando casi totalmente oculta”, y es que el poder –su ejercicio– es algo más complejo que la mera acción emprendida por alguien investido de poder sobre quienes tienen por designio el deber de obedecer. A esto hay que agregarle, según el mismo pensador, que “el poder es algo que la

clases dominantes abandonan menos fácilmente e intentan recuperar más que nada, por lo que precisan de una serie de discursos productores de verdad que justifican cierto ejercicio del poder”.

Las clases dominantes han estado ocupadas en legitimar relaciones de poder por medio de mecanismos discursivos y prácticas morales que elogian lo normal, lo bueno, lo correcto, lo verdadero; el efecto inmediato de esta orientación moralizada de la sociedad ha provocado que perdamos de vista en qué consiste el ejercicio tiránico del poder.

En la moralización de la sociedad han jugado un papel sumamente importante los discursos intelectuales, la implacable y escrupulosa religión judeocristiana, pero sobre todo –y para escándalo de la moderna metodología pedagógica– la educación escolarizada. Por poner algunos ejemplos, la justificación de cierto ejercicio del poder se hace patente en el discurso socio–histórico; los historiadores y los científicos sociales están más ocupados en la construcción

de discursos apologéticos, serviles, útiles, inofensivos; pero impregnados de una gran objetividad y de una aparente desinteresada moral en la que cierto orden del discurso normatiza, reglamenta y seduce a los lectores de las historias oficiales.

Al respecto dice Foucault:

“Se hace la historia del derecho, se hace la historia de la economía, pero la historia de la justicia, de la práctica judicial, de aquello que ha sido en realidad el sistema penal, de lo que han sido los sistemas de represión, de eso raramente se habla”.

La moral social, por su parte, ha hecho efectiva aquella inversión de los valores morales de la que nos habla Nietzsche a través de la moralización a outrance que se ha propuesto la religión judeocristiana. Finalmente, la escuela ha posibilitado la infiltración y reproducción de esos valores invertidos –en los que lo malo ahora es bueno, lo justo injusto y viceversa– a través de estrategias educativas en las que importa más la constitución de individuos bondadosos, obedientes y aplicados –que significa la diligente aplicación de lo dispuesto por el gran Otro llamado sociedad– y no el reconocimiento de los alumnos como sujetos.

Uno de los grandes méritos de Michel Foucault ha sido hablar del poder como ejercicio, del poder que se ejerce en los núcleos más inmediatos y próximos, de ese poder que nos alcanza a todos con sus múltiples brazos como una hidra moderna, de ese poder en su forma capilar, microscópica, que igual se ejerce en la cárcel que en la escuela, en la iglesia que en el consultorio.

Echando mano a la genealogía, Foucault ha realizado el análisis de algunos de los núcleos modernos en donde o desde donde se ejerce o aparece de modo expreso –por no decir de manera más violenta– el poder autoritario, a saber, la prisión, el hospital psiquiátrico, la escuela. Paradójicamente esos lugares han estado ligados, desde su moderna conformación, a un proyecto de transformación y emancipación de los individuos. El proyecto de la liberación humana trazado desde la Ilustración nos ha presentado a la escuela y a las otras instituciones como los instrumentos para la final y definitiva liberación del hombre. El saber académico como condición de posibilidad de construir un saber que le permitiera a los individuos liberarse de los dogmas, las creencias y la superstición; la prisión como espacio estratégico para la transformación de los criminales en gente honrada, sociable; el hospital psiquiátrico como lugar propicio para maniobrar y reclutar a los hombres presos del delirio o de la demencia para, desde ahí, proyectar una cura o rehabilitación indispensable para que los sujetos se reintegren a las tareas productivas.

En contrapartida Foucault ha considerado que esas Instituciones, desde sus comienzos, más que estar ligadas a un proyecto de transformación social, se han definido como instrumentos sumamente perfeccionados para actuar con precisión sobre los individuos mediante una moralización rigurosa, un discurso ordenado, explicativo, sumamente peligroso; en donde se tiene como cómplice a un modelo de psiquismo que separa lo normal de lo patológico. En suma, se ha recreado una moral en la que se le exige al sujeto (alma pedagogizada) que diga la verdad que únicamente él puede detentar a fin de alcanzar una educación totalmente científica.

A más de dos siglos del inicio e institución de prácticas ilustradas habría que preguntar nuevamente junto con Max Horkheimer y Theodor Adorno “¿por qué la humanidad, en lugar de entrar a un estado verdaderamente humano, ha desembocado en un nuevo género de barbarie?” Y para nuestro caso ¿por qué la educación, en lugar de consolidarse como un proyecto de emancipación ha devenido en una estrategia de dominación? Aunque las relaciones de poder no definen necesariamente estados de dominación, lo cierto es que las modernas instituciones –entre ellas la propia escuela– se han encargado de así hacérselo entender a los sujetos; y aunque en la mayoría de las relaciones humanas se imbrica un “haz de relaciones de poder que pueden ejercerse sobre individuos, en el interior de una familia, en una relación pedagógica, en el cuerpo político, etc.”;3 este ejercicio del poder no debe confundirse con un mecanismo de dominación. Para aclarar el malentendido o confusión entre poder y dominación, o entre la apropiación exclusiva del poder que ha hecho el Estado, los gobiernos, las clases dominantes, etc., el propio Michel Foucault ha sido contundente al señalar que lo cierto es que:

“Cuando se habla de poder, la gente piensa inmediatamente en una estructura política, en un gobierno, en una clase social dominante, en el señor frente al esclavo, etc. Pero no es en esto en lo que yo pienso cuando hablo de relaciones de poder. Me refiero a que en las relaciones humanas, sean cuales sean –ya se trate de una comunicación verbal como en la que estamos teniendo ahora, o de relaciones amorosas, instituciones sociales o económicas– el poder está siempre presente: me refiero a cualquier tipo de relación en la que uno intente dirigir la conducta del otro”.

Al decir que las relaciones de poder son móviles, reversibles e inestables, que exigen cierto grado de libertad de los sujetos, pero además posibilidades de resistencia, Foucault desmitifica al poder como poder exclusivamente político o autoritario. El hecho de que cada lucha se desarrolle alrededor de un centro particular del poder demuestra que éste se ejerce en todas partes y que no es un ejercicio exclusivo del Estado, sus instituciones y el gobierno, como lo han hecho creer algunos incomodados marxistas. Lo que sí ha sucedido en realidad es que el Estado moderno ha posibilitado que las relaciones de poder se encuentren bloqueadas, fijas, estables, fosilizadas, lo que ha traído como consecuencia que éstas se hayan convertido en estados de dominación. De ahí que las relaciones de poder que se suscitan entre individuos, entre los integrantes de la familia, la escuela, en la relación médico–paciente, etc., hayan pasado en ciertas maneras inadvertidas. Como resultado de ello ha surgido el abuso, es decir, se han depurado una serie de mecanismos por medio de los cuales algunos sujetos, aprovechando la ignorancia o aparente impercepción de un ejercicio de poder que ha devenido autoritario, imponen sus fantasías, apetitos y deseos sobre los otros –llámense estos otros, pacientes, alumnos, cónyuges, gobernados–, en los que las prácticas de libertad simplemente no existen o existen de modo muy limitado. En estos estados de dominación las relaciones de poder son fijas y disimétricas, con un margen de libertad extremadamente reducido. Cualquier sujeto, bajo el pretexto de que el poder es exclusivo de las clases dominantes, puede ejercer un poder autoritario sobre otros sin que él mismo pertenezca a las clases dominantes. De modo consciente o inconsciente justifica algún tipo de dominación –económica, social, institucional o sexual– invisible quizá, pero no por ello menos peligrosa.

El asunto es que no hay sociedades sin relaciones de poder. Las relaciones de poder son estratégicas, conforman mecanismos mediante los cuales los individuos tratan de conducir o determinar la conducta de los otros. Como hemos venido mencionando hay relaciones de poder en las expediciones amorosas o sexuales, en las prácticas pedagógicas y en las relaciones

familiares. De ahí que existe un verdadero espíritu de cambio en el conocimiento, en la enuncia y en la exclusión de las prácticas cuyos efectos de dominación pueden conducir a que un sujeto sea sometido a la autoridad arbitraria e inútil del maestro, del amante o del gobernante; no así en aquellas acciones parapetadas en una simulada ayuda desinteresada que promueven los mismos sujetos que ejercen un poder autoritario. En otras palabras, no hay un espíritu verdaderamente revolucionario que crea en la idea absurda de disolver las relaciones de poder autoritario a través de acciones caritativas y de una filantropía conveniente pero igualmente sospechosa. De lo que se trata, dice el filósofo francés es de “procurarse las reglas de derecho, las técnicas de gestión y también la moral, el ethos, la práctica de sí, que permitan jugar, en estos juegos de poder, con el mínimo posible de dominación”.

El problema radica más en saber cómo se va a evitar que en las relaciones médicas, pedagógicas, amorosas, etc. se vaya paulatinamente afianzando un poder autoritario disfrazado de ayuda desinteresada. En El sujeto y el poder, Foucault ha discurrido ya a propósito de los diversos mecanismos mediante los cuales se objetiva a los sujetos y los modos como un ser humano se convierte en un sujeto sujetado. La cultura moderna –de la que, indudablemente somos herederos– se ha caracterizado por fomentar el desarrollo de los modos de objetivación por medio de los cuales se concibe a un ser humano como un mero objeto. ¿Significa esto que las sociedades modernas se han caracterizado por ser el sitio y el tiempo propicio para el aumento de la presión social y la emergencia de una manifestación delirante del poder sobre los individuos que son finalmente sujetos objetivados como sujetos productivos, pedagogizados y finalmente domeñados?

Si atendemos a uno de los significados de la palabra presión, nos damos cuenta que ésta denota, ante todo, una fuerza que se ejerce sobre algo. Antes del desarrollo y depuración de los procesos de objetivación de los sujetos implementada en la modernidad, podemos encontrar la existencia de una presión parcial sobre los sujetos, es decir, una fuerza que actuaba sobre la superficie individual de una manera perpendicular y fragmentaria. Este modo particular de presión se dirigía particularmente a ciertas zonas del cuerpo consideradas como “bajas” o “innobles” y daba pie a una moral social y una educación académica dirigida o a expensas de lo que Foucault ha llamado el viejo o tradicional poder pastoral. Nuestras modernas instituciones sociales han

heredado de ese viejo poder pastoral los modos de dominación, es más, los han depurado, adaptado o disfrazado bajo el histrión de un altruismo generoso dirigido a las grandes masas que han de ser educadas, sanadas e incorporadas al vertiginoso avance de la sociedad. En palabras de Foucault: “todas las formas de represión actuales, que son múltiples, se totalizan fácilmente desde el punto de vista del poder: la represión racista contra los inmigrados, la represión en las fábricas, la represión en la enseñanza, la represión contra los jóvenes en general”.

La emergencia de un modo de producción –el capitalismo– la formulación de una filosofía y una psicología del yo, así como de una moderna educación escolarizada, masiva, moralizada, han sido determinantes para la reducción de la resistencia de los sujetos, para el adiestramiento de sus afectos y para la sujeción de sus apetitos. En la mayoría de los casos la tarea del intelectual y del educador ha sido totalizadora, una lucha absurda contra el poder visible y

una aceptación pasiva, casi egiptizada, del poder invisible e insidioso que lo envuelve, lo atrapa, lo hace amo del discurso o de un pequeño espacio de la escuela desde donde sigue dictando las bondades de la ciencia, la verdad y la bondad.

Pero no se piense que en este proceso de organización y constitución de los sujetos llevado a cabo desde las instituciones más nobles que han consolidado las sociedades modernas –la escuela, el hospital, la cárcel– se ha realizado sin la colaboración de los sujetos que sufren las crueldades del poder autoritario; éstas sólo han contribuido a interiorizar los mecanismos sociales de dominación o presión; la presión se ha convertido, gracias a ellas, en re–presión, en una fuerza redoblada e interior. Para nadie es un secreto que un alma pedagogizada es aquella que ha sabido aplicarse en la interiorización temprana de orden represivo social exterior. Educadores, médicos, sacerdotes y dirigentes han sabido aprovechar la existencia de una instancia represora que forma parte de la estructura psíquica de los sujetos para la interiorización de aquel orden que es más favorable para el ejercicio del poder autoritario. El propio Freud refiere: “comprendiendo esta dominación externa, mostrará que dentro del campo llamado subjetivo persisten, como categorías descriptivas de su comprensión y funcionamiento, las categorías presentes en el orden represivo social”.

Aunque también todas las instituciones sociales –incluida la escuela– se han dado cuenta de que cualquier individuo tiene una configuración rebelde, preparatoria, equívoca, que el desarrollo histórico ha patentizado pero a la que hay que dominar en aras del bien social. En otros términos, las instituciones sociales han ayudado a conformar técnicas más sutiles de dominación; y las estrategias de dominación que practican nuestras modernas sociedades se basan en principios de una moral social por todos conocida o sufrida, en un maniqueísmo cercenado que sólo atina a identificar lo falso con la ausencia de verdad y, finalmente, en una organización racional del cuerpo por imperio de la forma social.

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